Las reformas borbónicas del Rey Donald

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La posición de EE. UU. en América Latina se parece cada vez más a la del Imperio español tardío. La aventura militar en Venezuela no impuso la democracia liberal, ni el libre comercio, ni el Estado de derecho, ni ningún otro artículo de fe liberal que en el pasado sirvió para justificar intervenciones. Lo que sí se impuso en Venezuela con el secuestro del jefe de Estado se asemeja más a los acuerdos desiguales del siglo XIX, con la diplomacia de la cañonera incluida.

Lo que existe en Venezuela es un bloqueo naval comercial que va mucho más allá de los embargos del pasado. Lo que hay hoy es un monopolio comercial metropolitano similar al que impusieron los Borbones en el siglo XVIII.

En el siglo XVIII, había una potencia moderna, industrial y pujante en ascenso: Inglaterra. Frente a ella, un viejo imperio colonial en declive, abrumado por la persistencia del feudalismo en la metrópoli y por la competencia de las manufacturas de sus propias colonias: España. En un mundo donde el poder se basaba en la industria, España seguía siendo exportadora de materias primas. Su gobierno no veía la necesidad de desarrollar la manufactura, modernizar el sistema impositivo o la gobernanza… ¿por qué hacerlo, si podía financiarse simplemente con la exportación de recursos coloniales?

La solución que halló el Imperio colonial a su crisis fue reforzar el yugo sobre las colonias, excluir a los criollos de la administración local y fortalecer el monopolio comercial. Esta fue la primera ruptura entre las élites criollas del Nuevo Mundo y la metrópoli, y sería una de las causas de las guerras independentistas una vez que España cayó bajo la bota de Napoleón. Los criollos veían que su principal socio comercial natural era la industriosa Gran Bretaña, y que lo único que aportaba España era ser un intermediario parasitario sostenido por la inercia de la fuerza. Una vez que esta se desvaneció, el Imperio se vino abajo.

Hoy, aquella potencia en ascenso es la República Popular China. Al igual que la Inglaterra del siglo XVIII, China combina una capacidad manufacturera masiva con una creciente innovación tecnológica y una diplomacia orientada al comercio y la infraestructura. No necesita imponer bloqueos navales; construye puertos, ferrocarriles y redes 5G. Su poder se basa en la productividad, la conectividad y la creación de interdependencias económicas, no solo en la proyección militar.

Frente a ella, los Estados Unidos de la era Trump recuerdan al imperio borbónico en declive. Como España entonces, EE.UU. hoy muestra síntomas de una potencia rentista: su economía financiarizada y desindustrializada depende en gran medida del privilegio exorbitante del dólar, de la extracción de recursos (ahora también data) y de la coerción militar para mantener un orden que ya no lidera por productividad o ejemplo. Su respuesta a la crisis no ha sido una renovación interna, sino una profundización de las prácticas extractivas: sanciones unilaterales, acuerdos comerciales forzados, intentos de desacoplar cadenas de suministro y una política exterior cada vez más volátil y basada en la amenaza directa. Son las «reformas borbónicas» del siglo XXI: un esfuerzo por apretar el torniquete sobre las colonias para sostener a una metrópoli que pierde dinamismo.

Al igual que los criollos del siglo XVIII, las élites económicas y políticas latinoamericanas –incluso aquellas tradicionalmente alineadas con Washington– son testigos de este desplazamiento. Ven que su socio natural para el desarrollo, la inversión en infraestructura y el comercio de commodities ya no es la potencia declinante del Norte, sino la potencia ascendente del Este. 

EE.UU. se ha convertido, en muchos sentidos, en el intermediario parasitario de nuestra época: insiste en un control hegemónico que ya no se basa en ofrecer el camino más viable hacia el progreso, sino en obstruir alternativas y extraer concesiones por pura inercia de fuerza.

El paralelismo se completa con la reacción interna. Los Borbones respondieron a la competencia británica con un centralismo aún más rígido y una negativa a modernizar las estructuras del Estado. De manera similar, sectores dominantes en EE.UU. responden al «ascenso pacífico» de China no con una autocrítica sobre productividad, educación o desigualdad, sino con un repliegue nacionalista, un rechazo al multilateralismo y una apuesta a revitalizar industrias del pasado (como el carbón) mediante subsidios y proteccionismo. Es una nostalgia de grandeza que evita las causas profundas del declive.

La lección para América Latina es clara. En el siglo XVIII, aquellos territorios que permanecieron atados sólo al monopolio español se encontraron aislados y empobrecidos cuando el Imperio colapsó. La independencia política llegó, pero la dependencia económica se reconfiguró. Hoy, nuestra región no puede permitirse quedar atrapada como el campo de batalla de una nueva «guerra fría» entre un imperio viejo y uno nuevo. La estrategia no puede ser una simple sustitución de amo, sino que hay que apostar por un desarrollismo nacional y pragmático: aprovechar la complementariedad con el nuevo centro dinámico (China) para financiar y acelerar nuestra propia autonomía –tecnológica, industrial y estratégica– y así negociar desde una posición de menor vulnerabilidad con todos, incluido un EE.UU. que, aunque declinante, seguirá siendo un actor formidable e impredecible durante décadas.

El objetivo final no es cambiar de metrópoli, sino dejar de ser colonia. Los Borbones fracasaron porque intentaron congelar el tiempo. La pregunta para Washington es si repetirá ese error. La pregunta para nosotros es si aprenderemos la lección a tiempo.

Lic. Sacha Bellicoso – Politólogo

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