El fin de ciclo yanqui y el lodazal español – Por Carlos X. Blanco

Picture of Humo y Espejos

Los norteamericanos han forjado su imperio en diversas fases hasta el día de hoy, fecha en la cual su estrella se apaga.

En una primera fase, la etapa de su independencia frente a la Corona Británica y la consecución su unidad federal, los norteamericanos abrazaron el ideal abstracto y formal de la “Libertad”. Lo hicieron incluso antes de que ese mismo ideal, traducido en acciones de masas, desencadenara en la propia Francia la revolución. La “Libertad” abstracta y formal siempre se alimenta de sangre. Las guillotinas y otras formas de represión en masa, tal y como se vieron en Francia y en otros lugares, también conocieron equivalentes yanquis, y dicha “Libertad” (ante una Corona, ante privilegios y estamentos tradicionales) no fue –durante décadas- incompatible con el más descarnado esclavismo. Muchos “Padres” de la Unión fueron propietarios de esclavos negros y, con sus actos y gestos, conformaron una vez más lo que parece una interpelación histórica permanente: la Libertad ¿para quién?, la Libertad ¿para qué?, la Libertad ¿respecto a qué y respecto a quién?

Se podrá decir, genéricamente, que así también fue la Atenas de Pericles: una ciudad de hombres libres, pero atestada de esclavos. Así fueron las libertades republicanas de los romanos en su buena época: la libertad de unos propietarios de ganado humano. El esplendor de Roma, el de la Córdoba mora, el poderío de la España de los Austrias, de la Francia versallesca, la arrogancia del Imperio inglés: todos ellos fueron destellos de libertad para unos y opresión para muchos. Estados Unidos no fue excepción en la lógica de los imperios, entidades políticas que siempre se tensan sobre la opresión de clases.

La segunda etapa del Imperio norteamericano consistió en la apropiación del resto de su Continente. El resultado de la misma lo conocemos hoy. Todavía hoy, los estadounidenses son llamados en España los “americanos”, por antonomasia. No los argentinos, no los mexicanos, no los cubanos… todos ellos, estrictamente hablando, son americanos. Pero el yanqui se ha hecho llamar el americano por antonomasia.

En esto, la Geografía cede a la Geopolítica: cuando se habla de americanos, muchas veces, se habla de los dueños y señores del continente. El siglo XIX fue el siglo de control del Canadá y reconciliación gradual con el poder inglés, tras años de guerra. Canadá dejó de ser, con el tiempo, una base realista para la recuperación de las colonias rebeldes, zona enemiga, sino más bien una prolongación de un Imperio nuevo creciente, sobre una base cultural inicialmente anglosajona, una base que necesitaba –existencialmente- de la represión de las raíces españolas y francesas de gran parte de la América del Norte.

Pero la pieza decisiva estaba en el Sur. Estados Unidos no habría sido la gran potencia que llegó a ser, hasta hoy, de no haberse adueñado del Centro y del Sur. Toda la supuesta “épica” de la conquista del Oeste, que dio lugar a todo un género cinematográfico —el Western— consistió, en realidad, en la adquisición de un Lebensraum, diseñada con criterios racistas. El mismo genocidio practicado por turcos sobre armenios, el de los alemanes nazis sobre judíos, eslavos y gitanos, el mismo genocidio de israelís sobre palestinos, ese fue el que practicaron los yanquis en su emigración al Oeste. Era preciso matar a indios e hispanos, a cuantos más mejor. Era preciso quedarse con extensas tierras que no hacía mucho habían pertenecido al Imperio Español y se habían quedado pobremente guarnecidas por un joven y convulso estado mexicano, heredero de lo español. Los yanquis se quedaron con el Oeste hispano-indio y así pudieron proyectarse mejor hacia todo el sur. Un Sur formado por jóvenes estados, recién independizados de España y colonizado económica y culturalmente por Inglaterra.  En el cono Sur los yanquis cerraron el mismo círculo que con el asunto de Canadá. De ver a los británicos únicamente como competidores y enemigos, se pasó a la formación de una entente para dominar a los pueblos hispánicos, impedir su desarrollo endógeno y evitar una “Patria Grande” hispanoamericana. Nació la Anglosfera.

