En Argentina los gobiernos no se sostienen porque funcionen. Muchas veces se sostienen porque enfrente no hay nada sólido y esa es justamente una de las claves del presente. Javier Milei puede llegar desgastado, puede perder volumen político, puede acumular rechazo y aun así seguir siendo competitivo. No porque haya resuelto el drama argentino, sino porque la sociedad sigue mirando alrededor y no encuentra una alternativa que le inspire confianza.
Ese fenómeno no se explica con la coyuntura sino que viene de lejos, sino que hay que leerlo dentro de una secuencia larga de fracasos, engaños, improvisaciones y ciclos de destrucción social administrados por el sistema político desde 1983. La historia democrática argentina no fue una simple marcha de aprendizaje institucional, fue también una acumulación de errores que se fueron superponiendo: inflación crónica, endeudamiento recurrente, destrucción de capacidad productiva, deterioro educativo, pobreza estructural, clientelismo político, degradación del sistema de salud, fragmentación social y un cinismo político cada vez más explícito. Allí surge Milei, no como una extravagancia del electorado sino cuando una parte importante de la sociedad deja de creer en lo anterior. Emerge en un momento de agotamiento profundo, con hartazgo visible y con un vacío político que ya no logra disimularse.
Raúl Alfonsín llegó con legitimidad histórica y con una tarea gigantesca: reconstruir el sistema político después del terror de la dictadura. En el plano institucional su lugar en la historia es indiscutible pero en el plano económico, su gobierno dejó una marca durísima. La democracia nació con un Estado desordenado, con cuentas públicas frágiles, sin moneda confiable y con una economía incapaz de sostener estabilidad. La inflación no fue un meramente un problema técnico, fue una experiencia social devastadora, destruyó salarios, arruinó planificación familiar, licuó ingresos mes a mes y convirtió la vida cotidiana en una carrera permanente contra el tiempo. La hiperinflación final no fue solamente una crisis económica, fue también una demolición psicológica de la confianza social y el mensaje que quedó grabado en millones de personas fue brutal: la democracia podía garantizar libertades, pero no podía garantizar orden material.
Ese colapso abrió el camino a Carlos Menem. Menem entendió algo que después se repetiría varias veces en la política argentina: después del caos, la sociedad acepta casi cualquier cosa si alguien devuelve sensación de estabilidad. La convertibilidad y el 1 a 1 con el dólar fueron exactamente eso. No fue simplemente una política monetaria sino una operación cultural y política de enorme impacto. La inflación desapareció y con ella desapareció el miedo cotidiano que dominaba la vida económica, la clase media, el termómetro de la sociedad argentina, volvió a viajar, consumir, acceder a crédito, comprar bienes importados, planificar su vida con una moneda que parecía estable. Durante varios años mucha gente creyó que Argentina finalmente había encontrado un piso de normalidad.
Pero esa estabilidad descansaba sobre una arquitectura artificial. El 1 a 1 disciplinó precios, pero encareció toda la economía al mismo tiempo que destruyó competitividad, castigó a la industria nacional, consolidó una cultura económica basada en la importación, debilitó a vastos sectores productivos y volvió al país dependiente del ingreso constante de capitales, de privatizaciones y de deuda. Mientras el dólar barato organizaba el consumo urbano, por debajo se desmantelaba lentamente la estructura industrial del país y el desempleo creció, la precarización laboral se expandió mientras la desigualdad social se profundizó. El daño del menemismo no fue solamente la corrupción o la obscenidad del poder, fue haber instalado en la sociedad una ilusión peligrosa: medir la salud de un país por su capacidad de consumo inmediato mientras se destruía la base productiva que lo sostenía.
Cuando esa ilusión se agotó, apareció el costo real, allí aparece Fernando de la Rúa, quién llegó prometiendo moralizar la política y corregir los excesos del ciclo anterior. Obviamente no corrigió nada pero sí heredó un sistema económico agotado y eligió defenderlo cuando ya no tenía sustento. Ahí emergió una de las patologías más persistentes de la dirigencia argentina: la incapacidad de asumir la realidad cuando todavía hay tiempo para corregirla. La convertibilidad se había convertido en un mecanismo de asfixia económica. La recesión era profunda, el desempleo se volvía estructural, la deuda crecía sin control y las provincias comenzaban a colapsar financieramente. Sin embargo el sistema político seguía discutiendo como si administrara un orden viable.
