El gran espacio de Eurasia

Picture of Humo y Espejos

Europa se ha convertido en una región vasalla y a la vez desprotegida, una zona de
riesgo en el mundo. Lo sensato, en caso de inferioridad de poderío, es aceptar un
vasallaje a cambio de protección. Era la lógica feudal. En nuestro caso no es así: el
europeo es el caso de un vasallaje que crea desprotección, que introduce el máximo
riesgo en nuestras vidas. Hablamos del vasallaje a los EEUU y a la OTAN,
naturalmente.
Que los estados de

Europa acepten tan mal negocio, tal ausencia de lógica, tal violación
de las leyes del señorío (y del vasallaje) sólo se puede comprender históricamente,
genéticamente. Es la consecuencia derivada de 1945. Durante los últimos ochenta años
los europeos hemos sido adoctrinados –especialmente en la parte occidental de la
península Eurasiática- en la teoría de la feliz liberación. Hemos sido liberados del
nazismo, pero no hemos sido –en términos absolutos- liberados en absoluto. En modo
alguno hubo libertad para Europa tras la derrota del nazifascismo, y lo que es más
grave, puesto que hipoteca y pone en riesgo el futuro: en modo alguno hubo más
soberanía para Europa.


El gran geopolitólogo austriaco, Jordis von Lohausen, en los tiempos en que la llamada
“guerra fría” tocaba a su fin, describió en un libro excelente la exacta situación de
Europa. El libro, traducido al español, que puede consultarse es Coraje para el Poder.
(Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1994) Allí von Lohausen describe con
minuciosidad las condiciones constantes que determinaron la historia y los cambios de
poder en el mundo, y que aún condicionarán en el futuro, aun contando con las nuevas
tecnologías cibernéticas, balísticas, satelitales, etc. Todas estas nuevas tecnologías se
añaden y se adaptan a las constantes, a las condiciones espaciales permanentes, que se
remontan a la misma conformación del planeta Tierra, hace millones de años: Tierra y
Mar (y el cielo y en el espacio en la medida que afectan a los poderes actuantes en la
Tierra y en el Mar).


Europa es una península de la gran Eurasia. Las llanuras eurasiáticas penetran muy
hondo en la Europa central y occidental. Desde Siberia o el Asia nórdica y central, no
hay obstáculos relevantes hasta la barrera de los Pirineos. Los Urales no cuentan, nunca
fueron verdadera barrera ni frontera. Los ríos, y menos los de Europa, tampoco son
barreras geopolíticas: pueden servir como excusa para trazar fronteras administrativas,
mas nunca detienen ni separan nada (pueblos, culturas, naciones), más bien unen y
comunican. La Alemania nórdica es un gran llano, una pieza bidimensional sita en
medio de la península, abierta por demasiados flancos. Una Alemania situada tan al
centro puede ser la entidad más débil y expuesta por el lado francés, a occidente, o por
el lado ruso, al oriente. Pero también puede ser la entidad central, el poder acumulado
central de Europa, plataforma para la expansión hacia Francia o Rusia, sede de todas las
posibles invasiones a oriente y occidente. Von Lohausen señala que la fortaleza de
Alemania es su debilidad. De ahí que la progresión de los acontecimientos de Europa

dependa siempre de este corazón, de esta médula: un centro expuesto, sin las
protecciones isleñas de los británicos o sin las semiprotecciones peninsulares de los
ibéricos (España y Portugal, que son una unidad geopolítica, poseen dos mares y una
cordillera firme como los Pirineos).
Alemania está expuesta por eso quiso (quiere) ser fuerte; en comparación, es como una
ciudad sin murallas envuelta en incertidumbres: de ahí que un poder fuerte germano
implique la necesidad de una Voluntad de Poder.


Los pueblos y naciones que carecen de voluntad están expuestos a perder toda su
soberanía. El resurgir militarista de la Alemania del siglo XXI (como el de su antiguo
socio de guerra, el Japón) es un triste espejismo. No renace la voluntad del Volk: es la
voluntad delegada del hegemón yamki-sionista. La Alemania guerrera de hoy no es una
Voluntad colectiva de Poder. No tiene nada que ver con el II y el III Reich. Es hoy,
hasta la fecha, un pueblo débil y vencido (mientras consienta bases yanquis, es pueblo
vencido) con un pasado industrial fuerte pero hoy en manos de especuladores
financieros y un presente muy triste, apretado en sus zonas más intimas por las garras
sionistas y americanas. La situación espacial es la misma: la gran llanura ininterrumpida
que conduce a Rusia y, por ende, a las inmensidades asiáticas, esa es Germania al norte.
Una prolongación de Rusia o una prolongación hacia Rusia. Pero la voluntad que
conduce las hostilidades hacia Rusia en 2026 no es la voluntad del Pueblo, ni siquiera la
voluntad de un estrato diferenciado y hegemónico del pueblo (una aristocracia, un
partido supremacista, o lo que sea). Es la voluntad de la élite globalista perfectamente
coordinada con Washington e instalada en los centros financieros y sionistas..


