De visita por la bella ciudad de Concepción del Uruguay, Entre Ríos, en la costa del río internacional homónimo, donde casi todo transpira la historia del viejo urquicismo, nos encontramos de pronto motivados a pensar.
Aquí se encuentra el lugar donde se realizó el “Pronunciamiento” de 1851, avalado por intereses mezquinos plutocráticos y poderes extranjeros, que derivó en varios sucesos trágicos para el destino nacional, entre ellos la Batalla de Caseros, que derrocó al gobierno de Rosas un año después. Un monolito recuerda el hecho.
Caminábamos atentos y deslumbrados a ciertos detalles como cuando se visita una ciudad por primera vez. La iglesia de la plaza central estaba abierta. Entramos, nos persignamos como corresponde y yo, un creyente dispar desde niño, siempre busco la pira de agua bendita. En algunas iglesias las hay; en otras, a raíz de la “pandemia”, por desidia o falta de párroco, a veces están secas. Y no sólo hago la señal de la cruz mojándome la frente, sino que exagero un tanto salpicándome la ropa. En esta había suficiente. Así que procedí como de costumbre. Luego, caminamos lentamente y en silencio hacia el altar central. Al costado izquierdo, nos encontramos una cripta subterránea, observable desde arriba. Y descubro, impactado, el féretro del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza, de impecable caoba, con ese particular semi oscuro reluciente, solemne, envuelto por la bandera argentina. Me digo: debo escribir algo sobre esto. Estoy frente a los restos de quien para muchos fue un traidor a los intereses nacionales y para otros fue el ángel que nos liberó de una “tiranía”. Un cuerpo, un féretro, depositario de imprecaciones e idolatrías al mismo tiempo. Como tantas otras figuras de intrincada y rica historia nacional: Moreno, Dorrego, Rivadavia, Roca, Irigoyen, Perón y, por supuesto, el archienemigo de Urquiza, Rosas, más tarde arrepentido de haberlo derrocado.
Las imágenes que traigo son, por un lado, del ataúd del Brigadier Juan Manuel de Rosas, que gobernó la Provincia de Buenos Aires (1829/1832 – 1835/1852) y ejerció la representación exterior de toda una Nación al mismo tiempo, en el cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires y, por el otro, del ataúd del General Justo José de Urquiza, gobernador de la Provincia de Entre Ríos, y primer presidente constitucional de la Confederación Argentina (1854-1860), en la cripta de la Iglesia de la Inmaculada Concepción en Concepción del Uruguay.
Ambos ataúdes se encuentran simbólicamente cubiertos por la bandera argentina. Tal vez porque el protocolo lo exige para quienes fueron altos dignatarios, independientemente de la calidad y legitimidad de sus ejercicios. Sin embargo, la argentina se encuentra partida en varios aspectos de lo que debe ser su destino como Nación y ninguna bandera cubriendo sus féretros podrá ocultar tal situación. Los iguales en la muerte no son tan iguales, según lo que signifique, aunque la muerte sea la única certeza para todos. La argentina se encuentra, además de los hechos objetivos, envuelta en una narración de su sentido, que brota de sus historiadores, políticos, periodistas, científicos, comentaristas de todo tipo. ¿Quién tiene el poder de narrar? ¿Y cuál es el sentido de su narrar? ¿Quién es más patriota? ¿Quién ha sabido representar mejor los intereses nacionales y siendo, como ahora, que ni siquiera se intentan disimular, porque ya no hay ni intereses nacionales que defender, ni bandera argentina a la que honrar?
En este sentido, el General Urquiza sólo sería un infante confundido comparado con el gobierno extranjerizante de un Milei, que besa y rinde homenaje a banderas ajenas, y su tumba, cuando le toque a la hora y en la hora, difícilmente pueda llevar la cruz cristiana, como sí la tienen los sepulcros del entrerriano y del bonaerense. Urquiza fue un millonario ganadero y comerciante provincial, conocedor de las tareas del campo, prolífico padre, tipo de armas llevar cuando se puso al frente de su gente, defendiendo sus intereses.
Lo doloroso, pero también magnífico y deslumbrante, que la argentina es todo eso. Son sus ángeles y demonios. Pero no podemos permitir que los demonios la destruyan. Y hemos, según siento, creo y pienso, llegado al abismo: Urquiza abrió las puertas hace 172 años, y la argentina, casi como en masa, se está arrojando hacia él, con pitos, matracas, pero con una profunda tristeza del corazón. Como si negándonos a nosotros mismos pudiera renacer luego algo distinto. Imposible. La pura negatividad no conduce a ningún lugar mejor. La integración crítica, el encuentro de una identidad de valores trascendentes, la recuperación y terminación de las mejores intenciones truncadas, es el único camino de destino.
Me vienen a la memoria los detalles del asesinato del hombre cuyos restos inesperadamente ahora están ante mí. El General estaba en su Palacio, a las afueras de Concepción. Urquiza debió ser el sucesor o reemplazo de Rosas como caudillo federal, pero terminó siendo el Moloch constitucional liberal de nuestra Nación, sistema que nos tiene aprisionados desde hace 172 años. Fue una partida de alrededor de unos cincuenta jinetes que entraron al Palacio al galope, a gritos lo buscaron, hasta hallarlo en las cercanías de su dormitorio, y un pequeño grupo de cinco lo rodeó y ajustició por “traidor”. Uno lo trabucó en la cara, y otro lo apuñaló varias veces más criollamente. El hombre no cayó al instante luego del balazo, fue refugiándose, y dejó manchas de sangre con sus manos que hoy permanecen en la pared. La esposa trató de protegerlo inútilmente, al igual que sus sirvientes hicieron lo propio escondiendo a como fuera a algunos de sus hijos. El Palacio San José en sí mismo era una exposición muy moderna para la época. Por aquí, Urquiza se reconcilió con Sarmiento -otro archienemigo de Rosas-, pues Urquiza había sido un federal al fin, quien usó la sorprendente grifería interna, desconocida para la época, y también lo visitó Mitre, el sospechoso triunfador a la postre de Caseros, con la insólita batalla de Pavón, y tertulió con él bajo un techo de espejos y otras linduras y vajillas europeas. Fue asesinado entonces en 1870.
Rosas murió con digna humildad en 1877, en Inglaterra. Y sus restos recién fueron repatriados en 1989.
Por Víctor Gullotta




