La transformación que ha ido sufriendo la Unión Europea, más allá de sus cambios de nombre y sus ampliaciones, no es la transformación propia de una evolución impulsada por mutaciones, las cuales a su vez se “seleccionan” a tenor de cambios en el entorno. Esto que acabo de enunciar describe la evolución del proyecto europeo que nos quieren hacer creer. Como si se tratara de un proceso natural e inexorable. Quien escribe este artículo no se lo cree.
La Unión Europea, antes llamada “Comunidad Económica Europea”, etc. es una entidad institucional nacida bajo impulso y supervisión de los Estados Unidos, no un resultado natural y ampliable indefinidamente, no una tendencia natural. EEUU, como potencia hegemónica en la mitad occidental de Europa ha creado esta Unión Europea inmediatamente tras la derrota de la anterior potencia hegemónica en Occidente y en Europa Central: el III Reich.
Esta entidad institucional, como parece probado a través de numerosos documentos desclasificados por parte de los propios norteamericanos y de otros agentes, fue el fruto de una estrategia por parte de los vencedores yanquis. Se trataba de presentar, ante los propios americanos así como a los europeos sometidos y administrados, un “relato”, como se dice ahora, un mito confortador sobre la necesidad de construir un nuevo “mundo libre” que, geopolíticamente, no podía ser nunca un verdadero mundo –totalización- sino una fracción del mundo. El Este, representado por los americanos en trazos gruesos durante la guerra fría, volvía a ser ese “otro mundo” de barbarie, totalitarismo, “sociedades cerradas”. Los europeos posteriores a 1945 comenzamos a interiorizar nuestra condición de “occidentales”, e incluso de “judeocristianos”, según las necesidades del contexto de lucha ideológica, cada vez más definidas como oposición dialéctica entre el “mundo libre” (liberal, demócrata, capitalista) y el “Este”, retratado como ese “otro mundo” de comunistas, bárbaros asiáticos, etc.
Debe notarse que antes de 1945, la carga ideológica de términos tales como “Occidente”, “civilización judeocristiana”, “democracia liberal”, etc. no era la misma. Nadie discutía que regímenes atroces como el nacionalsocialismo alemán fueran, pese a todo, regímenes “europeos”. Es más, tal como Andrea Zhok recordó en un artículo, el racismo y la instrumentalización cosificadora del ser humano, tan características del nazismo alemán, ya eran elementos activos y bien arraigados en nuestra civilización europea.
Un vistazo rápido a los imperios coloniales británico, francés y, como hijastro suyo, el yanqui, basta para dar fe de cómo en cierta deriva de nuestra civilización está muy presente – “en su ADN”, como dicen ahora – el supremacismo, el racismo, la eugenesia, la planificación del genocidio, la cosificación utilitaria del ser humano, etc. Los nazis no surgieron de la nada. Culturalmente, son un producto-basura de la intelectualidad anglofrancesa del siglo XIX y una consecuencia cuasi natural del propio capitalismo, una especie de “alternativa posible y más que posible” del propio sistema del imperialismo liberal.
Dicha alternativa posible, que de hecho se materializó, puede ser enunciada más o menos así: supongamos que el Gran Capital monopolista, en determinadas circunstancias y en ausencia de un imperio ultramarino, opta por un imperialismo continental que incluya la rígida estratificación de “razas” a partir de las cuales, aun siendo todas ellas blancas, se crean las condiciones de poder que permitan la explotación esclavista de muchas de ellas. Curiosamente, y también Zhok lo ha insinuado, fue el propio racismo lo que echó al traste toda posibilidad de victoria del Reich, en especial en lo que hace a su campaña del Este. Naciones enteras –especialmente eslavos, disconformes con los soviéticos, podrían haber sido aliados de Alemania en lugar de “subhumanos”. Ir a por esclavos y no ver aliados, hundió al III Reich. Al menos fue uno de sus errores.