El resultado fue 2001. Otro suceso que no podemos calificar de una simple crisis de gabinete, sino que fue la explosión de un país que durante una década había vivido sobre una ficción monetaria y política. El corralito rompió el vínculo entre la sociedad y el sistema financiero. La clase media, que había sido el sostén psicológico de la convertibilidad, descubrió que sus ahorros eran una promesa frágil. El “que se vayan todos” no fue una consigna exagerada. Fue el diagnóstico brutal de una sociedad que veía a toda su dirigencia como responsable del desastre.
Eduardo Duhalde administró la salida en condiciones extremadamente duras. La devaluación pulverizó ahorros y licuó ingresos, pero cerró una etapa que ya no tenía salida dentro del esquema anterior. El costo social fue gigantesco. Sin embargo abrió una nueva fase política.
Néstor Kirchner asumió en ese contexto, gobernó un país que venía de tocar fondo. El Estado estaba debilitado, el sistema político deslegitimado y la sociedad profundamente golpeada. Kirchner reconstruyó autoridad política en medio de ese vacío y aprovechó un contexto internacional extraordinario con precios de commodities en alza, capacidad productiva ociosa y una sociedad dispuesta a aceptar liderazgo si eso implicaba orden y así fue, durante su gobierno se recompusieron salarios, se recuperó empleo y el Estado volvió a ejercer poder político real. Esa etapa reconstruyó parte de la legitimidad del sistema.
Pero también instaló una dinámica que después se volvería problemática: concentración creciente del poder, utilización intensiva del aparato estatal y una lógica política cada vez más faccional. En ese mismo período empezó a insinuarse otro fenómeno que después se volvería central en la política argentina: la incorporación gradual de agendas identitarias y culturales importadas del debate político estadounidense. Durante el kirchnerismo inicial comenzaron a instalarse estos temas en la agenda pública, en parte como gesto hacia sectores progresistas internacionales y ciertas corrientes del Partido Demócrata que impulsaban esas discusiones en el plano global. La regulación de la situación legal de las parejas del mismo sexo y el clima político que precedió a la aprobación del matrimonio igualitario formaron parte de ese proceso. En aquel momento no aparecía todavía como una estrategia cultural sistemática, pero marcó el comienzo de una nueva línea discursiva dentro del espacio kirchnerista.
La muerte temprana de Kirchner en 2010 dejó inconcluso su proyecto político y consolidó un fenómeno que ya estaba en marcha: gran parte del electorado votó a Cristina Fernández de Kirchner en 2011 más por continuidad emocional y política que por una evaluación crítica del rumbo que comenzaba a tomar el sistema. A partir de allí muchas de esas agendas identitarias, culturales y simbólicas serían adoptadas con mayor intensidad por el kirchnerismo tardío, que las integraría como parte de su narrativa política y de su disputa cultural interna.
Con Cristina esa lógica se radicalizó. El kirchnerismo dejó de ser un proceso de reconstrucción política para convertirse en un sistema de poder cerrado sobre sí mismo. La confrontación permanente pasó a ser método de gobierno. El discurso comenzó a reemplazar a la corrección. Inflación creciente, cepo cambiario, deterioro fiscal, manipulación de estadísticas oficiales, expansión del clientelismo, uso partidario del Estado y colonización cultural del debate público. En paralelo, parte de la dirigencia kirchnerista empezó a concentrar su discurso en cuestiones identitarias y simbólicas mientras la vida material del país volvía a deteriorarse. Ese desacople generó una fractura profunda entre la experiencia real de la sociedad y el discurso político dominante.
Mauricio Macri llegó al poder como reacción a ese ciclo. Representó electoralmente el hartazgo con el kirchnerismo. Su problema fue distinto. Llegó prometiendo corrección estructural pero gobernó sin voluntad de ruptura profunda. Intentó ordenar la economía gradualmente, endeudarse mientras prometía normalización y construir confianza externa sin resolver fragilidades internas. La economía volvió a descomponerse y la sociedad volvió a sentir lo mismo que en ciclos anteriores: prudencia política arriba, deterioro material abajo. En Argentina la moderación sin resultados termina pareciendo impotencia.