La tercera etapa se abrió en 1898: la guerra directa contra España. Incluso un poco antes de empezar el siglo XX tuvo lugar lo que yo denomino “el siglo estadounidense”. Los yanquis iniciaron una guerra ilegal contra el Reino de España, que aun entonces era un Reino ultramarino y multicontinental. Aunque se trataba de una sombra de su antiguo Imperio multicontinental, las provincias (que no colonias) eran ricas y preciadas (especialmente, Cuba). Por medio de instrumentos que hoy nos resultan tan familiares, y que a los norteamericanos siempre les han sido imprescindibles, instigaron a los rebeldes a empezar acciones violentas y armadas contra el poder español. Se trataba, entonces como ahora, de una lluvia de dólares para comprar traidores. No se crea que los traidores se escondían únicamente en las selvas o “maniguas” de islas exóticas, muy alejadas de Madrid. En la propia Corte madrileña, entonces como ahora, hubo traidores.

El dólar no sólo pagó traidores armados sino campañas periodísticas de incitación al odio, siguiendo así una vieja tradición de hispanofobia que los magnates del “Cuarto Poder” potenciaron hasta grados elevadísimos. El tratado de rendición de España fue humillante, a pesar de que —desde el punto de vista estrictamente militar— un solo soldado español “valía” más que trescientos militares norteamericanos. Ahí están los relatos objetivos de las batallas para verificarlo, pero también es sospechosa la inepcia de varios altos mandos enviados por Madrid. La sombra de la traición y del dólar siempre planeará sobre esta indignante victoria yanqui.

Las potencias europeas —en general—  hicieron el imbécil. Aplaudieron en el funeral del Imperio Español, y saludaron con alborozo el auge de una nueva potencia que entonces vieron, simplemente, como “anglosajona” y, por tanto, complementaria de la británica. Que los franceses y alemanes no vieran venir el peligro que sobre ellos se cernía, siempre se cargará en sus espaldas. Me atrevo a decir que la agonía de la Europa que una vez conocimos tuvo su origen esencial mucho antes de 1945. Fue en 1898.

Como en tantas otras ocasiones, las potencias europeas permitieron la aniquilación de miles de caribeños independentistas que, al igual que sucedió con sus hermanos hispanoamericanos, pagaron muy cara la separación de la Corona Española. Pero la práctica genocida yanqui llegó a exacerbarse en las Islas Filipinas. Algunos cálculos cifran en un millón de filipinos (hasta 1898, españoles de Asia) exterminados, de manera fría y planificada, con el fin de garantizar que el archipiélago no fuera soberano. Ni soberano bajo los españoles ni soberano como Estado independiente. Después de apoyar a los rebeldes, con palabrería en torno a la “libertad” y la democracia, y después de años fomentando la hispanofobia, las Filipinas –al igual que Cuba y las demás provincias españolas de ultramar arrebatadas- se convirtieron en burdeles y casinos para el disfrute yanqui, así como en territorio a disposición de las grandes compañías capitalistas.

Que “América fuera para los americanos” significó, “América para los yanquis”. El siglo estadounidense comenzó con el control absoluto de todo el continente. Fue el siglo que abarcó desde 1898 hasta 2023 (fecha de su enésima derrota, esta vez ante Rusia en la guerra de Ucrania). Un imperialismo desde Alaska hasta Patagonia, concebido ahora como base gigantesca para saltar sobre los demás continentes: Europa (con la “fabricación” de las dos guerras mundiales), Asia (con su intervencionismo sobre los imperios allí existentes) y África (tras 1945, con la incitación a la descolonización, hecha de forma loca y bajo criterios puramente depredadores).

El imperio yanqui durante la Guerra Fría (1945-1989) parecía invencible, pues fue sinónimo de una alianza de acero entre Capital y Ejército que derrotó al III Reich y al Imperio del Sol Naciente. El Capitalismo “liberal” traería opulencia, y podría ser exportado por medio de golpes de Estado, manipulación de las fuerzas izquierdistas (sobornos, depuraciones), etc. Medio mundo quedaba vigilado por el ejército más poderoso del planeta, quedando el otro medio en manos de los comunistas, sobre cuyo potencial militar había dudas, pero también temores e incógnitas.

El imperio yanqui de la Guerra Fría es el imperio de la ocupación de Europa. De forma incompleta e insegura, había contado, en un principio, con la sumisión de Franco en España o de Gaulle en Francia. Era solo cuestión de tiempo absorber o neutralizar estos dos países, no obstante anticomunistas.

