Es claro que en lo que va del siglo XXI estamos viviendo una inversión de lo ocurrido en los años 60′ y 70′ del siglo anterior. La ideología woke sostiene ser heredera de la lucha por los derechos que se inicia en aquella década rebelde del siglo pasado, más precisamente en un discurso de Martin Luther King (¿quién podría dudar de la honorabilidad de tan declamado origen?), o incluso de luchas previas. Me refiero a lo que la sociología contemporánea ha definido como “nuevos movimientos sociales”, por ciertas reivindicaciones apuntaladas en los años ´60. Pero, más allá de la continuidad de la lucha por los “derechos”, las diferencias entre aquellas de los años 60´y las del presente, son más que notables, no por las temáticas o por la fragmentación de las mismas, sino por los objetivos (nunca del todo explícitos en la actualidad) y por la perspectiva con la que son abordadas. Así podemos hablar de un relativo continuum, pero en proceso claramente diferenciado, que va de los “nuevos movimientos sociales” al woke.
El término woke tiene un origen claro en EEUU y un uso abierto en EEUU y algo menos en Europa occidental. Desde el comienzo de la lucha por los “derechos civiles” en las primeras décadas del siglo XX, «stay woke» (estar alerta) ha sido una expresión propia de las comunidades negras, para finalmente ser usada en 1965 por Martin Luther King en su discurso «Remaining Awake Through a Great Revolution» (Permanecer despierto a través de esta gran revolución)[2]. Pasaron varias décadas, con los cambios profundos tanto a nivel político como ideológico-cultural, hasta que se produjo una “explosión” en su uso, cuando, tras la muerte de Trayvon Martin en Florida, surge en 2013 el movimiento Black Lives Matter (traducido como “Las vidas de las personas negras importan”). Este movimiento nació como oposición a la violencia policial contra los negros en Estados Unidos y cobró fuerza en redes sociales. Pero la expresión «stay woke» trascendió a la protesta negra, cuando comenzó a invocarse en el marco del “#MeToo”, contra el acoso y el abuso sexual y en otros movimiento contra diferentes injusticias, como los reclamos ecologistas y etc.
En general es la derecha la que usa críticamente el término para denostar la “sensibilidad” socialdemócrata que apoyó y promovió la ideología woke. Pero hablaba más arriba de la inversión, por lo cual este es otro rasgo de la misma. La derecha conservadora denunciando la discriminación y la nueva caza de brujas, cuando está de sobra probado que esta es una de sus características esenciales. Pero es que el plexo liberal socialdemócrata, o popular/populista para estas tierras del sur, más inteligente que sus adversarios (nunca enemigos) conservadores, ha visto en estas reivindicaciones sectoriales un camino claro para canalizar la protesta social. Reivindicaciones y protestas parciales, de minorías, que desde claras posiciones de indubitable justicia en su origen, se han transformado en los últimos años, en búsqueda de privilegios, vía la persecución del diferente, entronando a éste como a un ser demoníaco.
Decía más arriba de los llamados “nuevos movimientos sociales”. Esta definición implica todo un posicionamiento teórico, que viene a echar por tierra cualquier interpretación que oliera a lucha de clases. Vale acotar, que estos mismos nuevos movimientos sociales se han generado por fuera de todo posicionamiento que girara alrededor de las disputa entre clases sociales, encarnando demandas multisectoriales, en su mayor caso de minorías, predominantemente apoyadas o motorizadas por las clases medias o pequeñas burguesías en los países del Norte. Ecologismos, pacifismo, derechos civiles, derechos los pueblos indígenas, feminismos, movimientos por reivindicaciones urbanas, etc. fueron y son los colectivos que han sido englobados bajo la categoría de “nuevos movimientos sociales”. Obviamente que la teoría sociopolítica liberal-socialdemócrata dominante muy lejos está de situar estos conflictos en las contradicciones dialécticas de toda sociedad (teóricamente no está capacitada para hacerlo), y por el contario los erige en los únicos conflictos a considerar, desviando así la atención de las disputas obreras que sí pueden revertir las reglas de juego del sistema en profundidad, tal como la historia lo ha demostrado[3].