La actual decadencia de Europa, la creciente canalización de sus males y fobias hacia otro que ya no está sólo allende las fronteras, sino dentro (el refugiado, el inmigrante, el no blanco, el no-cristiano) es tratada por muchos analistas de una forma psicologista, casi freudiana, una manera de ver las cosas que es, como mínimo incompleta.
El análisis histórico-económico, geopolítico, etc., cuando recurre a términos tales como “culpa”, “reparación”, “memoria histórica”, etc. es un enfoque psicologista y desvirtúa por completo el problema en cuestión: la naturaleza del poder: quién lo posee, sobre quién se ejerce, qué alianzas y facilitadores poseen los hegemones, qué o quiénes se le enfrentan y resisten, etc. La actual decadencia de Europa debería ser analizada en términos de poder y de luchas por el poder. Las teorías “pesimistas”, a la manera del enfoque de Spengler, que solamente hablan de un destino inexorable, de un ciclo vital que férreamente ha de ser recorrido, y demás, también son insuficientes.
Se leen hoy muchos textos sobre la decadencia de Europa. Abunda la prosa elegíaca, el lamento fúnebre que tiende a elaborar, además, un inventario de males y ruinas. Dentro de esa literatura y más frecuentemente en el ala que se hace llamar “izquierda”, el diagnóstico se complementa con el complejo de culpa. La izquierda decadentista insiste en que el mal ocasionado por “Occidente” sobre los pueblos no blancos debe y puede ser reparado por medio de una acogida irrestricta de emigrantes y refugiados, a modo de compensación o pago reparador de una deuda contraída con ellos. Los desmanes de nuestros abuelos hemos de pagarlo nosotros, a lo que se ve.
El esperpento de los presidentes de países hispanoamericanos (México destaca especialmente en tal tipo de necedades) exigiendo compensaciones históricas a España, siendo estos mismos presidentes y jerifaltes unos descendientes (en gran porcentaje) de blancos, españoles o europeos, que zahieren a una España medio muerta mientras se pasan la vida reptando a los pies del Emperador yanqui de turno, aceptando el racismo presente y ostensible de este hacia sus propios pueblos, nos pone sobre la pista del poder. La villanía del vasallo que se entretiene con el cadáver español y se arrodilla ante el poderoso gringo no puede ser más sangrante.
Reclamar “memoria histórica”, “reparación” y “culpa”, más allá de su significado psicologista inmediato, posee el valor funcional de rearticular el poder. No es una deuda “moral”, es lucha por el poder. Se trata de disfrazar unas dependencias, una asimetría bajo la apariencia de una revancha, de una recuperación “simbólica” de poder. Gran parte de la izquierda no revolucionaria, no marxista, de Iberoamérica disimula su oportunismo y su sumisión al Imperio realmente existente, cual es el Imperio yanqui, por medio de su autoerección (tómese la palabra en el sentido neutro, no solamente sexual) como juez y moralista.
Los “horrores de la conquista española”, cada vez que son señalados, ocultan funcionalmente los horrores de los propios aztecas, o los propios blancos que, ya no españoles sino “americanos” (los criollos que obtuvieron la independencia) fueron cometiendo con sus indígenas y con los mestizos, etc. De la misma manera que Hegel trazó una dialéctica del amo y del esclavo, hoy vivimos bajo una dialéctica de la víctima y del verdugo. Muchas supuestas víctimas que emplean la retórica de la culpa, la memoria y la reparación, en realidad son ellas mismas verdugos y aspirantes a verdugos, a la par que actúan como subordinados de los verdaderos verdugos.
Semejante dialéctica de la víctima y el verdugo se ha traspasado a la propia Europa, especialmente en su franja occidental. Los europeos, al parecer, tendríamos que sentir vergüenza de Hernán Cortés o de Francisco Pizarro, y los ingleses y franceses también deberían expiar culpas por sus matarifes correspondientes. Nativos de todos los colores (también blancos, pues los irlandeses entraron en la categoría de nativos a exterminar) fueron víctimas de “Occidente”. Nosotros, “Occidente”, ya en proceso de disolución y decadencia, debemos supuestamente pagar por ello y aceptarlo todo: perder nuestras tierras, abandonar el sentido de la patria, disolver nuestra identidad, practicar el “mestizaje” (con las connotaciones sexuales o reproductivas inherentes a la palabra) cuanto antes, abrir fronteras, olvidarnos de una “prioridad nacional”, etc.
