La victoria argentina ante los británicos

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Una nación puede conservar su fuerza aun después de décadas de retroceso, subordinación y pérdida de confianza. A veces, un acontecimiento inesperado revela aquello que permanecía oculto: una identidad irreverente, una memoria que no pudo ser borrada y una potencia colectiva que todavía busca convertirse en proyecto nacional.

La victoria frente a Inglaterra no fue solamente una revancha por Malvinas; fue una muestra de pasión por lo nuestro. No vamos a reducir una guerra a un partido de fútbol ni a convertir a los jugadores en soldados. Esa victoria no devuelve las islas, no repara la muerte de nuestros combatientes ni modifica por sí sola una relación colonial que continúa vigente. Sin embargo, significa reconocer que existen enfrentamientos deportivos cargados por la historia y que los pueblos también elaboran sus derrotas, sus heridas y sus aspiraciones en el terreno de los símbolos. Demostró que estamos vivos, que arde el amor por la Patria y que reconocemos un territorio ocupado por fuerzas extranjeras.

Argentina perdía y quedaba fuera de la final. Inglaterra había conseguido imponer su ventaja y comenzaba a cerrar el partido. Entonces ocurrió algo profundamente argentino. La Selección rechazó el desenlace que parecía escrito, recuperó la iniciativa y dio vuelta el resultado con los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez. No fue una victoria rutinaria. Fue una rebelión contra lo que parecía inevitable.

Después llegó la bandera: “Las Malvinas son argentinas”.

La reacción británica confirmó que aquel gesto tenía un significado mucho mayor que una celebración deportiva. El gobierno de Keir Starmer respaldó los pedidos para que la FIFA investigara a los jugadores argentinos. La potencia que mantiene ocupado un territorio reclamado por la Argentina consideró ofensivo que los representantes deportivos de nuestro país expresaran una posición sostenida por todos los gobiernos argentinos desde 1833. Peor, hubo complicidad y apoyo del gobierno de turno, Monteoliva, la ministra de seguridad, acordó junto con Inglaterra y la FIFA que no debían llevar banderas, querían borrar nuestra memoria.

La bandera no llamó a la violencia, no despreció al pueblo inglés y no reivindicó la guerra. Recordó una cuestión colonial que el Reino Unido pretende mantener fuera de discusión. Allí estuvo su verdadera transgresión.

Las Malvinas pueden ser mencionadas en los homenajes controlados, en los discursos protocolares y en los aniversarios donde el reclamo queda encerrado en el pasado. El problema comienza cuando aparecen ante millones de personas, cuando la causa recupera vitalidad y cuando una nueva generación demuestra que la ocupación británica no consiguió borrar la memoria argentina.

Por eso fue una revancha. Una revancha simbólica, popular y nacional. No sustituyó al reclamo soberano: lo llevó al centro de la escena mundial.

Inglaterra nunca fue un adversario cualquiera para la Argentina. La relación entre ambos países estuvo atravesada por una disputa desigual entre una potencia imperial y una nación que intentaba controlar su territorio, sus recursos y su desarrollo. Las invasiones de 1806 y 1807, la ocupación de Malvinas en 1833, el bloqueo anglo-francés, el control británico de ferrocarriles, frigoríficos, bancos, servicios y comercio exterior durante buena parte de nuestra historia expresaron distintas etapas de una misma lógica de poder.

Afirmar que Inglaterra quiso destruir a la Argentina requiere comprender qué significa destruir a una nación. Rara vez implica hacerla desaparecer del mapa. Una potencia obtiene mayores beneficios cuando conserva formalmente al país, pero limita su capacidad de decisión. Le resulta útil una Argentina que produzca alimentos y materias primas, que entregue recursos estratégicos, que financie con deuda su propia dependencia y que acepte una posición subordinada en la división internacional del trabajo.