Está más que claro, que estos colectivos de protesta y defensa de sus derechos tienen razones de ser más que relevantes, tanto por causas de justicia, como sociales y también éticas. Son vastos los argumentos para reclamar justicia e igualdad por parte de las minorías de sexo, género, raza, etnia y los colectivos que defienden la calidad de vida en las sociedades consumistas. No podemos dejar de recordar los más de 200 años de esclavitud de los negros, la persecución a pueblos indígenas, gays y lesbianas, o la destrucción irracional de enormes porciones de naturaleza. Todos hechos innegables y que en su mayoría ni han sido reconocidos, ni tampoco reparados. Así, es posible entender a estos llamados “nuevos movimientos sociales”, y su particular y sesgada continuación en la ideología woke, como “la reivindicación de las víctimas”, tal lo reconoce, por ejemplo, el filósofo José Antonio Marina[4].
Entonces, y tal como decía, según el credo de la sociología dominante, una vez el marxismo clasista caído en desgracia, los nuevos movimientos sociales vienen a reemplazar la lucha de la clase obrera, o bien ya integrada al consumo, o bien ya en su derrota final (reconozcamos que algo de cierto hay en esto, aunque con explicaciones más complejas)[5]. Los principios posmodernos de fin de la historia y muerte de las ideologías constituyen el broche de oro discursivo de este proceso victorioso del liberalismo (sea más conservador o más socialdemócrata).
Ahora, si bien en Latinoamérica todavía no se ha extendido el uso del término woke y lo que más precisamente éste representa y engloba, si tenemos sin embargo los fenómenos sociales que son su fundamento. Por aquí se sigue hablando de nuevos movimientos sociales, a lo que se le suma, más actualmente, los conceptos de identidad, derecho, disidencias y diversidades[6]; estos últimos todos sí claramente emparentados con el tratamiento del universo woke.
Si bien podemos ver una línea de continuidad en la problemática de lo que hoy se define como woke, lo que se distingue claramente es la inversión “fenotípica” de su práctica y principios de ejecución[7]. Muy similares reivindicaciones de origen para diferenciarse en prácticas, formas de organización y fundamentos éticos y de justicia en relación a sus “no iguales”, no integrantes de esas minorías. Los años ´60 fueron ricos en luchas, que sin dejar de tener contradicciones, el objetivo estaba puesto claramente en un cambio de raíz de la sociedad opresiva y explotadora en varios de sus frentes. Vale mencionar, la lucha por los derechos civiles, ícono iniciático de las revueltas sesentistas en USA, con su característica variante antisistémica en las Panteras Negras; el ecologismo con una propuesta de transformación total de las reglas de juego sociales y productivas; y el feminismo que caminaba dentro y acompañando el pedido de transformación total por parte de la izquierda no ortodoxa. En el presente, por el contrario, el panorama ha dado un giro copernicano, a la par del cambio teórico-ideológico[8]. Se ha perdido el horizonte de cambio radical, y la amalgama de luchas y reivindicaciones se ha fragmentado en miríadas de demandas sectoriales, totalmente imposibilitadas y negadas por ver la totalidad. En el ecologismo, por ejemplo, los banales conceptos de “antropoceno” para el ecologismo socialdemócrata (o “capitaloceno” para el ecomarxismo ingenuo) más la noción de “extractivismo” muestran la fragmentación y vacuidad de las ideas, autodefinidas críticas, al recurrir no más que a renovación de términos, con un efecto publicitario importante, para ocultar la renuencia a profundizar en la razones verdaderas de los cambios ambientales y la importancia o no de estos[9].