La gran llanada de la Europa central fue siempre plataforma para enviar o para recibir
invasiones, pero von Lohausen consideró que esa gran planicie es también escenario
para la unidad. La unidad repele la violencia y alza grandes construcciones
civilizatorias. Que no exista una gran unidad civilizatoria eurasiática es debido, por un
lado, a las injerencias talasocráticas. Los británicos se coordinaron sucesivamente con
otras potencias (Francia, Rusia) para impedir la unidad europea y, después, Eurasiática
(que incluye a Rusia necesariamente). Después, lo hicieron los yanquis.


La unidad Europea, previa a la unidad Eurasiática, se malogró tras la muerte de
Carlomagno. En los mismos inicios de la Europa en sentido estricto (diferenciada del
Mundo Clásico mediterráneo) la “Franconia” se partió para siempre en dos: la que daría
nombre a la actual Francia (que dejó de ser las “Galias”), y la central y oriental: a saber,
Germania. Europa careció de identidad sólida tras el desastre ocasionado por los
herederos de Carlomagno. Europa no siguió siendo un auténtico Imperium (Reich) por
la ineptitud de muchos de sus dirigentes, y no sólo por la acción disolvente de los
poderes externos y talasocráticos. La propia existencia de un poder francés, un Reino de
los francos, es la historia del fracaso del Reich, la creación, entre los Pirineos y el
Centro de Europa, de una alternativa a ese Reich. Pero, a su vez, la historia misma del
ulterior Sacro Imperio Romano Germánico es la historia del triunfo de los localismos,

de las mezquindades, de las manipulaciones de poderes de lo más diverso en perjuicio
de la Unidad Universal, a la que en principio estaba llamado ese Imperium.
El corazón mismo de Europa, Alemania, es débil y su potencia nació de su voluntad de
potencia, no surgió de haber estado bien protegida, o parapetada tras murallas y en
rincones inaccesibles. Von Lohausen analiza detalladamente la fractura con esa “otra
Alemania” que hoy se llama Austria. Geopolíticamente, en unas determinadas pudo
venir bien no unir lo que a nivel étnico e idiomático debía en principio unirse. Prusia
haciéndose cargo del mosaico balcánico, magiar, etc. hubiera fracasado probablemente,
Pero a la postre, estas escisiones causan dolor y debilidad.


Los desplazamientos forzosos que hubo tras 1945, a saber, una limpieza étnica de
Polonia (para conseguir una nación polaca “pura”, sin ucranianos ni germanos) así
como en las Rusias y en diversos estados del Este, no auguraron nada bueno. Las
degollinas más recientes de Yugoslavia y Ucrania proceden, en el fondo, de ahí, del
desplazamiento forzoso de poblaciones enteras de alemanes. Sentaron un precedente
nefasto. Antes se desplazaban las fronteras y dejaban a los pueblos en paz, en sus casas.
Desde 1945 la propia Europa vencida aceptó mover a los pueblos de sus casas y tierras,
y arrebatarles los medios de vida. La Alemania actual, incluso tras la reunificación (o
absorción) con la RDA es una Alemania contraída, y es un embudo que acogió –a veces
de mala gana- al aluvión de alemanes étnicos pero no de “compatriotas” , pues ya no lo
eran a los ojos de los ciudadanos de la República, no en el sentido nuevo que se acuño
en 1945.


La unión de Francia y Alemania da un peso necesario a la Europ asoberana, es requisito
imprescindible de un Poder de Europa unificado. Las penínsulas del Sur (Italia, España,
Grecia) deben gravitar hacia ese Poder si este es formado. Si no, se quedan al margen,
como Escandinavia. Las Islas Británicas nunca querrán este verdadero Poder. Si se
integran, no será salvo para cizañarlo, para desactivarlo desde dentro. Pero la unión de
Francia y Alemania –se entiende- debe ser una unión soberana.


