La distopía es hoy (y es la justicia paralela) – Por Dante Augusto Palma.

Picture of Humo y Espejos

—La ficción: Black Mirror.

Comencemos por la ficción. White Christmas es el nombre del episodio de la serie británica Black Mirror en el que, ambientada en un futuro más o menos cercano, dos hombres están encerrados en una casa y entablan un diálogo sentados alrededor de una mesa.

El primero le confiesa al segundo que está allí porque cometió un error. Efectivamente, este hombre era parte de una empresa de tecnología que a través de la incrustación de un chip lograba extraer una copia de la conciencia de los clientes para que estos la utilizaran en dispositivos inteligentes que les resolvieran asuntos prácticos del hogar, de esos que siempre resolvimos sin la ayuda de la tecnología. Así, por ejemplo, esta copia de la conciencia podría encargar una compra de comida si la heladera está vacía, encender la ducha del baño o iniciar el proceso para tostar el pan. Nada muy distinto a lo que ya sucede con las casas inteligentes, sin necesidad de incrustaciones o conciencias copiadas, pero volveremos sobre ello más adelante.

Lo cierto es que este hombre, además, en sus ratos libres, ofrecía unos servicios de consejos para citas amorosas. Lo hacía gracias a que existía un dispositivo que también se incrustaba en los usuarios y le permitía al consejero ver a través de los ojos de sus clientes. El punto es que ocurre un hecho desgraciado: uno de los clientes consigue que una señorita lo invite a su casa, pero lo que iba a ser una noche de pasión acaba con la señorita asesinándolo.

El hecho sale a la luz y, como consecuencia de ello, el consejero ve roto su matrimonio, pero además debe enfrentar cargos en la justicia por realizar una actividad ilegal y por no denunciar haber sido testigo de un asesinato.

Obligado así a colaborar con la policía, este hombre se propone hacer confesar un crimen a quien está sentado frente a él y finalmente lo logra. En este caso, el segundo hombre había asesinado a su exsuegro, acción que a la larga derivó en la muerte accidental de una niña.

Sin embargo, a pesar de lograr su cometido y obtener la confesión, la policía finalmente le explica al “consejero sentimental” que los cargos que pesaban sobre él eran demasiado importantes y que, por lo tanto, podría salir en libertad, pero estaría “socialmente bloqueado”.

Esto implicaba estar en el mundo real en una situación análoga a la que se daría si todas las cuentas de todos los usuarios de las redes sociales del mundo lo hubieran bloqueado: interacción cero con el mundo. Ese era el castigo que ahora imponía la justicia y así de angustiante sería la vida real de este hombre “cancelado”.

Detengámonos en este punto porque lo que me interesa de este episodio es, justamente, el modo en que los creadores de Black Mirror trasladan una acción propia de las redes sociales a la vida real. Me refiero a la posibilidad de “bloquear” a alguien. Para quien no está familiarizado, en cualquier red social es posible bloquear a un usuario con el que, por las razones que fueran, no queremos tener contacto. Por ejemplo, en espacios como Twitter es muy común que haya usuarios agresivos y bloquearlos suele ser una opción saludable. Pero también es bastante usual de hijos a padres para mantener cierta “privacidad” o entre exparejas que no han finalizado de buena manera su relación. Borrar a alguien indeseable de nuestras vidas es una fantasía que seguramente todos hemos tenido alguna vez, pero la vida real no es como una red social.

Sin embargo, quizás interpretando ese espíritu, en este capítulo de Black Mirror, gracias a un nuevo dispositivo, es posible bloquear gente en la vida real. Así, por ejemplo, en una discusión de pareja, la mujer bloquea al hombre por dos horas hasta que se le pase la bronca, pero también hay un caso de una mujer que ha quedado embarazada de su amante y, al no poder enfrentar a su marido, lo bloquea de por vida. En la serie, ser bloqueado en la vida real significa que el mundo nos verá “blureados” y que la persona no podrá interactuar con nadie, convirtiéndose así en una suerte de “muerto en vida”. —La vida real (I): El caso de Russell Brand Pasemos ahora a la vida real mencionando dos casos. El primero es el del actor y comediante británico Russell Brand. Para quienes no lo conocen, Brand es una suerte de niño terrible que saltó a la fama por excesos varios, un éxito vinculado a un Reality Show y también por vincularse con mujeres del espectáculo. En los últimos años, estaba algo alejado de los medios masivos, pero construyó a través de las redes sociales espacios con millones de seguidores en los que vertía opiniones polémicas, en muchos casos coqueteando con teorías conspirativas.

El punto es que algunas semanas atrás, gracias a una investigación de medios ingleses, se recogió el testimonio de al menos cuatro mujeres que señalaban haber sufrido distintas formas de violencia de parte de Brand: desde malos tratos hasta abusos y violaciones. En las últimas horas, se supo que las denuncias ya han llegado a la justicia y si bien Brand las niega enfáticamente, es de esperar que pronto deba comparecer. Pero la novedad del caso es que apenas conocidas las acusaciones, la empresa YouTube “desmonetizó” los videos de Brand.

