Sentencia de muerte para España – Por Carlos X. Blanco

Humo y Espejos

El gobierno «progresista» de Pedro Sánchez constituye una vergüenza para la Humanidad. Otanista y lacayo de los yanquis, ha cooptado a la izquierda populista (Podemos, Sumar, Izquierda Unida, Compromís, separatistas). A los bancos y a los grupos especuladores los tiene contentos: ellos se han hecho los amos.

Este personaje nefasto, apropiándose de unas siglas ya de por sí nefastas (PSOE) firmó la sentencia de muerte de España como entidad histórica reconocible, su acta de defunción como realidad política unificada. Le dio la puntilla a España: esta entidad ya no existe como un ser colectivo, viviente, con futuro y en continuidad con la tradición. Sánchez ha logrado profundizar en la brecha entre «las dos Españas». Ha sometido al Estado a los dictados del neoliberalismo y ahora mismo ha convertido al país en un cepo, una cárcel para las clases trabajadoras y medias.

El movimiento independentista catalán y vasco son patologías colectivas muy bien dirigidas desde el exterior. Son los socios del tirano Sánchez. Los catalanistas y vasquistas, es decir, nacionalistas de butifarra y txapela, respectivamente, son vectores de caos. Agentes de Soros, Blackrock y fieles esbirros del proyecto europeísta-yanqui de las «euro-regiones». Esos vectores del caos no han podido actuar con mayor vileza y cobardía. No encontraréis en ese «movimiento de liberación nacional» la más mínima dosis de coraje. Tampoco la más mínima intención de trabajar a favor de la clase obrera y campesina, así como la clase media trabajadora… Esos españoles de Vasconia y Cataluña no tienen la más mínima necesidad de una nueva frontera ni de una amnistía para ladrones y traidores. Esos españoles vascongados y catalanes querrían más bien un trabajo digno y un mantenimiento del Estado del Bienestar.

Puigdemont huyó de España en el maletero de un coche. La Unión Europea le protege en su sede belga. Como ven ustedes, hay heroísmo por todas partes. Los demás líderes del «prucés» se escondieron por entre las bambalinas del tinglado europeísta a la espera de que sus amos, lobbistas y los siniestros funcionarios de Bruselas, les den el visto bueno para un regreso triunfal.

En cuanto al País Vasco, mejor no hablar. La estrategia del tiro en la nuca por parte de los terroristas no guarda ninguna relación con una historia de «lucha de un pueblo en armas». Simplemente eran y son asesinos –bien financiados y protegidos desde el exterior. La CIA y el marco alemán estuvo en sus orígenes, y la debilitación de la Europa mediterránea fue siempre la estrategia fundamental

Las víctimas de éstos » héroes» etarras solían ser inocentes desarmados o desprevenidos. Mataban por la espalda o ponían una bomba lapa, y dejando cadáveres fríos que nunca se pudieron defender, echaban a correr a Francia o a Bélgica. Héroes… Los etarras movían el árbol y las formaciones «patriotas», es decir, los separatistas vascos («abertxales» del PNV y del MLNV) recogían el fruto. Todo el mundo lo sabe. Ahora siguen apuntando con otras armas para seguir saqueando al pueblo trabajador español, y son las armas del R78. Una parte de nuestro sueldo servirá para pagarles una independencia procesual sine die. El nacionalismo es el parásito de España. Una tenia solitaria, unas lombrices intestinales que debería vomitar el Estado cuanto antes.

Pero el movimiento unitarista «español» también ha resultado ser una patología. En su momento, tras la muerte de Franco, no se plantó cara al separatismo a pie de calle. No hubo «nación española», como la hubo en 1808 frente a Napoleón. Allí, los madrileños siguieron el ejemplo de Asturias y la nación se levantó. Pero en el siglo XXI ya no es así. La serpiente separatista debe ser estrangulada en su infancia. El huevo del dragón no tiene que ser incubado. El propio pueblo español debió acabar con los asesinos y los alborotadores en su tiempo. Confiar en la labor puramente policial y judicial es ponerles en bandeja a los separatistas sus proclamas: «fuerzas de ocupación», «aparato represivo».

Pero las verdaderas señales agónicas de España como concepto llegaron en 2017, y lo que en esta fecha se vio, explica la «ley de Amnistía» sanchista.
La evidencia del fin de España como entidad unificada, su muerte como comunidad orgánica existente en continuidad con el pasado, ese pasado iniciado en la revolución de Pelayo en las montañas asturianas, en 718, la obtuvimos en 2017. Previamente, los atentados de Atocha (11 del III de 2004) volvieron a iluminar el destino de España: una bomba a tiempo, y se da el giro político esperado por el globalismo. De Carrero Blanco (1973) a Atocha (2004) se escribe cada renglón de la Santa Constitución.