En los inicios de la Comunidad Económica Europea parecía que un nuevo polo, aliado
pero distinto del americano, iba a formarse. No hubo nunca cosa tal: los “padres” de la
Unión Europea (hoy se va sabiendo y hay documentación) eran empleados de
Washington y de la CIA. El “eje franco-alemán” sirvió para domesticar y extorsionar
aún más a la Europa del Sur: la Europa “mediterránea”. Portugal no es, en absoluto,
mediterráneo, y España sólo lo es en parte. Pero los despachos de Bruselas que han ido
gestionando el poder delegado de ese eje franco-alemán han creado, con sus despóticas
y draconianas decisiones, un verdadero cinturón marginal, un hinterland sureño. El Sur
de Europa lo concibieron allí, criminalmente, como una franja cuasi-colonial para
administrarla desde el norte: desmantelaron el agro que podría competir con Francia, de
una parte, para beneficio de ésta. Desmantelaron la industria, que podía competir con
Alemania, para beneficio de esta.
El sur de Europa, de no ser esta versión necia del Eje franco-alemán que seguimos
padeciendo, podría dar de comer al resto del continente, pero tal cosa no se quiso. La

Unión Europea no fue sino el despotismo del Eje Franco-Alemán para mayor gloria y
control por parte de los Estados Unidos. Sin campesinos ni obreros, la Europa de las tres
penínsulas mediterráneas dejaba de ser una amenaza comunista. El sistema capitalista
de la Europa occidental atiborrada de bases norteamericanas desde 1945 desmantelaba
la soberanía de los países del Sur europeo, considerándolos protectorados de los
franceses y alemanes. De estos, una España como potencia agroindustrial unida a
Portugal acabaría siendo una potencia temible para los franceses, de no haber caído en
manos de la partitocracia, especialmente en manos del Partido Socialista, una fuerza
financiada con marcos alemanes, de una parte, y muy “afrancesada” ideológicamente,
como siempre lo fue el progresismo español.


El caso italiano es análogo al Español: una de las mayores potencias del mundo
–también en lo industrial- fue decapitada por orden de Washington. No se pudo hacer
con un solo magnicidio, como en España el del Almirante Carrero (el delfín y sucesor
de Franco) pero sí con varios asesinatos de personalidades, infiltraciones dentro del
Partido Comunista Italiano, y muy diversas redes de sobornos y guerras “judiciales”. Se
neutralizó el Sur no para “construir Europa”, que ciertamente siempre pasará por una
reconstrucción de la vieja “Franconia” (latina a un lado, germana al otro), sino para que
la península eurasiática siguiera siendo colonia americana, mejor y más dócilmente
gobernada.


Si el centro de la península eurasiática concentrara su poder, no despóticamente como
ahora sino como verdadera mano con sus cinco dedos, se habría devuelto a la vida un
Reich. La palabra, que para los desconocedores de la Historia remite al nefasto “III
Reich”, o en general, a un imperialismo alemán, también muy nocivo en sus efectos, en
realidad significa unidad superior de naciones y pueblos con voluntad de vivir
soberanamente. Europa, sin soberanía unificada o sin voluntad, hace tiempo que habría
sido juguete de potencias extrañas. La voluntad de los asturianos en 722 y después, hizo
posible España. España, sin la voluntad de poder nórdica de los reinos cantábricos, sería
un país de la misma cultura, religión, paisaje y paisanaje que Marruecos. A su vez,
España fue el tapón del islam, que impidió su avance, también detenido por la victoria
de Carlos Martel en el siglo VIII, poco después de Covadonga. Al otro lado, y en edades
post-bizantinas, desde los Balcanes, Hungría y Austria, la lucha contra el avance turco
también impidió, en diversos momentos, que Europa fuera una extensión más del Islam
y perdiera su identidad.