Nos encontramos hoy con no mucho más que reivindicaciones de derechos individuales por secciones problemáticas (etnia, ambiente, género, sesgada calidad de vida, etc.) para su imposición en tanto derechos universales. Es decir, mayorías que deberían vivir según las reglas de las minorías. También con una oposición a casi todo sin propuesta de cambio profundo, y una propuesta de reforma de códigos y leyes solo bajo la óptica de sus intereses particulares.
Quizás no está de más aclarar, que por muy loables y absolutamente necesarios que sea la transformación en universales, cuando lo amerita, de derechos individuales; tratado este tópico por sí solo y sin vinculación con la transformación social global, representan no más que la distintiva bandera particularista del liberalismo, para justificar privilegios. Otro rasgo paradójico del presente, es que estas reivindicaciones “liberales” son erigidas por colectivos que se “autoperciben” como de izquierda, o por lo menos progresistas. Todo el arco socialdemócrata, nacional popular, de izquierda autónoma, de izquierda trotskista, y otras izquierdas son quienes se han hecho cargo de estas banderas[10]. En esta encarnadura liberal[11] es que puede entenderse el ataque que hoy reciben desde la derecha conservadora, por cuanto ésta, una vez caído el muro de Berlín, ha abandonado toda su “ternura” del discurso “democrático”, recuperando al fin su verdadera cara de explotación/opresión y salvaguarda de los privilegios de las elites dominantes.
Sin lugar a dudas, la característica distintiva del woke es su credo cancelatorio.
Varios autores coinciden en el salto cualitativo existente entre los “nuevos movimientos sociales” y el woke. Al mismo tiempo que seguir siendo víctimas denunciando la injusticia social, fueron en los últimos años sumando una relativa cualidad de victimarios. Hoy es evidente en sus prácticas, la imposición de toda una serie de limitaciones que aparecen en la libertad de expresión, revirtiendo drásticamente el liberador principio del “Prohibido Prohibir” del mayo del ´68 francés. Palabras y expresiones que no pueden usarse, formas de humor censurados, promoción de lenguajes unilaterales, desconociendo que el idioma es nada más que una convención y no una forma de “dominio” (hay una clara fundamentación aquí en la teoría antidialéctica y sesgadamente idealista y posmoderna del «giro linguistico”). Pero sin lugar a dudas, la vedette del woke son las prácticas de cancelación, y la implantación de dispositivos punitivistas que eliminan el principio jurídico básico de “Presunción de Inocencia”, negando las derivaciones de igualdad y solidaridad provenientes de la “Declaración de los Derechos del Hombre”, fundante de la Modernidad. Las prácticas de cancelación llevadas a cabo por estos nuevos identitarismos implican “una atmósfera social donde se penaliza a personas por haber actuado de una forma que se considera inapropiada. No es exactamente censura, es más bien generar una forma de ostracismo. Entre quienes sufren este ostracismo hay depredadores sexuales condenados, pero también gente que ha tenido un comportamiento poco adecuado y lo ha admitido, o que lo ha negado, o que ha sido declarada inocente o cuyo caso ha sido sobreseído, o contra la que no ha habido una denuncia sino un artículo o un rumor. Otra veces solo un tuit o una declaración desafortunada justifica este castigo”[12]. Queda absolutamente claro que nada más alejado de la justicia que la práctica de la cancelación. No importa la culpabilidad, importa la acusación. La cancelación es una estrategia ideológica de imposición de un argumento o directamente de un credo. Vemos en todo esto otra paradoja, cómo de abrazar principios liberales del individualismo identitario, conjugan sin problema prácticas represivas del ideario conservador. Del “vigilar y castigar” como denuncia setentista, al vigilar y castigar como norma de conducta “correcta” en el presente. Otra forma más de la inversión.
