Antropofagia, Humanismo y Post-Humanismo. A más de medio siglo de la tragedia de Los Andes. Por Víctor Gabriel Gullotta.

Humo y Espejos

Una de las tres imágenes reales existentes, tomada en el escenario de la tragedia de Los Andes, por el sobreviviente Roy Harley. Entre octubre y diciembre del año 1972.

Dios había puesto al hombre en la tierra para vivir, no para morir, y que de no haber ingerido esa carne, se podría considerar suicidio”. Telegrama enviado por el Papa Pablo VI a los sobrevivientes pocos días después de su rescate. Diciembre de 1972.

Llevar un poco de nuestros amigos en el cuerpo y en el alma es un honor que yo hubiera sentido si hubiera muerto. Que me hubieran usado para vivir”. Declaración del Roberto Canessa al diario El País, de España, el 13.10.2022.

Si sos muy humano no podés comerte a otro humano”. Declaración de Adolfo Strauch, uno de los encargados de diseccionar a los muertos, entrevista al Diario La Nación a 50 años del accidente, octubre del 2022.

Por estos días la película promocionada por Netflix, La Sociedad de la Nieve, rememora la tragedia del avión de la Fuerza Aérea Uruguaya, caído en la cordillera de Los Andes el 13.10.1972, que transportaba cuarenta y cinco personas a bordo, la mayoría muy jóvenes. Después de setenta y dos días de desamparo en el terrible frío de la montaña lograron sobrevivir dieciséis personas. No contaremos los distintos episodios ya que son bastante conocidos.  Aun hoy, después de casi cincuenta y dos años, siguen conmoviendo a la humanidad. Nos concentraremos en reflexionar sobre otros aspectos. El tema es de una vastedad humana, filosófica y religiosa, inenarrable en pocas líneas.

Todo parece indicar, según los testimonios de quienes lograron salvarse, que lo que se constituyó a lo largo de setenta y dos días en el gélido y desolado Valle de Las Lágrimas, donde el fuselaje trineo del avión finalmente se detuvo con varios humanos sujetados a sus cinturones, fue más bien una “comunidad de la nieve”, no una “sociedad”. Sin embargo, el título propagandístico de la película, más comercial, no se arriesga y, como se percibe de entrada, desde ya cancela una más profunda comprensión del suceso, sin ninguna espiritualidad.  En una “sociedad” cada uno concurre con una parte para lograr ciertos objetivos. En una “comunidad” cada uno aporta todo lo que es y tiene, hasta el ofrecimiento de su propio cuerpo como ofrenda de vida, como fue el caso de esta muchachada.  Por ello, no escatimaremos en colocar lo sucedido en la cordillera como una de las grandes odiseas de la historia, abrupta, repentina, inesperada, ejemplar, de eterna repercusión secular, representada por un grupo de humanos. Toda odisea primero es un imposible que, sin embargo, llega a su destino, el anhelado retorno al hogar, rompiendo sus límites de origen. Y entraña tales misterios que más de uno no dudaría en alojarlos, además, como milagrosos en el orden de lo mítico y lo místico. Algo más se devela del hecho y emerge también más allá de la simple cronología periodística; se torna conmovedor, una llamada a la reflexión, tal vez inclusive superando la conciencia de los propios e inermes involucrados, ahora adultos.

La antropofagia se encuentra inscripta de lleno como un tabú inaceptable en la cultura humana en general, aunque es dable mencionar que en algunas tribus o grupos primitivos se practicaran bajo estímulos religiosos o con la intención de adquirir poderes guerreros, más ligado al término preciso conocido como “canibalismo”. Lo cierto es que la antropofagia entre humanos es un tabú indeleble en la gran mayoría de las comunidades, como el incesto, la promiscuidad sexual, los matrimonios consanguíneos, las profanaciones sobre objetos sagrados o tumbas, las blasfemias, o la prohibición de realizar algunas actividades por ciertos grupos, entre otros. La antropofagia, entonces, aunque ocurra como hecho forzado, nos interpela acerca de cuál es la auténtica esencia humana.

