74 años del Club Vladimiro Maiakovski: memoria, cultura y comunidad en el corazón de Bernal

Picture of Humo y Espejos

El Club Cultural y Deportivo Vladimiro Maiakovski celebró este domingo 16 de agosto su 74º aniversario en su histórica sede de Bernal. Nuestro medio estuvo presente en una jornada en la que familias, socios, bailarines y amigos volvieron a encontrarse alrededor de una mesa, de la música y de las tradiciones que acompañan al Club desde hace más de siete décadas. El aniversario coincidió además con una nueva etapa institucional: la asunción de la Comisión Directiva que conducirá la entidad durante el período 2026-2030.

Hablar de un club de barrio en la Argentina es hablar de mucho más que de un edificio donde se practica un deporte o se realiza una actividad recreativa. Es hablar de puertas que permanecen abiertas durante generaciones, de salones donde crecieron hijos y nietos, de mesas compartidas, de bailes, comidas, reuniones y recuerdos. Es hablar de vecinos que decidieron construir un espacio común y que, con el paso del tiempo, terminaron construyendo también una identidad.

En esa tradición se inscribe el Club Cultural y Deportivo Vladimiro Maiakovski, ubicado en Rodríguez Peña 26, en Bernal, que este domingo celebró sus 74 años de vida.

Su historia comenzó en 1952. Según la reseña histórica difundida por la propia institución, el 11 de mayo de aquel año once ciudadanos de origen ruso, bielorruso y ucraniano se presentaron ante el Municipio de Quilmes con el proyecto de crear un espacio que los reuniera. Habían llegado a una Argentina formada en buena medida por grandes corrientes migratorias y entendieron algo esencial: una cultura puede sobrevivir en la memoria de una familia, pero necesita lugares donde reunirse para atravesar generaciones.

Así nació el Maiakovski.

Detrás de aquella decisión había hombres y mujeres que habían dejado lejos sus ciudades, sus paisajes, sus lenguas y parte de sus familias. En Bernal encontraron un lugar donde reconstruir comunidad. Allí podían volver a escuchar una canción conocida, preparar una comida de su infancia, hablar su idioma, enseñar una danza a sus hijos y compartir con otros una historia que corría el riesgo de diluirse con el paso del tiempo.

La documentación diplomática de la Embajada de Belarús en Argentina registra también su creación en 1952 y destaca que desde entonces la institución ha mantenido vivas las culturas y tradiciones de las comunidades bielorrusa, rusa y ucraniana. Con el paso de las décadas, alrededor del club se desarrollaron coros, teatro, danzas y distintas actividades sociales y deportivas. Una reseña difundida por el Municipio de Quilmes señala además que en 1985 el club volvió a abrir plenamente sus puertas a la colectividad, iniciando una nueva etapa de su historia.

La historia del Maiakovski permite también poner el foco sobre una institución profundamente argentina que muchas veces sólo recibe atención cuando atraviesa dificultades económicas: los clubes de barrio y las sociedades de fomento*.*

Estas organizaciones fueron decisivas en la formación social de numerosas ciudades y barrios argentinos. Investigaciones de la Universidad de Buenos Aires señalan que los clubes barriales surgieron no solamente como ámbitos deportivos, sino también para responder a necesidades que no siempre eran cubiertas por el Estado y para generar espacios de sociabilidad, cultura y encuentro comunitario.

Pero esa definición académica adquiere otra dimensión cuando se observa la vida concreta de un club. Allí se aprendía un deporte, pero también se organizaba una biblioteca. Se preparaba una fiesta, se enseñaba música, se ayudaba a una familia, se juntaban fondos, se celebraba una fecha importante o simplemente se encontraba un lugar donde sentarse a conversar. Muchas veces, mientras afuera cambiaban gobiernos, economías y generaciones enteras, el club seguía allí.

La propia legislación argentina terminaría reconociendo esa función. La Ley 27.098 define a los clubes de barrio y de pueblo como asociaciones civiles sin fines de lucro que, además de desarrollar actividades deportivas no profesionales, ponen sus instalaciones al servicio de la educación no formal, el fomento cultural y la comunidad, promoviendo mecanismos de socialización e integración.

Los clubes hacían todo eso mucho antes de que una ley lo escribiera.

Y en aquellos vinculados con las colectividades inmigrantes se agregó una tarea todavía más profunda: permitieron que quienes llegaban a la Argentina pudieran convertirse plenamente en parte de este país sin tener que borrar la historia que traían consigo.

El Maiakovski representa precisamente esa experiencia. Rusia, Belarús y Ucrania encontraron en Bernal un espacio donde conservar canciones, bailes, comidas, recuerdos familiares y tradiciones, mientras sus hijos y nietos construían su vida como argentinos. Una identidad nueva se fue formando sin necesidad de destruir la anterior.

No se trata de vivir mirando hacia el pasado. Se trata de saber de dónde venimos para que aquello que formó a nuestros padres y abuelos no desaparezca cuando ellos ya no estén para contarlo.