El principal método para bloquear esta falsa dialéctica es negar que seamos “Occidente”. La construcción impuesta por los americanos, especialmente desde que desembarcaron masivamente a partir de 1944, no existe. Lo que existió -en términos realistas de poder- en una buena parte del llamado hemisferio occidental, con excepciones internas y añadidos externos en el otro hemisferio (Japón, etc.), es un polo de poder concentrado en los Estados Unidos. Un polo contrarrestado parcialmente por el “campo socialista” hasta 1989-1991. Entre la caída del Muro y la caída de la URSS se sucedieron días convulsos en los que se pasó a un unipolarismo breve y una eufórica proclamación universal del americanismo, aunque cuestionado crecientemente a partir de la segunda década del 2000.
El breve unipolarismo, el momento Fukuyama, solamente concebía guerras contra “el terrorismo”. Los Estados del Eje del Mal, más allá de su condición nacional, allende su ideología concreta y sus formas políticas, etc. eran tildados como “terroristas” (Sadam, Gadafi, talibanes). La Última Guerra (la Última siempre es la Penúltima) quería ser una mera operación policial. En la actualidad se avanza hacia un multipolarismo altamente inestable, y hace tiempo que la “guerra contra “Estados terroristas” es Guerra sin más.
“Occidente” no es otra cosa que el polo de poder construido por los Estados Unidos tras su victoria de 1945, representa la negación de Europa. No es una civilización, como afirman los seguidores de Hungtington o Spengler. El polo de poder yanqui, que a su vez es complejo y experimenta una conflictividad interna, avanza hacia un sistema de relaciones de vasallaje, de colonialismo sin tapujos. Con el agujero negro de su deuda, tal y como indicábamos en un artículo anterior, los americanos ya no disponen de tantos recursos financieros para su poder blando.
Al mando de Europa, como mayorales de una finca, han dejado unas élites especialmente viles, corruptas y desconectadas de sus propios pueblos, élites vinculadas siempre a los grandes lobbies actuantes en Londres, Paris, Berlín y Bruselas. Estas élites son un simple instrumento del equilibrio de poderes actuante en el polo de Washington. Deben cumplir con el ingrato papel de alienarse de sus propios pueblos encaminando a la Unión Europea hacia una dictadura sin tapujos, única forma de regimen que puede crear un clima sociológico de guerra, como parte del shock neoliberal que el Imperio necesita.
Aquí se aplica perfectamente la “teoría del shock” de N. Klein. Una guerra psicológica contra los propios pueblos europeos como preámbulo para una guerra real – de naturaleza desconocida, pero catastrófica para ellos- en el horizonte posterior a 2030. “Conmoción y pavor”, con misiles y drones ideológicos: “hay que apretarse el cinturón para garantizar la seguridad”…ante el Otro.
El Otro, el bárbaro que espera Occidente ya no será solamente el no-blanco que anhela cruzar fronteras (de forma “descontrolada”, “ilegal”), sino el Ruso.
La construcción ideológica del Ruso como no-europeo, como alteridad casi subhumana, es una de las creaciones más desafortunadas de la intelectualidad europea occidental. En los libros de Spengler, no aparece el ruso y el eslavo como “subhumano” en un sentido hitleriano y biologicista, pero sí aparece como portador de una especie de alma colectiva profundamente distinta e incompatible con el alma fáustica, acaso más emparentada con el Oriente asiático y, subrepticiamente, presentada como inferior en términos de fuerza volitiva. Es evidente que nada de esto posee la más mínima base antropológica o histórica.