Esta península eurasiática, Europa, parece que quiere diluirse nuevamente, olvidar
incluso su propio nombre. Los anglosajones juegan con el concepto de “Occidente” para
incluir las Islas Británicas, que en realidad fueron poco más que una base de piratas
creada en el siglo XVI para hacerle la vida imposible al Imperio Español y desunir
Europa, y después para englobar el poder de los Estados Unidos, imperio planetario a
partir de su victoria sobre España en 1898. Al llamar “Occidente” a toda su esfera de
influencia, que incluye tanto Europa occidental como las dos Américas, la Anglosfera
ha obtenido uno de sus grandes triunfos ideológicos, que siempre van a la zaga de los
triunfos militares y de las ocupaciones con tropas: el Imperio Occidental (en feliz

expresión del profesor Andrés Piqueras) incluye ideológicamente un gran bloque
transcontinental en el cual ya va inclusa la Doctrina Monroe (toda América), toda la
Anglosfera (países de habla inglesa y con al menos minorías anglosajonas dirigentes),
Japón (ocupado militarmente por los yanquis desde 1945 y sometidos ideológicamente)
y los países de Europa Occidental, más algún país asiático y africano vasallos.
En el análisis reciente de Alexandr Dugin, y a la luz de los acontecimientos más
recientes –y brutales- con los cuales comenzó el 2026, el constructo “Occidente” ya ha
caído; este “Occidente” imposible, en realidad el área de hegemonía indiscutida de los
EEUU se ha resquebrajado severamente con las políticas de Trump. Los “aliados”
europeos occidentales han sido tratados a golpes, forzados a pagar la guerra de Ucrania
y a sostenerla (tarea imposible) a sus expensas, comprando obligatoriamente armas a la
industria de muerte de los yanquis.


En España, por lo menos, se utiliza mucho una expresión que, si bien es vulgar sin
embargo es muy gráfica: los aliados europeos otanistas se han convertido en prostitutas
“que además ponen la cama”. Mal negocio es ofrecer unos servicios a otro, y no cobrar
nada por ello. Peor negocio todavía es convertirse en siervo, recadero y prostituta, y
pagar además por ello, por entregarse y degradarse. Europa está pagando su ruina y
degradación. Todos los países europeos otanistas se hundirán más y más en el plano
económico, con recortes de gasto, deterioro del “bienestar” y endeudamiento crónico en
una empresa ruinosa, peligrosa e injusta. Es ruinoso ayudar a Zelensky, un dictador
corrupto que no puede ganar una guerra que, además, razonablemente podría haberse
evitado. Es peligroso ayudar de manera creciente, y con implicación cada vez más
directa, contra una (si no la más) poderosa potencia nuclear que cuenta con un ejército
convencional gigante, y suficientemente entrenado en diversas guerras. Los estados
europeos otanistas son inexpertos en guerras reales (no así en “Erasmus” y otros viajes
colegiales para uniformados), enanos y son suministro para una guerra que dure más
allá de unas semanas. Tampoco cuentan con personal. Algunos estados europeos,
aunque reúnan a todos sus militares desplazados en sus “Erasmus” y a los que reservan
para los desfiles, no cubrirían ninguna línea de frente en el Este. La “militarización
exprés” que pretenden los alemanes, los polacos, los bálticos, de querer ser algo más
que un keynesianismo de guerra de lo más torpe, pero desprovisto de todo realismo
militar, va a ser a la postre ruinosa para esos países, pues depende completamente de un
flujo de pagos que tienen como sumidero los EEUU.


Finalmente, es injusto rodear a una potencia con países armados y hostiles. Es injusto e
intolerable no crear colchones neutrales amplios, que ofrezcan seguridad.
Los trozos diferenciados de que habla Dugin sería: Norteamérica, Gran Bretaña, Europa
Occidental, Israel y los globalistas [https://www.geopolitika.ru/es/article/trump-ha-
dividido-occidente-en-cinco-partes]… Ninguno puede hacer nada por sí solo sin
Estados Unidos como máquina de poder y generadora de caos. Ninguno de ellos, salvo
Israel, puede hacer nada sin que Israel lo sepa, lo quiera o lo consienta. Ninguno, ni
siquiera los norteamericanos mismos. Va quedando cada día más claro que los hilos del

caos y la violencia parten todos de la Entidad Sionista, apoyada en la máquina yanqui.
Que el imperio yanqui es, en buena parte, rehén de una pequeña Entidad artificialmente
incrustada entre pueblos y países árabes o, árabe-cristianos. El propio concepto-trampa
que es “Occidente”, hecho para oscurecer y subordinar al de Europa, se ilumina con
claridad deslumbrante, al pensar en ese otro, trampa ideológica donde las haya:
“Civilización judeo-cristiana”. Cuando juntan la Estrella de David con la Cruz de Cristo
para “combatir”, como dicen, o “frenar” al Islam, tengan por seguro que detrás anda el
Mossad y el dinero de los sionistas.


