Este 11 de junio la Embajada de la Federación de Rusia en Buenos Aires celebró el Día de Rusia, una jornada de homenaje a la declaración de soberanía de 1990 que marcó el inicio de una nueva etapa histórica para el pueblo ruso. Pero en esta ocasión, el festejo no fue solo un ritual protocolar: fue, sobre todo, una afirmación de continuidad histórica y proyección geopolítica en tiempos de definiciones.

En ese marco, fuimos parte de la celebración, compartiendo el brindis y las reflexiones con el embajador Dmitry Feoktistov, y acompañados por personalidades con quienes venimos construyendo desde hace años un entendimiento común del rumbo del mundo: Christian Lamesa, Fernando Rivas Zucchelli, y Marcelo Montes junto a la Lic Laura Blejer. La foto que nos reúne no es casual: es el testimonio de un trayecto que comenzó mucho antes de que el mundo despertara al fin de la hegemonía unipolar.
Entre la historia y el presente
Desde el año 2008, muchos de nosotros venimos trabajando, a veces contra corriente, sobre el lugar que Rusia ocuparía en el reordenamiento global, y la necesidad de que Argentina comprenda su papel en ese escenario en construcción. No como apéndice de agendas ajenas, sino como sujeto activo en el mundo multipolar que asoma con fuerza.
Aquello que hace quince años parecía una advertencia, hoy es evidencia. La celebración del Día de Rusia ocurre en medio de una reconfiguración internacional profunda, donde Moscú ya no es vista con los lentes de la Guerra Fría, sino como una potencia civilizatoria que recupera protagonismo en la defensa de los valores propios, la soberanía de los pueblos y la lucha contra el neocolonialismo encubierto en retóricas humanitarias.
En ese sentido, el acto en la Embajada tuvo un carácter simbólico nítido: celebrar a Rusia hoy es también una toma de posición frente al modelo global decadente, que reduce la política a algoritmos y convierte a los Estados en marionetas del capital financiero transnacional.
Un vínculo estratégico con raíces culturales
Argentina tiene mucho que aprender y mucho que aportar. Lo que nos une con Rusia no es una moda ni una oportunidad coyuntural: es una afinidad histórica, cultural y espiritual que, bien comprendida, puede proyectarse hacia alianzas duraderas en los planos científico, educativo, energético y de defensa.
Nuestra presencia en la Embajada no fue solo de cortesía: fue un gesto de continuidad, de quienes venimos caminando juntos a través de medios, foros, libros, programas, debates, para construir una conciencia iberoamericana despierta, capaz de ver más allá de los titulares manufacturados en las usinas del poder anglosajón.

El Día de Rusia fue, así, una pausa celebratoria en un camino mucho más largo: el de la reconstrucción de un orden mundial plural, donde las culturas no se diluyan en la uniformidad del consumo, sino que florezcan en la cooperación entre civilizaciones soberanas.
Por Ivone Alves García