El poder británico no necesitó odiar a la Argentina. Los imperios actúan por intereses. Una Argentina industrial, soberana, integrada con Brasil y capaz de proyectarse sobre el Atlántico Sur afecta intereses concretos. Controla alimentos, energía, agua, minerales, rutas marítimas y una de las principales puertas de acceso a la Antártida. Su debilitamiento facilita que esos recursos y espacios sean administrados desde otros centros de poder.

Malvinas forma parte de ese dispositivo estratégico. Su importancia supera ampliamente la superficie de las islas. La ocupación británica asegura presencia militar en el Atlántico Sur, proyección antártica, control sobre rutas oceánicas y acceso a recursos pesqueros y energéticos. Presentar la controversia como una disputa sentimental por unas islas lejanas sirve para ocultar esta dimensión material.

Gran Bretaña defendió históricamente sus intereses. El problema argentino fue la presencia permanente de sectores internos dispuestos a gestionarlos.

Ninguna estrategia extranjera habría alcanzado tanta profundidad sin socios locales. Dirigentes políticos, grupos económicos, comunicadores e intelectuales aceptaron que la Argentina debía ocupar un lugar secundario. Algunos actuaron por beneficio. Otros fueron formados para creer sinceramente que gobernar con responsabilidad consistía en adaptar el país a las necesidades de las potencias dominantes.

No siempre hace falta comprar a un dirigente cuando previamente se lo educó para admirar al comprador.

Así se construyó una dependencia más profunda que cualquier tratado. La Argentina comenzó a mirarse con los ojos de quienes necesitaban limitarla. Aprendió a considerar sus capacidades como anomalías, su industria como una carga, su soberanía como una exageración y su voluntad de poder como una forma de atraso. Defender el interés extranjero pasó a llamarse sensatez. Defender el interés nacional comenzó a presentarse como aislamiento.

Frente a esa educación para la obediencia, la Selección mostró otra Argentina. El equipo no aceptó la superioridad inglesa como una ley natural. Tampoco respondió con desorden, desesperación o una sucesión de gestos individuales. La remontada fue posible porque la rebeldía estuvo organizada. Hubo talento, pero también conducción. Hubo irreverencia, pero también disciplina. Hubo figuras extraordinarias capaces de subordinar su capacidad personal a una tarea común.

Esa combinación es la clave ya que la irreverencia argentina suele ser observada desde afuera como arrogancia o falta de límites. A veces efectivamente degenera en soberbia, improvisación y desprecio por las normas. También contiene una fuerza creadora que pocas sociedades conservan. Es la negativa a aceptar que una jerarquía tenga razón solamente porque ocupa una posición superior. Es la disposición a mirar al poderoso a los ojos y preguntarle quién decidió que era invencible.

La Argentina produjo ciencia, industria, medicina, literatura, música, pensamiento político y deporte porque muchas veces se atrevió a ingresar en espacios que parecían reservados para los países centrales. Construyó universidades, desarrolló tecnología nuclear y satelital, creó una industria aeronáutica, alcanzó avances médicos reconocidos en el mundo y elaboró una cultura con una capacidad de irradiación desproporcionada respecto de su peso económico actual.

Lo más argentino no es creer que somos mejores que todos. Es negarnos a aceptar que estamos condenados a ser menos.

Esa irreverencia tiene una contracara. La misma sociedad capaz de producir genialidad puede desperdiciarla por su dificultad para construir continuidad. El talento se dispersa. La creatividad se vuelve improvisación. El cuestionamiento a las jerarquías termina impidiendo cualquier conducción. La desconfianza hacia el poder se transforma en incapacidad para organizar poder propio. La viveza individual destruye el esfuerzo colectivo.

La Argentina suele alcanzar lo extraordinario y fracasar en la tarea de sostenerlo. Por eso la disciplina no debe entenderse como sometimiento. Una disciplina nacional no busca apagar el carácter argentino ni convertir a la sociedad en una maquinaria obediente. Consiste en darle dirección a su potencia. Significa organizar el talento, sostener políticas más allá de un gobierno, formar cuadros capaces de defender intereses permanentes y comprender que ninguna obra nacional se construye únicamente con impulsos individuales.