En los años ´60 “lo personal es político” aparece como un llamado de atención a la sobreactuación del principio de solidaridad que intenta igualar todo, es así que la diferencia aparece como necesaria para ser considerada al mismo tiempo. Lo “personal es político” fue una forma de discutir lo mayoritario, pero con el objetivo de enriquecerlo, de dotarlo de matices, pero nunca de anularlo. La ideología woke, se ha olvidado de esta sustancia carnal de los ´60 para emprender una campaña, que bajo el auspicio de la discriminación positiva, ha tomado características de anulación de las mayorías, olvidándose de todo principio de igualdad y solidaridad que iluminaba las luchas en los años ´60. De lo que se trata hoy, es de imponer la supremacía de aquellos otrora oprimidos y discriminados. Lamentablemente, varias fracciones de muchos movimientos (no denunciados por las otras fracciones de estos movimientos, aplicándose así el principio de “él que calla, otorga”) comienzan hoy a considerar a la mayoría como una “mala palabra”, un insulto; es el enemigo a vencer. Ya no se trata de reclamar y protestar, sino de pasar a la acción mediante escraches, linchamiento socio-comunicacional, destrucción de la identidad y afectación de la trayectoria personal, laboral y familiar.
Es que una discriminación positiva para una minoría, implica una discriminación negativa para el resto, es decir la mayoría. Los grupos de poder, esto lo saben muy bien. La estrategia de empoderar (a nivel de las masas, nunca de la elite) a las minorías en contra de las mayorías, asegura el conflicto; pues la estrategia inversa tiene la contra que llega al éxito muy rápido (la mayoría derrota fácilmente a la minoría). Este conflicto interno a nivel de las masas, desvía, junto a la industria del entretenimiento, toda preocupación por la injusticia y la explotación generada por las clases dominantes hacia las clases populares. La explotación asentada en el proceso económico, forma de dominación características de la modernidad capitalista, deja de estar en el centro de la escena (como lo estuvo hasta la década del ´70). El centro es ocupado por la lucha de las minorías en contra de las mayorías. Vale recalcar además, que la solución a los reclamos de las minorías actuales de ninguna manera implica una reversión de las reglas de juego de la explotación, sino solo reformas en códigos, reglas y reglamentaciones. El éxito de la dominación es total, el conflicto social y de ideas es inocuo y solo enfrente a sectores de las masas entre sí. El poder queda intacto sin siquiera ser cuestionado. Tal la triste brillantez de la injusticia global en este descreído siglo XXI. Aquí está la clave del cambio de época post años ´70, que marca la ideología de la derrota de las ideas liberadoras para la totalidad opirmida de otros años, y su reemplazo por reivindicaciones de minorías en fragmentos parcializados que no afectan el poder real de la dominación.
Es entonces que las fuerzas políticas, económicas y culturales dominantes no han dejado pasar la oportunidad de acercar a sus intereses ésta nueva versión de la irrupción social. La socialdemocracia de los países del Norte, ante la debacle de la izquierda clasista, se aprovechó magistralmente de estos intentos de “desagravio de las minorías”. Los periódicos “progresistas” norteamericanos e ingleses, como The New York Time, The Whasington Post o The Guardian, se han encargado de difundir ampliamente estas ideas particularistas, y así, términos que antes eran casi totalmente oscuros, se convirtieron de repente en omnipresentes: no binario, masculinidad tóxica, transfobia, queer. En concatenación, el partido demócrata no sesgó en su empeño por promover y prolongar la exitosa coalición de votantes jóvenes, mujeres, negros, latinos y LGTBI que logró Barack Obama. Pero también los intereses comerciales de los grandes capitales no perdieron la oportunidad de hacer un generoso lavado de cara del capitalismo, incorporando el ideario de la discriminación positiva en sus campañas publicitarias, sin que los movimientos del woke se molestaran por esto.