Hay una diferencia entre lo que damos en llamar la naturaleza humana, sus posibilidades y límites, igual a cualquiera naturaleza viva -lo biológico-, y lo que filosóficamente podemos definir como esencia humana, aquello que es lo propio de lo humano, lo que lo diferencia de la naturaleza en general sin ponerse fuera de ella. La muchachada de Los Andes tuvo ante sí que resolver moral y vitalmente la diferencia que había entre lo biológico, ya fenecido, y la esencia humana, única, irremplazable, que se encarnaba entre esos muertos. ¿Acaso había desaparecido con la muerte de la persona esa esencia humana? Había que hacer una gran diferencia entre lo que es y lo que ya no es. ¿Esencialismo (Platón) o empirismo (Locke)?

Aquí resulta muy importante destacar que una buena parte de la cultura moderna trata de instalar la necesidad de una ruptura de tabúes ancestrales como una “buena” recomendación de “progreso y civilización”, porque en definitiva ellos regulan el orden social y moldean la identidad de una comunidad que debería, según esta visión, ser “superadores” dentro de los tiempos que transcurren. No es casual, entonces, que La Sociedad de la Nieve intente, subrepticiamente, “naturalizar” la antropofagia como una forma de eliminar los tabúes, lo que debe seguir siendo inaceptable. La Ventana de Overton trabaja incesantemente sobre lo inaceptable, para ablandarlo y hacerlo aceptable a lo largo del tiempo, como el aborto sobre los fetos humanos, la eutanasia sobre los viejos, la eugenesia sobre los débiles o deformes, el genocidio o aniquilación en masa contra vulnerables enemigos demonizados. Y por supuesto también la antropofagia. Todo ello actuando bajo el concepto de que los cuerpos son “cosas”, sin esencia alguna. La modernidad y la llamada posmodernidad vienen empujando la puerta diabólica de lo humano hacia lo post humano.

Para nosotros, la antropofagia, llevada a cabo por esta excepcional “comunidad”, en la inmensidad de las alturas de las montañas, rodeados de nieve, sabiéndose desamparados, es decir, bajo circunstancias extraordinarias, únicas, no buscadas, constituye un acto ética y moralmente aceptable, como lo señaló el Papa Pablo VI en su momento. Un humanismo de pleno derecho basado en leyes naturales, ni siquiera religiosas. Lo que no la baja, sin embargo, de su clasificación milenaria como tabú, pues debe permanecer como prohibición humana para un orden conservador justo y necesario. De lo contrario entraríamos a esa máxima moderna de Hobbes: “El hombre es el lobo del hombre”, es decir, estamos para comernos como animales, para destruirnos mutuamente, y sólo una acción externa represiva puede controlar nuestros instintos de muerte.

Podría argüirse que en la situación de antropofagia en la cordillera no estaba dado el consentimiento previo de los muertos, como si fuera el requisito de una “donación de órganos”, pero es significativo que los sobrevivientes asumieran por sí esta ausencia impredecible juramentándose que, en caso de ellos morir, los demás pudieran utilizar sus propios cuerpos. Representándose a sí mismos, estaban, tal vez sin saberlo en ese momento, representando a toda la raza humana en esa encrucijada vital. Eligieron para sí, y para todos, un acto con cierto “valor” universal (Sartre), transgresor del principio esencial de un tabú que hería y tensionaba sus conciencias morales. ¿Fue ello válido y aprobable ante tremenda situación?

La caída del avión fue como una metáfora volante del paso violento de la civilización moderna, con sus bienes materiales y su orgullo tecnológico, apenas en minutos, a un estado primitivo, donde todo podía saltar rápidamente hacia lo salvaje y, sin embargo, fue abriendo las puertas hacia la comunión, la solidaridad y la dependencia mutua entre todos, aun en medio de lo horrendo. Contra fácticamente (es decir, aquello que “podría” haber ocurrido, pero nunca sucedió) ¿cómo se hubiera presentado el panorama si, por ejemplo, sobrevivían cuarenta personas y morían sólo cinco?

Fernando Parrado, uno de los dos líderes de la caminata salvadora hacia Chile comentó en una entrevista del año 1997 con el periodista Jesús Quintero que nunca escuchó tantas imprecaciones u ofensas contra Dios por obra de la mala suerte pero que, no obstante, todas las noches terminaban rezando el Ave María, con una fe y una fuerte esperanza de salvación. También Parrado, en otra entrevista más reciente a la televisión uruguaya dijo que si ese vuelo hubiera sido comercial, no chárter, donde se encontrara gente de diversas culturas, etnias, lenguajes y edades, la “comunión” hubiera sido muy difícil. A lo cual le respondió otro sobreviviente, José Pedro Algorta, no perteneciente al equipo de rugby, que hubiera sido lo mismo, pues los “principios” de la humanidad hubieran aflorado en todos de la misma manera. ¿Realismo o romanticismo?