El imperio yanqui, tras 1945 , hizo de Alemania una base militar. Pasarán más de 70 años y en 2023 Alemania seguirá siendo un país eunuco desde el punto de vista militar. Una nación ocupada por centenares de bases militares yanquis y por muchos millares de soldados americanos no es una nación libre. Además, se cree que Alemania ya está perdiendo el brillo de su estrella en el terreno industrial, con lo cual su identidad misma se desvanece, una vez que renunció como pueblo y como Estado a su soberanía real. Ha mantenido una dictadura económica sobre el Sur de Europa durante décadas, y el tinglado “franco-alemán” sobre el que cifró su proyecto de la U.E. y el euro como reflejo del marco, son cosas que se autodestruirán en cualquier momento, cuando el ocupante yanqui se marche o se deshaga. La historia no puede esconder la verdad eternamente: el futuro revelará a su debido tiempo, de manera progresiva y —al final— resplandeciente, todo el Misterio Europeísta. Ese no era otro que el tinglado neocolonizador de los Estados Unidos, entendido cabalmente como imperio ocupante de toda la mitad occidental de Europa, y la franquicia germánica fue útil mientras la religión irracional del “Estado del Bienestar” captó adeptos y bloqueó la lucha de clases. Pero la guerra de Ucrania y la prohibición que pesa sobre la República Federal Alemana en cuanto a la compra de gas ruso ha puesto ya las cartas sobre la mesa.

El siglo norteamericano, pues, se inicia con una guerra contra España, por medio de la cual esta nación monstruosa se estrenó como imperio proyectado fuera del continente, dispuesto a abalanzarse sobre Asia y Europa, en un primer momento. Este mismo siglo norteamericano declina con las sucesivas derrotas, presagiadas ya en la guerra de Vietnam, como son las de Siria, Afganistán y la muy previsible retirada de Ucrania. En un punto intermedio está la doctrina “Hiroshima”. En 1945 se aplicó esta doctrina: cualquier amenaza a los intereses estadounidenses puede ser respondida por medio de un botón nuclear, aun cuando la acción ofensiva con armas nucleares represente el fin de la humanidad. Esto es lo propio de un imperio nihilista, sin atisbo de humanismo. La derrota del Imperio Japonés no se logró por medios militares, digamos, honorables, sino por medio del uso de un método genocida. Hoy en día, Japón se muestra ante el mundo como un Estado humillado y sin aprecio por sí mismo, alineándose con su verdugo en la creación de una especie de locura, la “OTAN del Pacífico”. Es una verdadera locura, a juicio de muchos expertos en tecnología militar, tratar de emular y competir con la tecnología y capacidad defensiva de rusos y chinos, los dos ejércitos nacionales más poderosos del área del Pacífico. Pero el botón, siempre lo tendrán a punto.

El papel que desempeña Europa, especialmente la Europa occidental, es grotesco: es el papel de sujeto pasivo. Corre todos los riegos de las aventuras norteamericanas, y no obtiene el más mínimo beneficio con ellas. Situaciones así no son las propias de una verdadera alianza, y desvelan lo que representa la OTAN verdaderamente: un mecanismo institucional que sirve para meter en un cepo a todos los pueblos de Europa, ligarlos de forma subalterna a los intereses yanquis y emplearlos como carne de cañón en la desesperada estrategia de acorralar a Rusia.

Pero hay una diferencia entre los bandos que la propaganda yanqui quiere pasar por alto a posta. Rusia se juega su existencia. Las víctimas rusas causadas por la criminal actitud de Zelensky, a su vez un monigote de la OTAN y del Pentágono, son el pago en vidas humanas que el Kremlin y gran parte del pueblo ruso están dispuestos a pagar mientras que la unidad, seguridad y soberanía de la Patria Rusa estén a salvo. En cambio, las víctimas ucranianas así como de los mercenarios contratados por la OTAN no sirven a los efectos de una seguridad “paneuropea”, no son el cruel tributo de una supervivencia existenciañ. Son víctimas de una política irresponsable y suicida por parte del Pentágono, fomentando un nacionalismo — ucraniano —improvisado y con ribetes nazis, incluso- absolutamente artificial e instrumentalizado, pensado y calculado, desde 2014 al menos, para servir de cuña con la cual destruir Rusia. Solo para eso.