La cultura rusa es muy poderosa y rica. Forma una subespecie muy peculiar dentro de las culturas europeas, pero esencialmente hay que decir forma parte de ellas. Los atlantistas de hoy están resucitando todas estas tonterías de la época previa a la II Guerra Mundial. Si el distanciamiento con el mundo “germanocatólico”, como a veces llama Spengler a Occidente, sigue acentuándose, es posible que esa cultura específica rusa, siempre enmarcada dentro de a civilización europea, llegue a ser algún día todo un mundo civilizacional per se, por diferenciación, de modo análogo a como las poblaciones de seres vivos mantenidas en aislamiento una de otras dan lugar, eventualmente, a fenómenos de especiación.
Dos grupos de la misma especie, aislados genéticamente entre sí durante mucho tiempo y en entornos diversos, darán lugar a dos especies distintas. Pero esto es, a día de hoy (y en contra de planteamientos como los de Dugin) nos parece algo puramente hipotético. Eurasia forma una unidad natural imponente. La división creada, cual cizaña, por los anglosajones y hebreos no puede durar siempre.
Europa –y no Occidente- nace en un momento protohistórico, es decir, una fase de la historia en la cual coexisten durante siglos unas Altas Culturas dotadas de escritura, estado, poder de colonización (aglutinante o absorbente, etc.) y lo hacen con unas culturas “bárbaras” en su periferia que, de manera más remota o más próxima, llegan a recibir el influjo de las primeras. El mundo grecolatino es, él mismo, un mundo influido por culturas no europeas del Mediterráneo y del Levante, y a través de ellos, de más allá, del Oriente.
En contra de Spengler, el mundo grecolatino (“alma apolínea”) sí es el padre directo de la cultura que hoy llamamos Europa, civilización “fáustica” que está en fase moribunda. No fue la civilización clásica una cultura separada –ontológicamente incomunicada- con Europa. El aporte celtogermánico (“bárbaro”) tuvo lugar precisamente en las riberas norteñas de ese mar Mediterráneo, de ese mundo clásico. Somos hijos de la Alta Cultura grecolatina, y de las culturas “jóvenes” o bárbaras que, lejos de arruinarla del todo, se aglutinaron ella. Toda la Europa fáustica de la que nos hablaba Spengler es, ni más ni menos que ese Medievo cristiano que siempre anheló un Centro: una Roma. Toledo, Oviedo, Aquisgrán, quisieron ser una Nueva Roma, del mismo modo que Constantinopla y más tarde Moscú fueron de hecho una Segunda y una Tercera Roma.
La verdadera sacudida de esta civilización “hija” de los griegos y romanos no vino dada por el cristianismo, tal y como dicen los neopaganos de la Nueva Derecha. De hecho esta religión de Cristo no nace exclusivamente en un contexto hebraico sino también helenístico y, al margen de cuestiones teológicas, es una religión en parte “europea” por este motivo desde su mismo nacimiento. Los textos fundacionales del cristianismo están escritos en griego (“Al principio era el Logos”). Enseguida alcanzó –emic y etic- un alcance universal, pero en los Evangelios, en las Cartas y Hechos, así como en toda la Patrística cristiana late la voz de los filósofos griegos y de toda esa hermosa cultura ancestral helénica que hace que Homero sea todavía hoy leído en Europa como autor “nuestro”.
No. La verdadera sacudida a la identidad europea procede del capitalismo. Cuando un marxista dice del capitalismo que es un “modo de producción”, cualquier lector culto no debería limitarse a pensar en términos de un simple sistema económico, técnica o materialmente posible al lado de otros (feudal, esclavista, ect.). Debería pensar realmente en términos de mutación antropológica, de senda tomada en el interior de una cultura o civilización, en términos de unos raíles de los cuales va a ser difícil salirse una vez iniciado el viaje, viaje sólo de ida, con un grado de irreversibilidad cada vez más elevado.
Los pueblos de Europa, a fines del Medievo, “no sabían en dónde se metían” al transformar sus estructuras feudales, gremiales, etc. en estructuras capitalistas. Menos aún se intuyó el peligro de aceptar el liderazgo anglosajón sobre Europa. Este “aporte” anglosajón, tan próximo y tan solidario del judío, fue la verdadera estocada a Europa. De la Isla vino el daño.
