Duele envejecer

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Duele envejecer, pero no siempre por las razones más evidentes. El cuerpo cambia, claro. Aparecen dolores que antes no estaban, cansancios que duran más, resfríos que ya no se pasan como si nada, molestias que obligan a escuchar con más atención aquello que durante años uno pudo ignorar. Pero el verdadero problema no empieza necesariamente en los huesos, ni en la espalda, ni en las rodillas. Muchas veces empieza antes, en una derrota más silenciosa: la derrota mental.

Cuando una persona se abandona por dentro, el cuerpo le sigue el ritmo. El dolor físico se vuelve más pesado cuando no hay fuerza interior para enfrentarlo. La vejez se vuelve más dura cuando se la vive como una condena y no como una etapa que exige otra forma de disciplina. Porque una cosa es sentir el desgaste natural de los años y otra muy distinta es entregarse a él como si ya no hubiera nada que hacer.

La fortaleza física, a cierta edad, depende mucho más de la fortaleza mental y espiritual de lo que solemos admitir. Un cuerpo envejecido todavía puede fortalecerse, caminar, moverse, respirar mejor, recuperar parte de su energía, si la persona conserva algo decisivo: voluntad de seguir de pie. No se trata de negar el dolor ni de disfrazar la fragilidad con frases optimistas. Se trata de comprender que el cuerpo puede doler sin que el alma se rinda.

Hay dolores que se agrandan cuando uno pierde el sentido. Y hay dolores que, aun siendo reales, se vuelven más soportables cuando todavía existe una razón para levantarse, para cuidarse, para mejorar, para no dejarse caer. Envejecer no debería ser sinónimo de marchitarse. Pero para que eso no ocurra hace falta algo más que medicina, ejercicios o controles: hace falta una estructura interior.

Esa estructura antes venía, muchas veces, de un mundo más duro pero también más ordenado. Pienso en mis abuelos. Los recuerdo trabajando en el campo, bajo un sol que no perdonaba, con las manos endurecidas por la tierra, por las herramientas, por los años. No tenían una vida cómoda. No vivían rodeados de explicaciones psicológicas para cada cansancio ni de discursos preparados para justificar cada renuncia. Vivían con una rudeza que hoy muchos considerarían insoportable. Y sin embargo, en medio de esa rudeza, había algo que los sostenía.

Había familia. Había domingo. Había misa. Había mesa larga. Había chicos corriendo alrededor, platos que iban y venían, voces superpuestas, cansancio mezclado con alegría. No era una postal perfecta. Seguramente había conflictos, silencios, penas, injusticias pequeñas y grandes, como en toda vida humana. Pero existía una certeza que hoy se volvió rara: la de pertenecer a algo. La de haber trabajado para que otros continuaran. La de envejecer mirando no solamente lo que se pierde, sino también lo que queda.

En esos rostros arrugados había una serenidad difícil de explicar. No era felicidad ingenua. Era la calma de quien sabía que había cumplido una parte en la cadena de las generaciones. Habían criado hijos, habían sostenido una casa, habían transmitido un modo de estar en el mundo. No necesitaban proclamar su importancia porque la veían sentada alrededor de la mesa. La descendencia, los hábitos, la fe, los relatos, los gestos cotidianos: todo eso era una forma concreta de trascendencia.

Hoy esa continuidad está siendo destruida con una ligereza suicida. No porque los jóvenes hayan nacido débiles, ni porque carezcan de valor propio, sino porque han sido sometidos durante años a una pedagogía cultural que los desarma frente a la rudeza de la vida. La política woke no los fortaleció: los infantilizó. No les dio herramientas para comprender el mundo: les entregó consignas. No les enseñó a soportar el dolor: les dijo que todo dolor es una injusticia. No les transmitió raíces: les enseñó a sospechar de toda herencia.

Se les dijo que no debían cargar con ningún mandato, pero en realidad se los dejó sin historia. Se les dijo que la libertad consistía en no deberle nada a nadie, pero se los empujó hacia una soledad administrada por pantallas, consumo y discursos prefabricados. Se les dijo que toda tradición era opresión, que toda autoridad era violencia, que la familia era una estructura sospechosa, que el cuerpo podía ser tratado como material disponible para experimentos identitarios, incluso hormonales, y que la identidad debía construirse contra todo lo recibido.

Ese discurso no produce seres humanos más libres. Produce seres humanos más frágiles. Jóvenes desorientados, incapaces de enfrentar la frustración sin quebrarse, de aceptar un límite sin vivirlo como agresión, de comprender que la vida no siempre confirma nuestros deseos. La política woke no libera: desarraiga. No cura: infantiliza. No protege: incapacita. No amplía la identidad: la fragmenta.