El 74º aniversario volvió a mostrar ese espíritu. Alrededor de las mesas se reunieron distintas generaciones. Hubo gastronomía, música y cultura: empanadas, pollo, los tradicionales varenikis y una torta alusiva acompañaron una jornada que tuvo como uno de sus momentos centrales la presentación del Ballet Ródina del Club Maiakovski*, junto con artistas invitados.*

En el escenario, cada movimiento del Ballet Ródina decía algo que iba mucho más allá de una coreografía. Los trajes, la música y las danzas llevaban consigo una memoria colectiva. En las mesas ocurría algo parecido: personas mayores que conocieron otros tiempos del Club compartían la jornada con jóvenes y niños para quienes esas tradiciones forman parte de una historia recibida.

Más que un almuerzo aniversario, fue una escena que explica por qué instituciones como ésta sobreviven. Una receta puede transmitir una historia. Una canción puede devolver durante algunos minutos el recuerdo de una casa que quedó a miles de kilómetros. Una danza aprendida por un nieto puede prolongar algo que comenzó mucho antes de que él naciera.

Lo que para un visitante puede ser solamente una comida o una actuación artística, para una colectividad puede representar la memoria de padres, abuelos y bisabuelos que alguna vez cruzaron un océano, llegaron a un país desconocido y comenzaron nuevamente sus vidas en la Argentina.

No es casual que el Ballet Ródina acompañe desde hace años los aniversarios de la institución. Ya en 2019, durante la celebración de los 67 años del Club, las crónicas locales registraban su actuación y definían al Maiakovski como una entidad que nucleaba a las colectividades rusa, bielorrusa y ucraniana de la región.

Setenta y cuatro años después de su creación, aquella idea de once inmigrantes continúa teniendo vida.

Y esa continuidad tampoco sería posible sin personas dispuestas a sostenerla. En esa historia merece una mención especial Valery Jeromin, por su incansable trabajo en la promoción del Club y por una tarea desarrollada durante años para mantener abierto el vínculo entre la comunidad rusa y la sociedad argentina, llevando su cultura, sus tradiciones y la propia existencia del Maiakovski mucho más allá de las paredes de su sede. En instituciones construidas sobre el esfuerzo voluntario, esa perseverancia cotidiana constituye una parte fundamental de su patrimonio.

El aniversario marca además el comienzo de una nueva etapa institucional. La conducción del Club Vladimiro Maiakovski para el período 2026-2030 estará integrada por:

Presidenta: Débora Salazar
Vicepresidenta: Noelia Dressl
Secretario: Sergio Pidhirnyj
Tesorero: Wladimiro Sawi
Vocal 1: Valik Jeromin
Vocal 2: Graciela Jaime
Vocal suplente: Tamara Sawi
Revisor de cuentas titular: Andrés Borecki
Revisores de cuentas suplentes: Marcelo Maiorano y Natalia Espínola.

El recambio de una comisión directiva puede parecer desde afuera un hecho administrativo. En instituciones de estas características significa mucho más. Cada nueva conducción recibe algo que no le pertenece completamente: recibe una historia construida por quienes estuvieron antes y asume la responsabilidad de entregarla, algún día, a quienes vendrán después.

Los clubes existen porque generación tras generación algunas personas aceptan dedicar tiempo, trabajo y responsabilidad a mantenerlos abiertos. No hay detrás una gran estructura empresarial. Hay socios, familias, profesores, bailarines, colaboradores y dirigentes que barren un salón, preparan una comida, organizan una actividad, ensayan durante semanas, hacen cuentas, reparan lo que se rompe y vuelven a abrir las puertas para que otros puedan entrar.

Ese trabajo cotidiano casi nunca aparece en las fotografías de los aniversarios. Pero es precisamente lo que permite que las fotografías sigan existiendo.

Por eso los 74 años del Club Maiakovski también invitan a pensar en el valor de los clubes de fomento y de barrio en una sociedad cada vez más atravesada por relaciones virtuales e individuales. Una comunidad necesita lugares donde encontrarse físicamente. Necesita reconocerse en otros, compartir una memoria, crear vínculos entre generaciones y sentir que existe algo que pertenece a todos.

Durante gran parte de la historia argentina, los clubes cumplieron esa tarea silenciosamente.

El Vladimiro Maiakovski lleva haciéndolo desde 1952.

Y quizás la imagen más importante de este aniversario no sea solamente la de una torta con el número 74, ni la de los bailarines sobre el escenario. Es la de un salón nuevamente lleno. Familias sentadas alrededor de las mesas. Jóvenes bailando las danzas que otros bailaron antes que ellos. Personas mayores viendo que aquello que ayudaron a construir continúa vivo. Una nueva comisión directiva dispuesta a recibir esa responsabilidad.

Hace setenta y cuatro años, once inmigrantes llegaron al Municipio de Quilmes con una idea.

Hoy esa idea tiene paredes, escenario, música, recuerdos, generaciones enteras y una comunidad que sigue encontrándose en el mismo lugar.

El Club Vladimiro Maiakovski no es solamente el testimonio de una historia que sobrevivió.

Es una historia que todavía se está escribiendo.


Fuentes consultadas: reseña histórica del Club Maiakovski; Embajada de la República de Belarús en la República Argentina; Municipalidad de Quilmes; Universidad de Buenos Aires (Ludicamente); Argentina.gob.ar (Ley 27.098); Perspectiva Sur.

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Ivone Alves García

Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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