Veamos un poco ahora el juego político y de poder interno al liberalismo, entre el ala conservadora y la socialdemócrata. El neoconservadorismo, o lo que también se conoce como derecha extrema se ha manifestado siempre de manera explicita como anticlasista (a diferencia de la socialdemocracia que si bien también lo es, oculta sin embargo esta condición). Pero en el presente, disminuidas las luchas clasistas, el neoconservadorismo lleva adelante una diáfana lucha contra la “izquierda” arcoíris representada por la ideología woke. Su prédica es explicita y sin tapujos. En cambio, el liberalismo socialdemócrata europeo o el progresismo latinoamericano, ha adoptado, en las últimas décadas, como estrategia para luchar contra el clasismo, el apoyar y fomentar económica, política e ideológicamente a esto que llamamos “izquierda” arcoíris e ideología woke. Es claramente la inocuidad de estos movimientos ideológico-sociales respecto a generar un cambio antisistémico lo que permite este juego promocional. Se canaliza así la protesta, como dije, hacia canales que no comprometen la continuidad del status-quo.
Vale recalcar que la ideología woke solo plantea reinvidicaciones fragmentadas que para lograrlas de ninguna manera implica la abolición del capitalismo, a diferencia de las clásicas posiciones clasistas de los años ´60. Siendo lo woke un enemigo inocuo del capitalismo, no ocurre lo mismo, sin embargo, respecto de aquellos sujetos, prácticas y culturas, sobre las cuales pone su foco y descarga toda su batería de cancelación, escrache y linchamiento. Todo esto con la anuencia y la promoción del poder político y económico liberal-progresista constituido y de turno.
Es por esto que tanto los gobiernos como más primordialmente toda una serie de fundaciones asistidas por el gran capital multinacional, vuelcan una cantidad cada día mayor de recursos para financiar todo tipo de campañas woke. Sin lugar a dudad la vedette es la Open Society Foundation (George Soros). Su manifiesto identitario expresa explícitamente esta intención, argumentándolo obviamente bajo fines humanitarios y con una mirada muy progresista de la realidad: “En América Latina y el Caribe, Open Society Foundations busca impulsar el cambio democrático transformando la creciente preocupación pública por la desigualdad, la corrupción, la violencia y la crisis climática en poderosas iniciativas y alianzas para construir una sociedad abierta y segura”[13]. La Friedrich Ebert Stiftung, Bertelsmann Stiftung, US Agency for International Development (USAID), National Endowment for Democracy (NED), Fundación Atlas para una Sociedad Libre, Fundación Libertad y Progreso, Asociación Familias Diversas de Argentina (AFDA), Plan International, International Family Equality Day, Equal Rights Coalition (ERC), RACI (Cooperación que Fortalece), y FEIM (Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer) son solo algunas de otras tantas fundaciones muy activas en el tema.
Como parte de las prácticas de cancelación y linchamiento, se han venido sucediendo también en los últimos años, toda una serie de denuncias falsas que se multiplican día a día, pero ante lo cual, la sociedad ha comenzado a reaccionar. El 9 de septiembre se ha instituido como el Día Mundial de las Falsas Denuncias, y en Argentina por ejemplo se ha creado el Observatorio de Falsas Denuncias. Dentro del propio feminismo, ya son varias quienes que han comenzado a cuestionar la ilegitimidad de muchas de las denuncias, por cuanto incluso nulifican los verdaderos actos de acoso. Hasta la propia perpetuación del Patriarcado en el presente es cuestionada. Así, Marta Lamas, una histórica feminista mexicana, se pregunta si el “¿acoso es ahora una denuncia legítima o solo una estrategia de victimización?”. Y Roxana Kreimer afirma explícitamente que “el patriarcado no existe más”, y que el propio concepto hoy ya es “vacuo y omniexplicativo”[14].
Lo woke, en conclusión, arraigado teórica e ideológicamente en lo que se identifica como “giro linguistico” e “individualiso metodológico” (liberalismo posmoderno) dice defender y luchar por la “diversidad”, las “disidencias”, pero paradójicamente está representado por prácticas y dispositivos que lindan con la censura, la discriminación y la anulación de todo pensamiento y fundamentación diferente a sus valores. La discriminación positiva los sitúa en lugares de privilegio practicando la segregación hacia el resto. Se sostiene en valores y creencias autopercibidos como progresistas, pero que son profundamente elitistas por cuanto no pueden salir del encierro en sí mismo que los has generado y los sostiene. Prima claramente un principio de gueto, que se autolegitima y se autofortalece en la cancelación al distinto, no importa si este distinto haya cometido una conducta claramente delictiva o simplemente opine diferente.