Dicho de manera más simple, gracias a la cantidad de seguidores, Brand ganaba mucho dinero cada vez que subía un video a la plataforma de YouTube.

Sin embargo, la compañía decidió bloquear esta posibilidad. “Si el comportamiento de un creador fuera de la plataforma perjudica a nuestros usuarios, empleados o ecosistema, tomamos medidas para proteger a la comunidad”, indicó un portavoz de la empresa consultado por la medida. La justicia británica investigará y determinará si el actor es o no culpable de los graves delitos que se le imputan, pero la novedad aquí es que una compañía perteneciente a una megacorporación tecnológica interviene en paralelo a la justicia ordinaria y determina que un usuario no puede seguir desarrollando su trabajo.

—La vida real (II): el caso de Brandon Jackson A propósito de esto, el segundo caso de la vida real es casi “blackmirroriano” y se conoció unos meses atrás. Se trata de la historia de un ingeniero informático llamado Brandon Jackson que, en tanto tal, es un fanático de las “Smart Homes”. Una vez más, para quien no está familiarizado, se trata de “las casas del futuro” que tienen todas las ventajas para que los dispositivos que se encuentren en ella estén centralizados en un sistema inteligente, el cual podemos activar a distancia desde nuestro celular o con nuestra voz.

En este caso en particular, se trataba del sistema Alexa de Amazon. Gracias a este sistema, la luz, el horno, el microondas, el lavarropas, las cerraduras, el aire acondicionado, las cámaras de seguridad, la cafetera… todo, absolutamente todo, está interconectado y alojado en una cuenta de Amazon.

El punto fue que, justamente, un día, Jackson hizo un pedido a través de Amazon y el repartidor, afroamericano, consideró que, al tocar el portero eléctrico, había recibido un insulto racista. Así, el repartidor hizo la denuncia a la compañía y Amazon automáticamente bloqueó la cuenta de Jackson, quien, por cierto, también era afroamericano. Claro está que bloquear la cuenta implicaba que Jackson se vería impedido de ingresar a su casa, prender las luces, hacer un café, etc.

Pero dado que se trataba de un ingeniero informático, encontró una alternativa para ingresar a su hogar, obtener una copia de las cámaras de seguridad y enviarla a Amazon como descargo, ya que allí se mostraba que no había nadie en la casa al momento de la llegada del repartidor y que el episodio se había originado por el hecho de que este había oído mal la respuesta que el sistema Alexa había brindado automáticamente a través del portero eléctrico. Finalmente, tras varios días de investigación interna, la justicia paralela de Amazon determinó, afortunadamente para Jackson, que se había tratado de un malentendido y le desbloqueó la cuenta. —La distopía es hoy (y es la justicia paralela) Si el episodio de Black Mirror llevaba al extremo la posibilidad de una sociedad en la que los conflictos en las interacciones sociales se resolvían con bloqueos personales circunstanciales, pero también con una acción legal de la justicia en la que se imponía una vida social “bloqueada”, lo que se observa en los dos casos reales mencionados va en la misma línea, pero agrega un elemento todavía más preocupante.

Es que, y esto es independiente de si Russell Brand es culpable o no, hay una compañía tecnológica que tiene la potestad para bloquear un usuario cuyo medio de vida depende de la plataforma. Insisto, aun cuando pudiera simpatizarnos, que se bloquee a alguien que ha sido acusado de delitos aberrantes, lo cierto es que esa discrecionalidad de la compañía inaugura una pendiente resbaladiza por la cual el día de mañana las razones del bloqueo pueden ser otras. El caso del ingeniero informático es un buen ejemplo. Aquí la acusación era la de “racismo” y finalmente se comprobó que era una falsa acusación. Sin embargo, fue la compañía, y no la justicia, la que determinó el bloqueo.

En este sentido, a diferencia de la distopía blackmirroriana, si tomamos en cuenta que se especula con que para el año 2027 habría casi 100 millones de Smart Homes solo en Estados Unidos, resulta evidente que el nivel de dependencia y sometimiento a una compañía será único en la historia de la humanidad. Pero más grave aún es que las compañías que brindan estos servicios establezcan arbitrarios tribunales paralelos que se dediquen a castigar usuarios sin el debido proceso o estableciendo como criterio “la buena imagen de la empresa”. Aun cuando se presuma que un individuo sea el más repugnante sobre la faz de la tierra, debe ser la justicia y no una compañía la que determine si puede trabajar o si puede tener acceso a encender la cafetera de su casa. Evidentemente, si Black Mirror ya no impacta tanto es porque la realidad acabó siendo más distópica que la propia serie.

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