Aunque los orígenes étnicos de Inglaterra remiten a poblaciones europeas continentales (celtas, anglos, sajones, daneses, normandos…) la mutación espiritual de quienes vivían al otro lado del Canal de la Mancha apartó al pueblo inglés de la dinámica eurasiática general. Los análisis del general Jordis von Lohausen muestran el fracaso y, a la vez, la necesidad de que Francia y Alemania lideren la parte occidental de Eurasia, y ello frente a los manejos de los isleños.
Francia y Alemania son y serán siempre dos grandes jirones del Imperio de Carlomagno. España no entra en esa dinámica: la historia de la Península Ibérica es independiente, es la historia terrible de una lucha iniciada en 722 en las montañas asturianas. La lucha iniciada en la Batalla de Covadonga por librarse del poder moro. El Reino de Asturias salvó (sin saberlo ni preverlo, evidentemente) a España, y casi a Europa, preservándola para Eurasia. Fueron ocho siglos de guerra que hoy llamaríamos “anti-imperialista”.
Pero volvamos a Francia y a Alemania. Juntas no pudieron volver a estar, más allá de pactos, treguas, alianzas pasajeras. Roma nunca se olvidó, pero Aquisgrán y el gran Carlos fueron olvidados demasiadas veces y durante demasiado tiempo. Francia estuvo siempre llamada a ser el corazón espiritual de la Eurasia occidental, pero siempre fue amenaza para los alemanes y, de vuelta, amenazada por ellos. Por su parte, dice von Lohausen, los alemanes son muchos –tal vez demasiados- para poder confinarse a lo que hoy más o menos llamamos Alemania (incluyendo Austria). Pero también son demasiado escasos para que esta parte esencial de Eurasia represente el todo.
La Europa latina en parte se cree distinta de la gran Germania solo porque sus lenguas romances suenan tan diferentes de las germánicas, desconociendo el gran fondo común que se comparte, antes y después de la caída de Roma. La germanización brutal de Europa es un gran miedo subconsciente de sus periferias, las periferias latinas, eslavas,,,. De hecho ha ocurrido en muchas ocasiones y no sólo en la última, con las ocupaciones e invasiones durante el III Reich. Pero una Europa-nación sin su corazón territorial y étnico germánico es imposible. En el matrimonio mal avenido de Francia y Alemania no caben celestinas.
El famoso “eje franco-alemán” que supuestamente impulsó la Comunidad Económica Europea y después la Unión Europea fue, realmente, una unión hecha por el alcahuete llamado Tío Sam. Los americanos saben que Francia es orgullosa, impotente pero siempre deseosa de escribir un guión propio con su propia pluma y caligrafía. Los americanos lo saben muy bien y la dejan hacer mientras toda la exhibición colorista de plumas y cánticos del gallo francés se conforme al objetivo yanqui número uno: hacer que todo el poder (militar, económico, antropológico) de los alemanes esté de su lado, nunca en contra. Los franceses han coqueteado históricamente con el Oso Ruso para dejar a Alemania dentro de dos rebanadas de pan, como en un sándwich. Y los alemanes, tras la derrota del III Reich en 1945, anhelan un IV Reich midiendo sus fuerzas con Rusia (y de paso, darle lecciones a los engreídos franceses a quienes no obstante necesitan de aliados).
La centralidad espiritual, si no he entendido mal a von Lohausen, está en Francia. Pero solamente la espiritual. Cada lado del Hexágono limita con el Atlántico o con una nación indispensable para la Europa-Nación. Los ingleses, los españoles, los italianos, los alemanes mismos y todas las demás pequeñas naciones de Europa Occidental sólo pueden sentirse parte de Europa a través del Hexágono francés, a uno de sus lados hexagonales. Los herederos de Carlomagno deshicieron lo que parecía hecho por Dios, unido para que el hombre no lo rompiera; el Emperador Carlos V, un hijo muy lejano del otro gran Carlos, podría haber destruido Francia actuando como rey español, y no lo hizo, cuando lo tenía todo en sus manos. Aquí sentenció el destino de España a largo plazo pero pensó en términos de europeo. Carlos V de Alemania y I de España no quiso destruir Francia, pudiendo hacerlo, porque quería una Europa bajo su arbitraje. Se apoyó en España pero fue ruina para España.