La Europa del Sur nunca va a participar del todo de esa rusofobia machacona, ni quiere
ni puede militarizarse de esa manera. Su europeísmo es de muy otro jaez. Únicamente
por influjo de sus propias élites políticas y económicas la masa de sus pueblos ha
llegado a aceptar sacrificios en materia de autosuficiencia económica engatusados por
“el progreso”. Pero no están preparados para ninguna guerra en fronteras lejanas. Por
ejemplo los gobiernos españoles posteriores a Franco siempre vendieron la idea de
“Europa” a las masas clientelares como una suerte de Paraíso, como una Tierra
Prometida. Las despóticas campañas europeísyas de arranque de olivos y parras, los
sacrificios de vacas, el cierre de industrias, la privatización y descuartizamiento de
empresas públicas (propiedad del pueblo, en última instancia) dan cuenta de ese
historial de “europeísmo”: en rigor, pérdida de la autosuficiencia, pérdida de la
soberanía nacional.


La mejor manera de que nunca haya invasión de Rusia es unirse a Rusia. Jordis von
Lohausen lo explicó claramente. Rusia es imposible de invadir, imposible de integrar a
un Reich europeo. No pudieron los suecos, no pudo Napoleón, ni los prusianos, ni la
coalición occidental anti-bolchevique, ni Hitler. Hay algo más que el problema del
“General Invierno” en ello. Hay algo más que la desproporción brutal entre ese Reich de
Occidente, por engrandecido que sea, y las Rusias inmensas que llegan hasta el Pacífico.
Tampoco la clave reside en la cuestión puramente técnica, aunque importante: los
europeos no pueden abastecerse de combustibles, repuestos, armas de producción
propia… Y menos para una guerra. La cuestión decisiva deriva de la propia lectura de
los mapas. Rusia es la parte eurasiática del Ártico, potencia nórdica que reúne todos los
mares fríos y anhela por tropismo inexorable los mares cálidos, que se vuelca espacial,
pero no demográficamente, hacia el Oeste y lo hace por una necesidad ineluctable. Una
Rusia pujante llega siempre hasta París, hasta los Pirineos, hasta Lisboa misma, pasando
por Madrid. Le falta el pujo demográfico, el pulso natalista. No los tanques, sino los
niños. Esos mismos niños que a Europa le llegan de África, tanto del África Negra
como del Magreb. La salvación de Europa, si una guerra mundial se evita, no es otra
que llenarla de niños y llevar familias a Siberia en unión con los eslavos. Un “Far East”
en lugar de un “Far West”.


La solución al grave riesgo de Europa no consiste, como reza la propaganda atlantista,
en “plantar cara” al Oso ruso, ni siquiera en “apaciguar”. La solución de que se habla
aquí sigue la ley del péndulo: la continuidad de la inmensa llanura eurasiática, que llega
como si fuera un mar de tierra hasta las playas de Francia, ha de ser asumida, y ha de

dinamizarse en sentido inverso, complementario: hacer que Europa –y no solo la
nacionalidad rusa eslava- Europa entera, llegue hasta Vladivostok. Allá se expandan
mediterráneos, celtas, germanos, eslavos, y cuantas etnias y naciones forman el mosaico
de Europa, como hicieron hasta más allá del 1900 en América: natalidad expansiva y
mucha tierra por repoblar. Europa solamente podrá levantarse con nuevos niños y tierra
que repoblar.


La unión con Rusia va más allá de un pacto de no agresión, de una suspensión de la
hostilidad con ella (teniendo en cuenta todo lo que ello implica, como acto de rebeldía
contra los yanquis). La unión que dará fuerza y vigor es la unión de los nuevos
emigrantes europeos que, a fuer de no tener sitio en sus pequeñas y obstinadas naciones
(Francia, Alemania, España, Italia…) buscarán tierra de promisión al Oriente. Suena
utópico, algo poco realista al momento. Pero una Siberia no exclusivamente eslava,
sino repoblada por europeos constituye, a largo plazo, la revitalización de la gran
Eurasia y la única posibilidad auténtica de que los pueblos de África, tanto la magrebí
como la negra, vuelvan la vista a sus propias patrias y las saneen y reordenen, en vez de
inundar una Europa en la que nunca podrán arraigar. El mundo de los polos-
civilizacionales de los que tanto habla el profesor Dugin es la condición clave no para
una “paz perpetua” pero sí para un equilibrio prolongado, si es que en la Historia hay
algo de duradero.

Por Carlos Javier Blanco Martín.

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