No fue el «referéndum» ilegal, chapucero y fracasado, de Puigdemont, lo que selló un acta de defunción de la Nación. Fue más bien el barco «Piolín» y lo que este simbolizó. La clave estuvo en ese patético barco con que Rajoy escenificó la acción del Estado de Derecho conducente, teatral y cómicamente, a reprimir una Rebelión. A mis ojos, la mera existencia del barco, el modo en que se alojaron las fuerzas del Orden, y todo lo que allí se vio, posee las claves de nuestra muerte colectiva. Todo lo que un fláccido Artículo 155 pudo dar de sí, se presentó como la realidad descarnada: el principio del fin. Los catalanistas fracasaron, pero España también.

Rajoy promulga –ante un evidente golpe de Estado por parte de los separatistas- un 155 a medias, sin convencimiento ni ganas. Sabía Rajoy que respaldo europeo, lo que se dice respaldo, no lo había. Sabía el gobierno pepero de Madrid que un solo muerto en la calle era el fin de la Unidad nacional, una baza para Puigdemont, a quien el muerto, aunque fuera un solo muerto atribuible a las fuerzas «españolistas», le beneficiaba. Al independentismo le beneficiaba la existencia de uno o varios muertos «por» el 155. Rajoy, de su parte, quería «salir del paso», quedar bien como garante de una legalidad que ni fue buena ni fue legal ella misma desde el amaño de 1978, ya pergeñado durante la ancianidad del Caudillo.

Un solo muerto, y Europa te echa los perros encima. Así fue, con este espíritu, como Rajoy mandó a Barcelona al «Piolín». Con guardias insultados y despreciados, con unas fuerzas del orden enviadas desde las premisas del miedo y la vigilancia de Bruselas, con agentes de la ley con las manos atadas, tan atadas como están las manos de los que vigilan las vallas de Ceuta y Melilla. Así nunca se resuelve el problema, se aplaza y se agrava.
Un Estado soberano de verdad defiende su unidad y sus fronteras. Es un derecho sagrado de un Estado nacional soberano. El gobierno de España, el de Rajoy no era el gobierno de un Estado soberano. España en 2017 no era ya un Estado soberano. No lo fue desde que una ETA dirigida por los norteamericanos mató a Carrero Blanco (Madrid, 20 del XII de 1973). España no defendió su provincia africana del Sahara Occidental, ni defenderá Ceuta y Melilla cuando suceda una nueva invasión marroquí. A Estados Unidos y Francia, tan amigos del rey marroquí, les importa una higa que África vuelva a entrar en tropel por el sur de España. Las élites de «Occidente» no son élites: son, desde siempre, una basura que nunca piensa en los pueblos de Europa. Las naciones europeas son como el felpudo por donde las élites se pasean, ya dispuestas a generalizar el Tercer Mundo a su alrededor. Cuando España caiga, caerá Europa.

Las banderas españolas, tanto la auténtica (la Cruz de Borgoña) como la liberal (la rojigualda) delante de Ferraz, la sede nacional del PSOE en Madrid, en los días pasados, no resolvieron tampoco el problema creado por Sánchez y su ley de Amnistía. Son perfectas para airear al mundo entero lo fea y detestable que resulta la «ultraderecha», al apolítico y a todo progresista bienpensante. El tipo indeseable que ocupa la Moncloa es el culpable, no hay duda, de toda esta crispación. Razones para ir a Ferraz, pero también a la Zarzuela, no faltan. Pero forma parte de la tragicomedia ya escrita. Está previsto en el guión: los «maderos» de Marlaska y los fachas con el aguilucho. Mientras, la izquierda sistémica calla, como calla ante la atrocidad de Gaza. Piensa en sus poltronas.

Desde una «visión de Estado» puramente liberal y constitucional Sánchez habría tenido que hacer los esfuerzos –titánicos o no- conducentes a hacer un gobierno de concentración nacional y perseguir hasta el fin del mundo a los golpistas y a los enemigos de la Unidad del Estado. El tipo indeseable, liderando un Partido igualmente maligno, optó por asegurar su poltrona pactando con los enemigos del Estado. Unos enemigos que en un país serio tendrían que haber conocido, según la latitud y tradición de cada pueblo, la pena capital, la cadena perpetua, la confiscación de sus bienes, la disolución de sus partidos y entidades, etc.

