Reflexiones Oníricas – Por Alberto Ugalde

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Cosa extraña; Ayer, cerca de las 10 de la noche, me fui a la cama abrumado por el sueño, pero tuve dificultades para dormir. Me desperté a las 3:20 y, sin poder volver a dormirme, me levanté a las 4:30 para escribir. Desde esa hora hasta ahora, he estado reflexionando sobre diversos temas que intentaré desarrollar.

Suelo visitar una serie de canales de Telegram que narran noticias curiosas sobre fenómenos como la presunta presencia de gigantes humanos en el pasado, la existencia de alienígenas que nos visitaron y aún habitan entre nosotros, y tecnologías antiguas avanzadas. Aunque están en inglés, gracias al Traductor de Google, logro comprenderlos. Algunos de los que visito habitualmente son Only One Way, Before Our Time y S E E | Secret History.

Para ejemplificar lo que se puede encontrar allí, mencionaré dos noticias. La primera trata de Francesco (Frank) Lentini, un hombre que nació con tres piernas y dos juegos de genitales, pero logró llevar una vida normal, casándose y teniendo cuatro hijos sanos, muriendo a la edad de 77 años.

La segunda habla de Winston Churchill, a quien considero uno de los seres más abyectos de la historia de la humanidad. Él fue precursor de la idea de luchar hasta el último ucraniano, que el Occidente actualmente preconiza en su guerra contra Rusia. Churchill causó el rechazo de, creo, nueve propuestas de paz de Hitler, cuando Alemania aún iba ganando. Probablemente, pensaba obtener una doble victoria: ganar la guerra y dejar exhausta a la Unión Soviética. Aunque era su aliado, era un ferviente anti-bolchevique. Se puede encontrar información sobre las nueve propuestas de paz, pero no en la historia canónica, por razones obvias. La noticia narra cómo Churchill tenía la costumbre de beber diariamente una botella de brandy armenio de 50 grados de alcohol. Sin embargo, se vio privado de él porque Stalin había encarcelado al fabricante del elixir. El eximio borrachuzo, probablemente acuciado por el síndrome de abstinencia, no tuvo reparos en rogarle a Stalin que lo liberara, a lo que accedió, siguiendo el principio de «yo te rasco la espalda y tú me rascas la espalda a mí».

Me he preguntado siempre si Churchill, al rechazar todas las propuestas de paz, era consciente de que la guerra, incluso ganándola, supondría el fin del Imperio Británico. Si no lo fue, era un infradotado mental; y si fue consciente, un traidor a su patria, vendido a los intereses de los verdaderos promotores de la guerra.

Volviendo a mis reflexiones oníricas, la primera versó sobre mi personalidad y sobre cómo creo que los que me conocen la perciben. La opinión más extendida es que soy un tipo raro, incluso bastante raro. Algunos considero que me califican de tonto. Este último calificativo, creo, no me cuadra, aunque he de reconocer que no conozco ningún tonto que se perciba como tal. Por lo tanto, tengo que aceptar que tal vez lo sea sin saberlo. De todas maneras, cómo los demás me perciban no me preocupa en absoluto. No voy a decir que no les crea, simplemente, como el ser tonto o no me viene de origen y no puedo cambiarlo, me parece absurdo preocuparme por ello. Otra cuestión es no ser tonto, pero comportarse como tal para camuflarse entre la masa. No conviene ser una secuoya en un bosque de bonsáis, lo cual puede traer graves inconvenientes. Según muchos psicólogos, es un comportamiento muy extendido entre seres humanos que tienen miedo del famoso «qué dirán si muestro que soy diferente de la mayoría». Como este no es mi caso, he llegado a la conclusión de que soy un extraño ejemplar de humano, un ser raro. Al observar lo que me rodea, me siento satisfecho, aunque no orgulloso, de serlo.