Alemania no es el centro espiritual de un Hexágono que permite, como las plazas del los pueblos, la convergencia de varias calles por las cuales circula la europeidad. Tal papel de Francia no es el de la Germania. Alemania es la nación sin apenas fronteras “naturales”. Los mares o los Pirineos son fronteras “naturales”. Las cabezas de puente nunca son duraderas. A España le costó (y le costará) mucha sangre tener una España en tierra africana. O se hubiera convertido todo el Magreb en una Segunda Andalucía o se ha de afrontar lo que ahora España tiene: un peligro permanente ante sí, unas plazas y unas islas bajo eterna amenaza. Todos los demás estrechos marinos son zonas para poseer si se desea abrir y cerrar mares: el caso de Ormuz hoy es de gran actualidad. Un estrecho que no se controla, es fuente de problemas. España, impotente para controlar Gibraltar (la plaza y el Estrecho entero) desde hace siglos, sufre una gran desgracia: algún día se la tragará África. España morirá otra vez con una invasión desde un Estrecho que no controla ni defiende.
De las montañas, otro tanto se diga. Los Urales no son frontera, los Pirineos sí. Una cordillera no controlada por un poder imperial, es un cáncer para el mismo. Los moros de Córdoba creyeron en la edad media poder pasar sin problemas los Pirineos y desde ellos asolar Francia. Carlos Martel, el Pelayo francés, los detuvo in extremis. Cuando los moros desdeñaron a esos “trescientos asnos salvajes” refugiados en una Cueva asturiana, el Califato y todos los poderes moros que le sucedieron cavaron su tumba. Pasarían siglos hasta verse arrojados al otro lado del Estrecho, pero cometieron su error civilizacional básico.
Los propios españoles también cometieron el suyo, pero de errores trascendentales está hecha la historia universal: son errores únicamente vistos de forma retrospectiva. Un imperio menos aglutinante y extenso en América y una Nueva Andalucía en todo el norte de África, siguiendo el modelo de repoblación con cristianos y expulsión de bárbaros hacia el Sur, habría rehecho, en cierta medida el Imperio Romano, cosa quimérica en los Virreinatos y demás estructuras hispánicas de América. Este es el error “imperialista” de la filosofía de la historia de Gustavo Bueno: el modelo aglutinante de Imperio, entre indígenas, mestizos y criollos, dispersó el empeño reconquistador (representado mentalmente como guerra contra el Islam) y desguarneció Europa frente a otomanos y berberiscos. Esto, y el empeño absurdo y patrimonialista por conservar Flandes en su totalidad. No, Bueno se equivocó. Desde España no se pudo recrear una nueva Roma. El partido político VOX parece haber contratado a un ciento de ideólogos que recrean una visión falsa del Imperio Hispánico. Los Austrias españoles salieron mucho de casa, dejándola sin barrer. El Mediterráneo fue y será la ruina de España, el lago desde el cual la no-Europa avanza.
Si Madrid (o El Escorial) hubiera querido ser una Segunda Roma, habría conquistado todo el Mediterráneo. Es aquí donde Gustavo Bueno se equivocó de pleno. La Hispanidad no fue la “nueva romanidad”. Y de cara al futuro: sólo tendrá sentido en términos geopolíticos, como nuevo polo anti-anglosajón, junto al ruso, chino, etc.
Pero volvamos a Alemania. España, como península sí posee fronteras naturales, e Inglaterra, que es una isla, también. La naturaleza les ayudó, aunque no siempre. El país germano no posee parapetos ni murallas si le atacan desde Francia o si lo hacen desde Rusia. Está en medio del sándwich y desde días lejanos se ve superpoblado. Las “grandes migraciones” germánicas terminan con el feudalismo maduro, y los caballeros de la Orden Teutónica colonizan el Este. Pero esta colonización es muy diferente a la Repoblación (otro nombre para la Reconquista) Española.