¿Qué hacer desde España? ¿Tenemos que seguirle el juego a un Imperio que sólo exporta caos, que aplastó a nuestra armada y ejército hace más de un siglo con el único objetivo de alcanzar una dominación mundial? ¿Hemos de seguir aprendiendo su inglés bárbaro, ponernos sus gorras de béisbol e imitar como payasos su cultura afroamericana o hollywoodiense? ¿Debemos seguir pensando en el lenguaje, con los términos y condiciones impuestas desde sus universidades, con la mirada de sus gurús culturales y líderes de opinión?

Voy a decirles una cosa con el corazón y desde las entrañas de mi cuerpo a flor de piel. España ya no existe. Ha iniciado el camino del caos y es una entidad política que repta sobre el lodo. Es inexacto echarle la culpa únicamente a Pedro Sánchez. Todo el partido –PSOE- que lidera ha hecho las veces del legendario conde don Julián, aquel gobernador renegado que llamó a los musulmanes para que entraran en España en el año 711. Todo el PSOE fue el “don Julián” que ha metido el enemigo dentro. Pero también la derechita sionista y atlantista del PP y de VOX. Las décadas futuras, cuando España ya no exista y se tenga que recomponer republicana y federalmente después de haber sufragado a los parásitos vasquistas y catalanistas, tendrán que servir para objetivamente los hechos del presente y del pasado inmediato. Y los hechos son los siguientes. Cuando el general Franco envejecía y agonizaba, los agentes de la CIA contactaron con su sucesor, a quien coronaron, pues en España bien pocos (a izquierda y a derecha) le querían. Y ese jefe de Estado aplicó la agenda americana y, por proximidad y franquicia, también la franco-alemana. La agenda que se aplicó escrupulosamente se llamó “Transición”. La basura, el lodo y el caos en que se está convirtiendo España es el fruto de la Transición. El régimen del Caudillo ya era inviable sin unas oportunas reformas, de eso no hay dudas. Pero que las reformas hubieran sido otras, quizá más realistas y con mayor grado de soberanía intacta, de no haber metido sus pezuñas el poder norteamericano con su criado, el felón borbónico, es más que posible.

Una España unida y soberana hubiera sido una garantía para las naciones hermanas de América, en un flanco, y las naciones hermanas de Europa, en el otro. Una España con ejército propio de verdad, con disuasión nuclear y control absoluto de la costa magrebí, al margen de la OTAN. Una España regionalista o federal, pero nunca con las 17 taifas centrífugas que hay ahora. Una España agroindustrial que volviera a ser la octava o novena potencia mundial, y no lo que ahora es: un enorme prostíbulo, un gran albergue para africanos, un enorme chiringuito de playa para jubilados del Norte, etc.

Esa España ya no volverá ni se soñará. Se está descomponiendo. Que los catalanes se fueran de su seno, de una vez por todas, formando un segundo Kosovo otanesco, sería un alivio para todos si no fuera porque el proyecto de Puigdemont consiste, en realidad, en hacer a España rehén suyo y de su Kosovo catalanista. Igual que el proyecto nacionalista vasco: no quieren más que constituirse en Estados parasitarios de España y de Bruselas. Como los hijos tontos, se van de casa, pero hay que seguir lavándoles la ropa, dándoles paguita mensual y cocinar caliente para ellos.

No se crean nada del nacionalismo español del PP y VOX. Su patria no es la de nuestros mayores, rojos o azules, que hasta hace poco murieron por una causa noble, aunque a veces nos parezca equivocada. Su patria no es la del pueblo. Claman en la calle Ferraz, ante la sede del PSOE, ante la guarida de Pedro Sánchez, y claman con razón… Con razón descontextualizada. Cuando declina el siglo norteamericano, la mayor parte de ellos, a voz en grito defendiendo España, están con la OTAN, están con los genocidas de Kiev y de Tel-Aviv, están con el capital, están con el neoliberalismo destructivo y antropofóbico. Están con la Agenda 2030 y están por la descualificación programada de nuestros muchachos. No se crean nada de estos patriotas que gritan con fuerza en Madrid lo que no dirían ni en susurros en Barcelona o en Bilbao. No se crean casi nada.

Aquello que no salga del pueblo mismo con savia anticapitalista y antiimperialista, no es creíble ni bueno. Esta savia no la percibo. Cuando el siglo norteamericano acabe, y la historia siga su curso, quedará el lodazal. En el lodo, pisoteadas, hay unas letras de oro o de latón, no sé, que pondrán “Aquí yació España”. Solamente eso.

videos relacionados

1 de 1167 Siguiente

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *