Rusia denuncia una provocación nuclear mientras Occidente pierde el control del relato. En medio del reacomodo global, Iberoamérica debe decidir si sigue obedeciendo… o si empieza a construir.
Rusia denuncia un intento de atentado nuclear de falsa bandera. Las acusaciones apuntan al Reino Unido, que en una actitud desesperada busca fabricar un hecho que mantenga a Estados Unidos comprometido con la guerra en Ucrania. Pero detrás del ruido mediático y del cinismo político, lo que asoma es la decadencia de un sistema que ya no tiene más recursos que la manipulación. Occidente jugó durante décadas a la superioridad moral mientras bombardeaba países y destruía sociedades enteras en nombre de la “democracia”. Hoy, acorralado, vuelve a las viejas tácticas: el montaje, la provocación, la mentira como instrumento de poder. Pero la historia está cambiando de manos. Rusia no está sola; la multipolaridad dejó de ser una aspiración y se volvió una dinámica irreversible.
Sin embargo, el punto más importante no está en Europa ni en EEUU., sino acá, en nuestra región. En América del Sur, donde seguimos atrapados en las trampas de siempre: obedecer lo que nos perjudica y confrontar con quienes podrían ayudarnos a crecer. Es cierto que hay molestia en la región por la forma en que Argentina y Brasil se comportaron con Venezuela. Y hay razón para esa molestia, porque esas decisiones no respondieron a intereses nacionales ni regionales, sino a presiones externas. Nos hicieron jugar un papel contrario a nuestra propia soberanía. Pero también es cierto que Venezuela, en su necesidad de defenderse, se ha cerrado en torno a una militancia política que muchas veces no permite que desde Argentina se le acerque una visión más realista, más estratégica y menos emocional de la situación. Es comprensible en un contexto de asedio, pero si queremos construir una Iberoamérica fuerte, debemos ser capaces de dialogar con madurez, sin dogmas, sin trincheras.
Eso también forma parte del cambio que necesitamos: dejar de pensar en función de bloques ideológicos y empezar a pensarnos como civilización, como espacio con destino propio. Argentina y Brasil deben revisar sus errores con Venezuela, reconocer que actuaron bajo presión, y abrir el camino hacia una cooperación franca, respetuosa y soberana. Y Venezuela también debe mirar más allá del cerco, entender que su papel histórico es demasiado grande para quedar reducido a una consigna partidaria.
El cambio que necesitamos no puede darse en un solo país. Debe ser simultáneo en Brasil y en Argentina. Porque si esas dos naciones dan el paso, el resto del continente seguirá el movimiento natural de la historia. Es la única forma de hacer renacer el espacio iberoamericano como una fuerza emergente del mundo multipolar. Argentina y Brasil tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el destino regional. Unidos, pueden ser un eje de equilibrio, un espacio de soberanía que dialogue con todos, sin subordinación a nadie. La integración no es un capricho ideológico; es una necesidad geopolítica. Porque en el mundo que viene, la neutralidad no existe. O se forma parte de un bloque con intereses propios, o se es parte del botín.
Y mientras los viejos imperios fabrican relatos para seguir dominando, nosotros seguimos desperdiciando el potencial de una región que podría ser protagonista. Por eso seguiré insistiendo, una y otra vez, en el cambio de mentalidad que Iberoamérica necesita asumir si quiere dejar de ser terreno de disputa y convertirse en espacio de poder real.
El futuro está ahí, esperando.
Dependerá de nosotros decidir si seguimos obedeciendo… o si, por fin, empezamos a construir.
Ivone Alves Garcia – Editorial en https://www.youtube.com/@AsiatvProduccion