Nuestra Repoblación lo era de los territorios que iban abandonando los moros a medida que los cristianos tomaban tierras cada vez más al sur. Asturleoneses, castellanos, aragoneses llegaban a comarcas y ciudades casi vacías, con apenas unas bolsas de moros y judíos que habían jurado fidelidad. La masa no cristiana casi siempre había huido a la desbandada, jurando entre dientes volver con refuerzos traídos incluso de África. Incluso tras la toma de Granada en 1492 los moriscos conspiraron con “piratas” y otomanos, y la Reconquista nunca terminó del todo. Pero los vacíos estratégicos aptos para ser repoblados siempre fueron la clave de la expansión hispana hacia el sur.
Los germanos, desbordando su país con altísima densidad de población, no obstante, jamás pudieron pensar en una colonización del Este. El Este es la puerta de una inmensa Eurasia. Los teutones se diluyeron en las inmensas estepas de eslavos que comunican con Siberia, con Persia, China, Mongolia…Solamente una acción colonizadora entre bálticos y eslavos de la “Europa del Medio”. Un imposible. El racismo y la rusofobia fue el regalo envenenado con que los germanos redescubrieron su imperialismo terrestre en la era de la tecnología, del motor de gasolina, de la aviación y el radar, etc. Buscaron sus negros en el Este, como los ingleses y franceses lo hicieron en el Sur Global. Pero se encontraron con un Imperio. Un imperio de blancos, un imperio europeo. Comunista o no, pero lo que poseen los rusos desde hace siglos es un Imperio. Solamente por esto, los rusos no fueron ni serán “los negros” de los alemanes.
Alemania está abierta al Este y al Oeste. Abierta para invadir, abierta para ser invadida. Fracasó en su decimonónico empeño de crear un Imperio ultramarino. Llegó tarde. Alemania debería haber sido colindante con España para que tamaña empresa hubiera tenido éxito. La empresa de una verdadera unidad europea. Pero siempre estuvo Francia en medio, empezando por la cosa territorial. La fusión hispano-germánica, apenas entrevista en los tiempos buenos de los Habsburgo, habría sido la solución imperial para Europa, su unidad broncínea. Continuidad de un solo poder y fusión étnica del hombre europeo.
El actual rearme de Alemania es un proceso perverso. Después de 80 años de castración, como potencia vencida y ocupada por los americanos (y en parte, por los soviéticos), la nación esencial de Europa, que es Alemania, quiere enseñar sus dientes. Sin embargo son unos dientes mellados. El país sigue siendo un eunuco en cuanto a soberanía. Todo su rearme es rearme de vasallos, cuyas fuerzas nunca podrán ser redirigidas contra su señor, solamente en contra de quien diga el señor. Las bases militares yanquis, las ojivas nucleares, el elevado número de soldados extraeuropeos… todo esto son datos que no puede engañar a nadie. Alemania no puede estar armándose seriamente contra los rusos.
Hasta que no pasen décadas de inversión masiva y continuada, en un contexto autoritario que garantice ese flujo constante de inversión hacia las armas y hacia los mercenarios (los alemanes no quieren luchar como pueblo, aunque sus élites sí), Alemania se está armando para vigilar al resto de los europeos. Forma parte del rediseño que el Imperio Occidental está llevando a cabo en estos días “trumpianos”. Este diseño dicta, para los próximos años, la necesidad de mantener a Europa bajo la férula americana y de conservar sine die el agujero negro de Ucrania como zona franca para el tráfico de armas, personas, órganos y dinero sucio. Desde Ucrania se pueden orquestar todas las operaciones terroristas habidas y por haber, tanto las dirigidas contra Rusia como las posibles y futuras operaciones contra aliados (Bielorusia) o simplemente estados calificados como “tibios”, poco atlantistas, neutrales.
