Las inconsistencias y dudas de la hipótesis moral del transhumanismo – Por Víctor Gullotta

Humo y Espejos

Foto de Oscar Pistorius, sudafricano, ex atleta paralímpico, usando dos prótesis construidas con fibras de carbono. ¿Hasta dónde llegaremos?

Los transhumanistas en su versión más radical, sostienen que la tecnología aplicada al cuerpo de los seres humanos los hace «mejores», «más sanos y fuertes», y puede llegar a eliminar la debilidad, el sufrimiento, el dolor, propios de la naturaleza finita como especie viva que somos; multiplicaría nuestras capacidades y hasta nos acercaría a una especie de inmortalidad. Suena bien, parece alentador, sería un objetivo moral a conseguir por la humanidad. Seríamos los únicos seres vivos capaces de superarnos a nosotros mismos. Hablan inclusive de una nueva «especie» surgida de esta fusión entre tecnología y cuerpo. Lo que nunca se logró está ya casi a la mano. Nos encontramos ante la difícil elección entre la aceptación del dolor, las insuficiencias,  y la resignación ante lo paliativo que nos crea una falsa imagen de inmortalidad.

El problema que los transhumanistas no reflexionan acerca de un concepto tan complejo como es el de «esencia humana»; no existe para ellos. ¿Qué es el ser humano? Para ellos el ser humano apenas es un cuerpo trasplantable, con partes intercambiables. Las únicas «relaciones sociales» que admiten como parte constitutiva de la «esencia humana» son las «relaciones técnicas» (es decir, las relaciones entre objetos-máquinas con otros objetos-cuerpos), por lo tanto, no hay tal «esencia» compleja que lo constituya. La técnica para los transhumanistas es un poder que domina crecientemente y anula cualquier esencia que se quiera defender como último bastión.

Si una pierna ha sido amputada, se reemplaza con la técnica. Si un corazón no funciona se reemplaza con la técnica (hay corazones artificiales). Si un oído no escucha se reemplaza con la técnica. Si un soldado está expuesto, se reemplaza con un escudo técnico, o se potencia con un exo esqueleto. Y si una mente tiene insuficiencias, también se podría reemplazar con técnicas (ya hay estudios en esta problemática). Parece alentador, altruista, un avance, pero aquí está la trampa. Lo mínimo que podemos decir es que la técnica, en esta perspectiva, no está al servicio del hombre, sino el hombre, al servicio de la técnica, depende de ella. La técnica lo reduce cada vez más a un sentimiento de inutilidad, de fracaso, de destino propio por sí mismo, al mismo tiempo que se la eleva a categoría de Dios. “De animales a Dioses” es el título del afamado máximo ideólogo del transhumanismo actual, el hebreo Yuval Harari. Y este verdadero “virus” del pensamiento parece estar infectando todo tipo de civilizaciones, algunas más, las llamadas del Occidente Colectivo, pero también otras.

La eliminación teórica y práctica de la «esencia humana» comenzó con el modernismo europeo (siglo XIII y XIV en adelante), y fundamentalmente con la filosofía inglesa (el nominalismo y el empirismo filosófico). Fue necesario aquello para tener esto hoy en un largo camino de depuración degradante del concepto tradicional de “esencia”, del “ser”, de “lo que es”. El mundo, la naturaleza, el hombre, pasaron a ser de sujetos con cierta consistencia «real» independiente, a ser sujetos explotables, manipulables, medibles, existentes en la medida de su percepción, en el aquí y en el ahora (empirismo filosófico inglés), y para el uso y abuso. Hablar de «esencia» filosófica (o más llanamente, si se quiere, de «alma» en lo religioso) se comenzó a considerar una caída en el descrédito, motivo de burla, se catalogó como anticientífico.

Se dejó abierto el camino a la amplia avenida de los liberales, aquellos del sujeto individual autónomo, los pragmáticos, aquellos donde lo útil es el criterio de lo que vale, y los chupasangres, los negociantes de la los bienes técnicos. Esta concepción siguió con el neopositivismo del siglo XX. Y continúa hoy con los transhumanistas que tienen diversa traducción en el campo de las ciencias, la filosofía, las técnicas y la política, y ya sean «progresistas» o «liberales». Toda la sociedad humana está viviendo estos últimos 50 años en el desarrollo desaforado e incontrolable de todo tipo de tecnologías (mucha de las cuales son biotecnología humana), impulsada por una élite siniestra, y bailando como monos alegres. Si cayera a la tierra un extraterrestre y nos observara, creo que la primera conclusión que sacaría es la de que somos una sociedad de humanos enajenada. Se escucha muy tenue todavía la voz de alguna verdad y el grito de alerta por el rumbo.

No obstante, el asunto es complejo, porque las “tecnologías” han sido siempre el elemento más dinámico y desarrollador del mundo del trabajo de la humanidad. Sobre todo, después de la mal llamada Edad Media, se nos acostumbró a aceptar este nuevo ritmo como una necesidad intrínseca de los nuevos tiempos. El crecimiento demográfico de la civilización demanda un consumo creciente de bienes y servicios: si no hubiera existido la transición del arado de mancera a un tractor, ahora, hasta “inteligente”, esa demanda no hubiera podido ser atendida. Entendemos que, al respecto, habría que colocarse en un nivel más alto de visión histórica, de gran perspectiva de siglos, hacia atrás y hacia delante. Y entonces hacernos la pregunta fundamental: “¿De dónde venimos y hacia dónde vamos?” Además, “¿Qué es la historia humana, ¿cuál es su real movimiento material y espiritual?” “¿Hay elementos eternos en ella que deben ser mantenidos y respetados?” “¿Cómo hacer para parar lo supuestamente imparable?” O. “¿El humano deberá resignarse definitivamente a desaparecer como humano para ‘realizarse’ en transhumano y, lo más grave aún, post humano, algo que ya no es más?”.  En el camino de imitar el poder ilimitado de los dioses, tal vez nos quieren hacer abandonar a Dios, y eliminarnos ipso facto como humanos. No se trata de conspiranoia, se trata de lo que ya está sucediendo, si se lo quiere observar y analizar.

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