La vida no es suave. Nunca lo fue. Trae enfermedad, muerte, cansancio, fracaso, pérdida, traición, desilusión y sacrificio. También trae alegría, amor, belleza, familia, amistad, fe, encuentros y gratitud. Pero nada de lo valioso se sostiene sin atravesar alguna forma de dolor. Una cultura que le promete al joven una existencia sin heridas no lo está protegiendo. Lo está dejando desnudo ante la primera tormenta seria. Y cuando esa tormenta llega, porque siempre llega, descubre que no tiene raíces, no tiene lenguaje interior, no tiene disciplina, no tiene una comunidad real que lo sostenga.

Una cultura que no enseña a sufrir fabrica adultos quebradizos. Y una cultura que rompe el vínculo entre jóvenes y viejos condena a los dos extremos de la vida: a los jóvenes los deja sin dirección; a los viejos, sin lugar. Porque el anciano necesita algo más que medicamentos, controles médicos o una silla cómoda. Necesita sentir que su vida todavía significa algo para alguien. Necesita que su memoria no sea tratada como un estorbo. Necesita que haya alguien dispuesto a escuchar lo que vio, lo que perdió, lo que aprendió, lo que pagó con el cuerpo para que otros pudieran estar de pie.

Ahí aparece una de las tragedias más profundas de esta época: una sociedad que no prepara a sus hijos para el dolor termina produciendo adultos débiles y viejos abandonados. Jóvenes que no saben resistir y ancianos que ya no son escuchados forman parte del mismo derrumbe. La ruptura generacional no es un accidente privado; es una operación cultural con consecuencias políticas, familiares y espirituales. Cuando se corta la transmisión, cada generación queda condenada a empezar de cero, y nadie empieza de cero sin quedar a merced del poder de turno.

Por eso duele envejecer en una época que desprecia la vejez. Duele más cuando se ha impuesto la idea absurda de que solo vale lo joven, lo nuevo, lo rápido, lo deseante, lo que no tiene marcas. La vejez, en cambio, es marca. Es límite. Es consecuencia. Es la prueba visible de que la vida no se atraviesa sin costo. Y una sociedad infantilizada no quiere ver costos. Quiere consumir juventud, negar la muerte, anestesiar el dolor y esconder todo aquello que recuerde que la existencia exige responsabilidad.

El problema es que la vida real no obedece a esas ficciones. El cuerpo envejece. Los padres mueren. Los hijos crecen. Las fuerzas disminuyen. Las casas se vacían. Las fotografías empiezan a pesar más que los objetos. Y entonces aparece la pregunta que ninguna ideología puede evitar: ¿para qué viví?

Esa pregunta puede ser devastadora si la respuesta es apenas consumo, carrera, placer, apariencia o supervivencia individual. Pero puede ser soportable, incluso luminosa, si la respuesta está en una familia, en una comunidad, en una obra, en una fe, en una transmisión, en algo que no termina exactamente donde termina uno. Porque el ser humano no fue hecho para vivir como una isla. Necesita saberse parte de una historia más larga que su propio deseo.

Tal vez por eso las historias de los abuelos no deberían guardarse como recuerdos sentimentales. Deberían volver a ocupar un lugar central. Ellos sabían algo que nuestra época quiere olvidar: que el dolor no desaparece porque se lo niegue, que la fragilidad no se resuelve con discursos, que la libertad sin vínculos termina pareciéndose demasiado al abandono, y que ninguna persona envejece bien si llega al final de su vida sin haber pertenecido a nada.

Envejecer duele siempre. Esa parte no se negocia. Pero hay una diferencia enorme entre envejecer como quien se apaga solo y envejecer como quien deja una llama encendida detrás de sí. La primera forma es puro deterioro. La segunda conserva dignidad. Y esa dignidad no se improvisa a los setenta u ochenta años. Se construye antes, cuando todavía hay fuerza, cuando todavía hay hijos que criar, familias que sostener, tradiciones que cuidar, comunidades que reconstruir y verdades incómodas que transmitir.

Lo que estamos perdiendo no es solamente respeto por los mayores. Estamos perdiendo la arquitectura moral que hacía posible que la vejez tuviera sentido. Y cuando una sociedad pierde eso, abandona a sus viejos y les roba a sus jóvenes la posibilidad de llegar algún día a la vejez con algo más que miedo, cansancio y soledad.

Duele envejecer. Pero duele mucho más envejecer en un mundo que ya no sabe para qué sirven los viejos, porque antes destruyó aquello que hacía posible que los jóvenes quisieran convertirse algún día en adultos fuertes, responsables y capaces de continuar la vida recibida.

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Ivone Alves García
Productora general | AsiaTV

Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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