El epicentro de la nueva OTAN Europea de pura cepa, aparentemente autónoma frente a Washington, no se situará en otro lugar que en Ucrania. De la misma manera que el neoliberalismo judeo-anglo-americano inventó su red de paraísos fiscales donde lavar los crímenes globales, donde financiar un Estado Mundial del Crimen, en esta nueva fase el “Paraíso” de la guerra sucia europea contra Rusia y, en general, contra el disidente, se halla en Ucrania. Allí se cumplen todas las condiciones para convertir el Delito en Orden: opacidad, represión sin límites, nazifascismo sin tapujos, ausencia de un verdadero marco legal. Flujos incesantes de dinero de los contribuyentes europeos terminan su viaje en el Agujero Negro asociado a un no-país, el territorio Zelenky. En el no-país ucraniano esos flujos dinerarios se redistribuyen entre oligarcas y cárteles de traficantes de la peor especie, y en parte se reenvían a destinos varios.
El panorama para los próximos años en Europa es, más o menos, el siguiente.
- Se dará un deterioro progresivo de los servicios públicos. El llamado “Estado del Bienestar” será un lejano recuerdo. Los recortes, vieja fe de la religión neoliberal, estarán más que justificados en un clima orwelliano de guerra. Europa Occidental quiere una guerra que no puede iniciar abiertamente, pero desea un Otro construido como poder maligno para encauzar sus propias sociedades hacia procedimientos cada vez más delictivos tendentes a acumular plusvalía. La guerra (falsa o de baja intensidad) será más que una excusa, será el modelo realista de una economía completamente delictiva.
- El deterioro de los servicios representa el deterioro de la convivencia. Adiós a la paz social. Cuando el pan no da para todos, viene la reyerta. El naufragio de la comunidad, de la polis europea, lo estamos observando en Belfast. Como dice Pacini en un artículo reciente, la raíz de toda la guerra civil étnica que le aguarda a Europa está en la usura, en el intercambio desigual, en el colonialismo y neocolonialismo de Occidente sobre los pueblos no blancos del mundo. La propia ultraderecha racista y xenófoba que estalla en momentos de crisis no es otra cosa que la punta de lanza alentada desde las cloacas de Washington, gemela en todo a la punta de lanza “antifascista” y “no border”. Ambos radicalismos son extrañamente idénticos. Se parecen demasiado en su simpleza y en su violencia: ambos movimientos nacen con el afán de arrastrar al pueblo a ese mismo caos social y étnico que hará que los pueblos de Europa sientan miedo, y en el agujero negro del miedo Europa entera se ucranice. Una Europa sometida (al hegemón extraeuropeo anglo-yanqui-sionista) y a la vez agresiva y rusófoba solamente es posible en un clima autoritario, orwelliano, represivo.
- Guerra civil étnica, ofuscación general (se atacan y se atacarán a los emigrantes, la mayoría inocentes y pacíficos, y no se combatirá el fenómeno en sí. Creación de populismos de ultraderecha, de supuestos “patriotas”, igual que la CIA y el Pentágono invirtió hasta no hace mucho en “antifascistas”.
- Inoperancia tecnológica y económica. Deterioro de la educación. Embrutecimiento general de la población. Endurecimiento de las relaciones sociales, comunidades rotas, ciudades y estados mosaicos. Todo ello es fruto de la táctica amortizadora de los Estados Unidos. Europa es un trasto viejo que hay que gastar hasta el final, pues ya no es rescatable. Aquel flamante vehículo que surgió en los treinta años gloriosos, ahora es chatarra y el amo americano quiere saber cuánto le pagarán por ella.
- El párrafo más terrible de todos, lo cual ya es decir. Ataque defensivo o preventivo de Rusia ante las innumerables agresiones y provocaciones de la OTAN. “Recibir una lección” de los rusos, en territorio OTAN, con o sin carga nuclear (hay otras armas no nucleares que son igualmente terribles) haría que Europa ya deje de ser Europa y pase a ser (psicológicamente) otra cosa.
De nosotros depende si queremos esto.
Por Carlos X. Blanco