“Lo que se está imponiendo es un modelo en el que ya sabemos cuál es la verdad y los que no piensen así son herejes y deben ser excluidos y con ellos no se puede hablar ni dialogar. Esto ya no es política, es religión, y sería la tumba de la democracia”[15].
[1] Investigador Principal CONICET, Investigador Adscripto Fund. Bariloche, Profesor Titular UNQ
[2] Mary Eberstadt, por ejemplo, justificando el origen del woke, lo identifican claramente con la necesidad de reconocer los crímenes e injusticias cometidos contra minorías sexuales y raciales; cfr. “Gritos Primigenios”, 2020
[3] Para un análisis y critica m ás profunda del tema de los movimientos sociales y el proceso de la lucha de clases, los remito a mi último libro: “Dialéctica de la conflictividad. Sujetos, clases, contradicciones y antagonismos”, Ed. Extramuros, 2022, http://revista-theomai.unq.edu.ar/Dialectica-de-la-conflictividad_(libro-Completo-440-pag).pdf
[4] José Antonio Marina, “Elogio y refutación del pensamiento woke”, El Panóptico 35, septiembre 2021,
https://www.joseantoniomarina.net/categoria-blog/revista-el-panoptico/numero-35/elogio-y-refutacion-del-pensamiento-woke/
[5] En explicita relación al woke, y aquí vemos las coincidencias, Alfonso Basallo afirma que <Los nuevos oprimidos son ahora las víctimas de la discriminación por su sexo –mujeres-, género –LGTBI-; o raza – negros, latinos- >. “Raices y referentes filosóficos de la cultura woke”. Nueva Revista, número 181. https://nuevarevista.net
[6] Cfr. Daniel Bernabé, “La trampa de la diversidad. Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora”. Akal, 2018
[7] Douglas Murray en “La masa enfurecida” (2028) nos habla de esta inversión al afirmar que la prioridad de las nuevas ideas en EEUU devenidas del posestructuralismo era <minar y derribar, destejer, todo cuanto hasta entonces hubiera tenido visos de certeza, incluidas las certezas biológicas>.
[8] Según Francois Cusset en su “French Theory, Foucault, Derrida, Deleuze y Cia.y las mutaciones de la vida intelectual en Estados Unidos” (2005), son las teorías posestructuralistas, que una vez arribadas a los
[9] Para una ampliación ver, de mi autoría: “Vicisitudes y ambigüedades del concepto `extractivismo´. Una revisión necesaria”. Cuadernos de Trabajo Theomai, número 4 (2020), http://revista-theomai.unq.edu.ar/
[10] Ibram X. Kendi, uno de los principales ideólogos del movimiento woke ha afirmado que “El capitalismo es esencialmente racista; el racismo es esencialmente capitalista”, Cfr. “How to Be an Antiracist” (2019)
[11] Mark Lilla, “El regreso liberal, más allá de la política de identidad”, Debate, 2018.
[12] Daniel Gascón: “Libertad de expresión y cultura de la cancelación”. Nueva Revista, número 181. https://nuevarevista.net
[13] https://www.opensocietyfoundations.org/what-we-do/regions/america-latina-y-el-caribe/es?
[14] Roxana Kreimer: “El patriarcado no existe más”. Buenos Aires, Lectulandia, 2020; Marta Lamas: “¿Acoso ¿Denuncia legítima o victimización?”. México, FCE, 2018.
[15] Pablo Malo, “Los peligros de la moralidad. Por qué la moral es una amenaza para las sociedades del siglo XXI”, Deusto, 2021.