Lo resuelto por estos jóvenes vivos sobre músculos y vísceras congeladas de sus amigos muertos para sobrevivir tiene en primer lugar resonancias míticas, en el sentido de aquello que fue en los orígenes y nos sigue hablando en el presente, no como leyenda falsa, sino como mensaje humano desde lo profundo y lejano (Mircea Eliade). Por ejemplo, desde el dios Cronos de la mitología griega clásica, que devoraba a sus propios hijos al nacer (el tiempo devorador de su propia creación), castigado por ello por dioses superiores.

A veces el mito se sumerge en hechos verificables de la historia -cuya verdad final queda un tanto oscurecida-, como fue el caso del naufragio de una fragata francesa, llamada Medusa, frente a las Islas Canarias y Cabo Verde, en 1816.  Los sobrevivientes iniciales de ese barco, más de cien personas, improvisaron una balsa (La Balsa de La Medusa, impresionantemente representada en la pintura homónima de T. Géricault), pero sólo llegaron quince después de varios días de navegar (casi como los jóvenes de Los Andes, donde quedaron dieciséis). Y se sospecha de casos de antropofagia, o incluso de canibalismo violento para poder sobrevivir. La Marina francesa se negó a dar un informe completo y el asunto quedó en las tinieblas del clásico tabú. Nadie fue acusado o castigado por ello.

Lo inquietante es que un hecho extraordinario pueda llevarnos a habilitarlo como ordinario, porque alguna luz del pasado, o alguien alguna vez, a como fuere, transgredió un tabú ancestral y se pretenda entonces abrir desde ahí una línea de apertura hacia ése o todos los tabúes que han constituido un orden conservador.

Otro caso histórico ha sido el Sitio de Leningrado (San Petersburgo) por los nazis alemanes durante la II Guerra Mundial. Después de ochocientos setenta y dos días de asedio desaparecieron de la ciudad gatos, perros, ratas, pues el millón de personas aproximadamente que quedó atrapada, hasta su liberación, se alimentó de lo que pudo, además de las pequeñas raciones de pan negro que se distribuía con organización del ejército soviético. Se sabe, a través de los archivos, que hubo casos de antropofagia, pero eran práctica, social y moralmente condenados.  La conciencia moral del colectivo soviético impedía este hecho. Muchísima gente murió por hambre, antes que tocar un solo cuerpo. Por lo tanto, es imprescindible evaluar a fondo la situación concreta. ¿Es acaso moralmente inaceptable esa prohibición ancestral que debe cumplirse a rajatabla? Creemos que también es aceptable esa norma que consolidaba la alta moral de la lucha y resistencia, aun hasta el absoluto e intocable respeto a los muertos.

Dijimos que también la exposición humana de los sucesos del avión tiene resonancias místicas. A nuestro criterio, es lo más revelador. Se encuentra en el relato real de los sobrevivientes a lo largo de los años, no en la película. Para nuestro modo una situación como ésta se podría realizar una comparación con la despedida de Cristo en la Última Cena donde él, por primera y única vez realiza el rito de la transustanciación del pan en su cuerpo y del vino en su sangre, clave de la fe en la liturgia católica. “Quien come mi carne y bebe mi sangre, mora en mí y yo en él” (Juan 6-56). Es una cierta “antropofagia” ordenada de Jesús hacia sus discípulos a través de una transustanciación de carácter místico. Los camaradas de la montaña fluctúan entre el alimento de la mesa en común y el acto religioso.  Los cuerpos son consumidos al mismo tiempo que por la fe del acto de amor se transforman en espíritu, en una vida que puede continuar siendo vida.  Ese sentimiento, ¿se habrá realmente objetivado en todos ellos? (Hegel).El último camarada en morir a pocos días del rescate con veinticinco kilos de peso, Numa Turcatti, 25 años, estudiante de Derecho, quien se negó firmemente a comer de los cuerpos, escribió el siguiente mensaje de La Biblia que llevaba entre sus manos: “No hay acto de amor más grande que dar la vida por los amigos” Juan, 15-13).

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