Esta satisfacción se diferencia del orgullo. El orgullo implica que lo que me hace sentir orgulloso es un mérito propio. En cambio, estar satisfecho significa que lo conseguido colma mis aspiraciones, sin ser necesariamente un mérito mío. Esta forma de pensar no proviene de mi intelecto, sino de un escrito de Mark Twain, donde argumentaba que nadie tiene mérito por lograr algo, ya que si lo ha conseguido, es porque tenía la capacidad para ello. Se podría argumentar que esa capacidad no es innata, sino adquirida con esfuerzo. Pero, por ejemplo, en un atleta, la capacidad para el esfuerzo proviene del entrenamiento, que a su vez depende de la fuerza de voluntad y de sus características físicas o morfológicas. Y aquí acaba el mérito, porque ni la fuerza de voluntad ni las características físicas se adquieren, sino que nos vienen dadas por Dios o la naturaleza.

Mi pensamiento saltó a otro tema, el dinero, que debe tener tres características: servir como unidad de medida, medio de pago y reserva de valor. Sabemos que el dinero fiat no es más que papelitos de colores, que realmente no valen nada. Pero no debemos confundir el «no vale nada» con el «no sirve para nada». En cuanto a su valor como reserva de valor, es dudoso hoy en día, ya que la mayoría del dinero está depositado en bancos y, por tanto, está totalmente fuera del alcance del que puede acreditar ser su dueño. Esto, como saben bien los que han sufrido un «corralito», convierte al dinero de una propiedad plena a una mera concesión estatal. En consecuencia, ya no podemos considerarlo como reserva de valor, una de las razones de su existencia. Lo mismo sucede con todas las otras formas de reservas de valor no físicas, como participaciones accionariales en empresas, deuda pública y toda la gama de productos financieros. Por tanto, la amenaza que se cierne sobre nosotros con la implantación del dinero digital ya está en gran parte implementada. ¿La humanidad tendrá que retroceder al trueque y a la moneda de valor intrínseco?

Me gustaría volver a encontrar un vídeo de YouTube que narraba la historia del dinero. Contaba que en unas islas del Pacífico, en el pasado, adoptaron como moneda grandes piedras talladas que nunca se movían de su sitio. Cumplían perfectamente la función de reserva de valor, ya que eran muy difíciles de mover y todavía más de esconder, máxime en islas de pequeña extensión. Estaban más seguras que el oro de Fort Knox. Lo que no conocemos es cómo se llevaba la cuenta de cuánta participación en cada piedra tenía cada habitante de las islas y cómo se acreditaba su participación en las mismas.

Siguiendo con el tema de la moneda, para que una moneda tenga valor como tal, es necesario que los actores del sistema económico la acepten como medio de intercambio, independientemente del valor intrínseco que pueda tener. Esto nos lleva a comprender la jugada maestra de Putin al no aceptar el dólar como medio de pago. Si esto se extiende a un gran número de países, sería la muerte del dólar y con ello el empobrecimiento de los Estados Unidos, lo que sería una bendición para el resto de los países del mundo. Los Estados Unidos perderían la capacidad de generar conflictos bélicos para enriquecerse, actividad a la que se ha dedicado a lo largo de su historia. También disminuiría drásticamente su capacidad para comprar voluntades e imponer su modelo de sociedad al resto del mundo, uno de los grandes problemas actuales.

En mis reflexiones, pensé que la posesión de inmensas fortunas tiene un efecto limitado en el bienestar del individuo. Los placeres a los que uno puede aspirar tienen un límite, por mucho que te guste el vino, su ingesta tiene un límite, y lo mismo pasa con casi todo. Lo que no parece tener límite es el ansia de poder, que habitualmente es poder para hacer el mal. El único placer que no tiene límite, en mi opinión, es emplear tu dinero en beneficio de la comunidad. Por eso entiendo a los filántropos. Por ejemplo, a mi provecta edad de casi 77 años, ¿en qué puedo gastar el poco dinero que he logrado ahorrar? Todo lo que me resultaba placentero está ahora limitado por mi realidad física. Actualmente, lo que más placer me produce es ayudar a aquellos que luchan por defender los valores en los cuales creo.

Y ya que estas reflexiones han sido fruto del insomnio, he de admitir que el mayor placer del que uno puede disfrutar en esta vida es un buen sueño. Es como si durante ese periodo no existieras. ¿Será así estar muerto?

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