La Selección ofrece una imagen concreta de esa posibilidad. Sus jugadores conservan personalidad, creatividad y confianza. Ninguno necesita renunciar a su identidad para integrar el equipo. Sin embargo, todos comprenden que el talento aislado no alcanza. Existe una conducción reconocida, una estrategia, una preparación y un objetivo compartido. La irreverencia no desaparece: se convierte en una fuerza eficaz.

La política argentina rara vez consiguió reproducir esa síntesis. En la cancha, el argentino cree que puede enfrentar a cualquiera. Fuera de ella, una parte de la sociedad acepta que el país es inviable, que sus recursos deben ser administrados por otros y que cualquier proyecto propio terminará inevitablemente en fracaso. Defiende la camiseta con una convicción que muchas veces pierde cuando debe defender la industria, el territorio, la educación, la ciencia o el trabajo nacional.

La contradicción resulta evidente. Confiamos en nuestros jugadores y desconfiamos de nuestra capacidad como pueblo. Exigimos que once hombres no se sientan inferiores frente a Inglaterra, pero toleramos dirigentes que llegan al gobierno convencidos de que la Argentina debe pedir permiso para tomar sus propias decisiones.

La victoria también importa para América Latina. La Argentina posee una capacidad política y cultural que excede sus fronteras. Sus procesos sociales, sus debates, sus modelos económicos, sus universidades, sus artistas y sus insubordinaciones fueron históricamente observados en toda la región. Cada vez que el país amplió su autonomía, contribuyó a ampliar el margen de maniobra sudamericano. Cada vez que aceptó una posición subordinada, facilitó la fragmentación regional.

Brasil tiene una escala territorial, demográfica, económica e industrial que ningún otro país sudamericano posee. La Argentina aporta recursos, capacidades científicas, influencia cultural, experiencia política y una ubicación estratégica decisiva. Sus fortalezas son complementarias. Una relación sólida entre ambos puede sostener un polo regional con alimentos, energía, industria, minerales, territorio, tecnología y capacidad de negociación internacional.

Esa posibilidad explica muchas de las presiones destinadas a mantener a Sudamérica fragmentada. Una Argentina reducida a exportadora de recursos pierde capacidad para integrarse con Brasil en condiciones soberanas. Un Brasil aislado de la Argentina encuentra mayores dificultades para articular la región. Separados, ambos negocian desde sus necesidades inmediatas. Juntos, pueden intervenir en la construcción del nuevo orden multipolar.

La victoria contra Inglaterra mostró que el carácter argentino continúa vivo. La bandera de Malvinas demostró que también sobrevive la memoria. Pero ninguna de las dos cosas basta.

El orgullo que dura noventa minutos puede producir una celebración. El orgullo organizado a lo largo de varias generaciones puede reconstruir una nación.

La Argentina no necesita moderar su irreverencia para resultar aceptable ante quienes pretenden reducirla. Necesita convertirla en disciplina, conocimiento, producción y voluntad política. Necesita formar ciudadanos capaces de cuestionar el poder extranjero y, al mismo tiempo, cumplir con las responsabilidades que exige una obra colectiva. Necesita dirigentes que no confundan rebeldía con gesticulación ni realismo con obediencia.

La victoria fue una revancha por Malvinas porque devolvió al reclamo argentino una visibilidad que la diplomacia administrada no estaba consiguiendo. Fue también una advertencia sobre nosotros mismos. Mostró la distancia entre el país que aparece cuando el talento acepta una conducción común y el país que se dispersa cuando cada sector juega su propio partido.

La tarea no consiste en apagar aquello que nos vuelve molestos, imprevisibles y capaces de desafiar a quienes se creen superiores. Consiste en educar esa fuerza y ponerla al servicio de la Argentina y de una región con poder propio.

El futuro argentino no depende de fabricar otro pueblo. Depende de convertir el carácter del pueblo que ya existe en una voluntad nacional duradera.

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Ivone Alves García

Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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