Cuando el atropello se vuelve «normal»

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Hay hechos que deberían sacudir a cualquier sociedad, más allá de simpatías políticas, ideologías o preferencias personales. Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia, asistimos a escenas que antes habrían provocado conmoción inmediata y hoy apenas generan un murmullo pasajero. Ese desplazamiento, del escándalo a la indiferencia, no es casual ni espontáneo. Es el resultado de un proceso largo, cuidadosamente construido.

Lo ocurrido recientemente en Venezuela expone con crudeza ese mecanismo. No importa aquí si se acuerda o no con el gobierno de Nicolás Maduro. Tampoco es el eje discutir si su gestión fue acertada o no. El punto central es otro: cuando un presidente en ejercicio es capturado, removido o neutralizado dentro de su propio país, y ese hecho se presenta como algo “natural”, estamos frente a una ruptura profunda del orden político.

Lo verdaderamente inquietante no es solo el hecho en sí, sino la manera en que fue absorbido por el sistema informativo. Titulares medidos, lenguajes técnicos, explicaciones anticipadas, silencios estratégicos. Nada de eso es improvisado. Antes de que el acontecimiento ocurra, el terreno ya ha sido preparado. El atropello se vuelve “proceso”, la violencia política se transforma en “transición”, la ruptura institucional se diluye en una narrativa que invita más a aceptar que a cuestionar.

En este esquema, los medios de comunicación dejan de ser meros transmisores de información para convertirse en actores centrales de legitimación. No necesariamente por mentir de forma explícita, sino por seleccionar, encuadrar y repetir ciertos relatos hasta que lo inadmisible deja de parecerlo. La clave no está solo en lo que se dice, sino en lo que se omite, en el tono elegido, en la velocidad con la que se pasa de página.

El efecto más grave de este proceso no se ve inmediatamente en la política, sino en la sociedad. Porque cuando hechos de esta magnitud no generan reacción popular masiva, cuando no despiertan inquietud ni siquiera como pregunta incómoda, lo que queda expuesto es una ciudadanía agotada, despolitizada y acostumbrada a que las decisiones reales se tomen en otra parte. No se le puede exigir al ciudadano común que comprenda las disputas entre grandes potencias, los acuerdos subterráneos o los equilibrios geopolíticos. Pero sí debería ser razonable esperar una reacción ante el símbolo máximo de la soberanía siendo vulnerado.

Ese silencio social no surge de la nada. Es el resultado de años de desgaste, de frustración acumulada, de una pedagogía de la impotencia que enseña que nada depende de uno, que todo está decidido de antemano, que resistirse no tiene sentido. Así, la política se convierte en un espectáculo ajeno, y la soberanía en una palabra abstracta.

En Iberoamérica, este fenómeno adquiere una gravedad particular. Porque no se trata solo de un país, sino de una región históricamente atravesada por injerencias externas, presiones económicas y reordenamientos impuestos desde afuera. Cuando un hecho como el de Venezuela se normaliza, el mensaje que baja es regional: las instituciones valen mientras no interfieran con intereses mayores. Y ese mensaje no distingue gobiernos ni colores políticos.

Incluso si existiera —hipótesis mediante— algún tipo de acuerdo interno o entrega negociada, eso no vuelve menos grave el escenario. Porque un sistema político que funciona a espaldas de la sociedad, condicionado por actores externos y aceptado sin resistencia, es un sistema profundamente frágil. En ese punto, el problema ya no es un líder ni un gobierno: es la pérdida de soberanía efectiva.

Estamos atravesando un momento de transformación global acelerada. La hegemonía estadounidense muestra límites cada vez más visibles, mientras el mundo multipolar deja de ser una promesa para convertirse en una realidad en disputa. Ese tránsito no será ordenado ni pacífico. Será tenso, contradictorio y cargado de operaciones de legitimación. En ese contexto, la información se vuelve un arma central, y la capacidad de análisis crítico, una forma mínima de defensa.

China ya no ocupa un rol meramente comercial en este escenario. Su presencia es cada vez más integral y explícita. Rusia, por su parte, hace tiempo que opera como potencia militar plena. Cuando estos actores comienzan a marcar el ritmo junto a otros bloques, el mundo entra en una fase más áspera, donde los márgenes de maniobra se achican y las definiciones se vuelven inevitables. 2026 no será un año de transición suave, sino de decisiones que marcarán rumbo.

Frente a este panorama, repetir narrativas prefabricadas no solo es insuficiente: es peligroso. Entender lo que ocurre exige mirar acciones, no discursos; movimientos reales, no declaraciones de ocasión. Exige observar quién gana margen de poder, quién lo pierde y cómo se reconfiguran las alianzas más allá de lo que se dice públicamente.

Ese es el desafío que tenemos por delante como región y como sociedades. No para elegir bandos de forma automática, sino para recuperar la capacidad de inquietarnos, de hacernos preguntas incómodas, de no aceptar como normal lo que erosiona nuestra soberanía. Porque cuando el atropello se vuelve paisaje, el problema ya no es el poder que avanza, sino la sociedad que deja de mirarlo.

Por Ivone Alves Garcia – Humoyespejos

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