Entonces ocurrió una de las maniobras políticas más irresponsables de la democracia reciente. Cristina eligió a Alberto Fernández como candidato presidencial, algo que asombró a propios y a ajenos, claramente no fue una genialidad estratégica. Fue una operación de aparato para recuperar poder sin exponerse directamente. Eligió a alguien que no tenía la autoridad política ni el liderazgo necesario para gobernar un país en crisis. Fue una decisión pensada para la interna del espacio, no para el país.
El gobierno de Alberto Fernández fue la demostración brutal de un sistema político agotado, estaba claro que era un presidente sin poder real, tenía una vicepresidenta que lo desautorizaba públicamente, ministros que respondían a distintas facciones, una economía fuera de control, inflación desbordada, emisión permanente, reservas en caída, pobreza consolidada y una sociedad que observaba cómo el poder discutía cargos mientras la vida cotidiana se volvía inviable. Si el kirchnerismo había incubado hartazgo, el albertismo lo terminó de desatar y la desconfianza dejó de dirigirse a un espacio político en particular para dirigirse contra todo el sistema.
Ese es el terreno sobre el que aparece Milei.
Milei no inventó el enojo, estaba allí, listo, a punto caramelo. Lo que hizo fue darle forma política, y entonces aparece el primer rasgo que explica por qué puede estar desgastado y aun así seguir siendo competitivo: la lógica antagonista del electorado argentino, el voto empezó a organizarse cada vez más alrededor del rechazo. se votó contra el kirchnerismo, contra el peronismo, contra Macri, contra la casta política. Milei ocupó el lugar más radical de ese rechazo.
El segundo rasgo es la debilidad estructural de la oposición, el peronismo está fragmentado entre sectores kirchneristas, gobernadores pragmáticos y sindicalismo. El viejo Juntos por el Cambio dejó de existir como coalición coherente, el centro político carece de liderazgo nacional. Ese cuadro genera equilibrio negativo: nadie domina completamente y nadie logra reemplazar al que gobierna.
El tercer rasgo es el personalismo, en Argentina se vota personas antes que estructuras. Menem emergió después de la hiperinflación. Kirchner emergió después de 2001. Macri emergió del desgaste del kirchnerismo. Milei emergió del derrumbe kirchnerista-albertista.
El sistema político argentino fabrica reemplazos cuando ya no puede sostener el ciclo anterior.
Ese es el drama de fondo y por eso Milei puede seguir siendo competitivo no por fortaleza extraordinaria, sino porque el fracaso acumulado de los gobiernos anteriores sigue vivo en la memoria social. El país no resolvió su crisis estructural, simplemente cambió el vehículo político que expresa el mismo hartazgo.
En ese escenario aparece inevitablemente otra variable: Victoria Villarruel, lejos de ser una sucesora natural o una continuidad automática del fenómeno libertario, sino como una figura que algunos sectores comienzan a mirar ante la posibilidad de un desgaste mayor del gobierno. Villarruel tiene identidad política propia, algo que escasea en la dirigencia actual y un discurso sobre orden, seguridad y soberanía conecta con una parte de la sociedad que percibe que el Estado perdió autoridad y que el sistema político dejó de representar intereses nacionales concretos.
Pero también hay límites evidentes, Villarruel no controla la estructura libertaria ni el movimiento político que llevó a Milei al poder y tampoco posee una red territorial consolidada ni gobernadores propios que puedan sostener una construcción nacional. Además su perfil ideológico genera rechazo fuerte en sectores urbanos moderados que siguen siendo determinantes en cualquier elección presidencial.
Hay otro factor decisivo: una porción importante del electorado libertario votó a Milei como figura, no a un espacio político transferible. Ese capital electoral no se traslada automáticamente a otro dirigente, por eso puede fragmentarse, dispersarse o incluso buscar otra expresión política si el ciclo actual se debilita.
Por eso el problema central no es quién sucedería a Milei dentro del oficialismo. El problema real es quién logrará interpretar el próximo ciclo de enojo social cuando este ciclo político empiece a agotarse. Mientras esa alternativa no aparezca con claridad, el poder seguirá quedando en manos de quien logre representar, aunque sea de manera imperfecta, el rechazo acumulado contra todo lo anterior.
────────────────────────

Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV
Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).