Pero las banderas «españolas», las muñecas hinchables de los fachas, los «noviembres nacionales», las consignas más o menos graciosas o virulentas, no sirven de nada. De los tumultos de Ferraz sacan tajada –electoral y muy momentánea- los tipos de VOX, claramente sionistas, partidarios de un modelo liberal y atlantista que contradice la esencia de España. La esencia de España es contradictoria con ese globalismo, y la propia actitud internacional y proliberal de VOX contradice su aireada españolidad. La Hispanidad es la defensa de los valores humanistas diametralmente opuestos al sionismo, al atlantismo y al neoliberalismo. Los peperos también sacan tajada (una tajada que nunca conciben de otra manera que no sea electoral).

Estos individuos jamás se podrán presentar como líderes de un movimiento popular. Ese PP y esa Ayuso envueltos en la bandera de Israel, en el odio a los «putinejos», en la chinofobia, esa derechita sionista y tan «progresista» como el PSOE, está anclada en el Barrio de Salamanca. Esos chicos inspirados por Cayetanas y cayetanos, por Ayuso o por Aznar, también forman parte de la fauna del Régimen. Son, en su conjunto, un monstruo creado por el R78, parte orgánica suya. Ellos, rojigualdos, forman parte de la enfermedad española. No aman España: aman una simbología huera, son la cara B del atlantismo vergonzante de Pedro Sánchez. Esperan turno para continuar con el estropicio y seguir saqueando al proletariado y a la clase media trabajadora.

Los españoles no debemos defender ya este cadáver. Se ha identificado tanto, y tan erróneamente, esta basura de Constitución con una Nación, que la Nación ya ha dejado de ser viable. Cualquier cosa que vaya al revés de cuanto diga el papelote de 1978, será buena; República, en vez de Borbones ladrones o decorativos. Regionalismo y federalismo en vez de «Estado de las Autonomías» o centralismo jacobino. Iberismo e Hispanidad proletaria en lugar de chantaje vascocatalán. Democracia popular y soberanía económica, en vez de dictadura de partidos y sometimiento a la OTAN y a Bruselas.

A estas alturas de la película no me importan ya los cambios de fronteras ni las pequeñas naciones-retrete que, al modo de Kosovo, ingresarán prontas en la OTAN y en la UE. Solamente creo en la unidad interna de los pueblos que saben defender su modo de vida, los pueblos trabajadores y armados que saben solidarizarse con los demás pueblos trabajadores de la Tierra, aquellos que reconocen al enemigo (El Capital y el Imperialismo) disfrazado de mil maneras. Una de ellas es el nacionalismo de butifarra, txapela o campanario. Otra, es la rojigualda que enarbola el señorito y el evasor de impuestos.

El mundo ha cambiado. Y las pequeñas naciones-retrete, que son el resultado de injerencias extranjeras y ficciones dañinas, no tienen espacio en él. Una Cataluña independiente, o un País Vasco independiente darán réditos al «eje franco-alemán», él mismo caduco y eunuco hasta que tenga arrestos suficientes como para aliarse con Rusia. Réditos durante unos meses. Después, el juguete roto no lo va a remendar nadie, y de todos recibirá el desprecio. El pueblo trabajador de esas regiones separadas pedirá a gritos la reunificación, pero el daño ya estará hecho y ya sabemos que se tarda siglos en rehacer lo destrozado. Los pueblos de Iberoamérica, por ejemplo, están tardando siglos en rehacer la unidad perdida tras separarse de la «Madre Patria». Detrás de su ilusoria independencia, vino la Doctrina Monroe, en apenas dos años, sin solución de continuidad. Y aún padecen el yugo yanqui después de dos siglos, mucho peor que el yugo madrileño.

Delante de Ferraz, recibiendo palos o emitiendo vociferantes consignas, no se hizo nada. El tirano Sánchez sigue con su agenda. Su agenda es la del Gran Capital. La única manera de ser patriota, aquí como en Cuba o en Venezuela, aquí en España igual que en Gaza, Siria, Vietnam, Irak, es luchar contra el Imperialismo.

¿Para qué quiero una España «una y grande» si no es libre? Para mí, la unión del pueblo siempre es un bien moral. Soy regionalista y federalista, y digo bien alto: es mejor la Unidad en la diferencia, mil veces mejor que esta «cosa». Denuncio el Estado de las Autonomías: toda la oligarquía fétida que gobierna las 17 taifas es algo que, por mí, se puede ir al garete.

Algo muy distinto a la España falsa nacida en 1978 es lo que debe nacer: una España, una Europa y una «Patria Grande» iberoamericana hecha por sus pueblos y para sus pueblos. Pueblos libres del imperialismo y regidos bajo principios socialistas.

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