Una respuesta identitaria al canon foráneo
En el panorama audiovisual argentino reciente, pocas producciones han logrado
condensar con tanta potencia una respuesta artística propia a los cánones
impuestos por la industria cultural hegemónica como «El Eternauta». Frente a la
tendencia de ciertos sectores intelectuales y mediáticos locales a erigir a Francia y
Estados Unidos como «referentes morales» de un occidente pontificio —replicando
acríticamente sus diagnósticos sobre problemáticas como el racismo o la xenofobia
en nuestra sociedad—, la serie opera como un espejo invertido: no niega las
tensiones, pero las inscribe en una trama identitaria que trasciende la mera
denuncia.
Lo excepcional de «El Eternauta» reside, precisamente, en su capacidad para
construir una narrativa que no necesita forzar la inclusión para resultar diversa. La
presencia de personajes como una mujer venezolana, en el personaje de Inga y un
hombre chino, en el personaje de Pablo, no responde a un cálculo de
representatividad impostada, sino que emerge naturalmente de una trama donde la
supervivencia colectiva vuelve secundarias las diferencias de origen. El momento en
que ambos son reclutados por el ejército resulta paradigmático: no hay conflicto
identitario, no hay reivindicación particularista. Comprenden, simplemente, que el
mundo ha dejado de existir, que está roto, y que lo único que sigue funcionando es
la brújula —y esa brújula señala hacia los valores comunitarios, hacia la necesidad
de seguir con la manada.
El concepto de «manada»: comunidad frente a individualismo
Es precisamente este concepto de manada lo que dota a la serie de su dimensión
más trascendental. A diferencia del héroe individualista del cine estadounidense,
cuya epopeya suele consistir en la afirmación de su singularidad frente al colectivo,
en «El Eternauta» cada personaje tiene un lugar al que pertenece, una comunidad a
la que debe retornar. Pero la serie no reniega de esa particularidad: por el contrario,
afirma que solo es posible alcanzar esos destinos individuales actuando unidos.

Este principio comunitario se manifiesta en múltiples capas de la narración. Desde la
escala doméstica (la casa como primer refugio) hasta la barrial (el territorio conocido
como espacio de resistencia) y, finalmente, la nacional (el cuartel como plataforma
para la ofensiva), la serie traza un movimiento expansivo de lo íntimo a lo colectivo,
donde las relaciones sociales quedan determinadas no por jerarquías
preestablecidas, sino por las dimensiones y circunstancias que habitan los
protagonistas.
Religión, marginalidad y asistencia: el contrapunto con Hollywood
Otro de los contrastes más reveladores con la producción estadounidense es el
tratamiento de lo religioso. En «El Eternauta» no hay lugar para la locura mesiánica
ni para la figura del elegido por designio divino. En su lugar, encontramos una
espiritualidad difusa pero operante, que se manifiesta en actos concretos de
asistencia y convivencia: la relación con personas en situación de calle, el
reconocimiento del abandono que sufren los veteranos de guerra, la protección de
una mujer y su bebé frente a los cascarudos.
Esta sensibilidad no es casual. Responde a una matriz cultural donde lo sagrado no
se escinde de lo cotidiano, y donde la trascendencia se juega en el vínculo con los
más vulnerables. Frente al mesianismo redentor de Hollywood —que suele transferir
el poder mágico a individuos excepcionales, confundiendo destino con deber y
reduciendo este último a la mera subordinación—, la serie propone una epopeya
coral donde la salvación es, ante todo, colectiva.
- El tren como símbolo: temporalidad y espacio en la ciencia ficción argentina
La presencia del tren en el último capítulo del «El Eternauta» merece un análisis
específico. Este elemento, prácticamente ausente en el imaginario cinematográfico
estadounidense, posee en la tradición argentina una carga simbólica singular.
Remite no sólo a una infraestructura que alguna vez articuló el territorio nacional,
sino también a una concepción particular del tiempo y el espacio. La referencia a
«Moebius» (película de 1996 dirigida por Gustavo Mosquera) no es ociosa: en ambos
casos, el tren opera como vehículo de una experiencia temporal fantástica, como
umbral hacia dimensiones donde las leyes físicas conocidas se suspenden.
Esta recurrencia del elemento temporal en la ciencia ficción argentina —visible
también en películas como «555»— constituye una verdadera excepción dentro del
género. Mientras Hollywood aborda el tiempo como un escenario a dominar o un
enemigo a vencer, aquí se presenta como una dimensión que envuelve la acción,
que condiciona las decisiones de los protagonistas sin anular su agencia. El
descubrimiento y desciframiento de las paradojas temporales forman parte de la
epopeya, pero no conducen a una resolución triunfalista: invitan, más bien, a una
reflexión sobre el carácter cíclico de ciertos procesos históricos y existenciales.
Realismo mágico y paradoja cuántica: hacia una ciencia ficción con arraigo
Lo anterior permite inscribir a «El Eternauta» en una tradición más amplia: la del
realismo mágico latinoamericano, pero filtrado por una sensibilidad científica que
encuentra en la física cuántica un repertorio de metáforas productivas. La nieve
tóxica, los insectos gigantes, los alienígenas y las visiones no son meros recursos
efectistas, sino expresiones de un surrealismo autóctono que busca envolver al
espectador en una atmósfera de trascendencia local. Se trata de la construcción de
una mitología propia, de un metarrelato capaz de competir con los imaginarios
globales sin renunciar a sus coordenadas específicas.

Frente al absolutismo materialista de gran parte del cine norteamericano —que corta
toda vinculación espiritual con lo mágico para transferir su poder a los protagonistas
humanos en clave mesiánica—, la serie argentina propone un vínculo más
complejo: lo sobrenatural no se posee, se habita; no se domina, se padece; pero
también puede, eventualmente, comprenderse y, en esa comprensión, vislumbrarse
una salida.
El nombre del héroe: «Eternauta» como profecía
Quizás el aspecto más profundo de la serie resida en su propio título. A diferencia
de los nombres de los superhéroes estadounidenses —que remiten a cualidades
visibles del personaje: el murciélago que encarna el miedo de Batman, la ‘S’ de
Superman como símbolo de esperanza, la linterna que ilumina la oscuridad—, el
término «Eternauta» no designa ninguna característica que pueda contemplarse
directamente en el protagonista. Su significado solo se revela a través de la totalidad
de la historia, de la forma en que esta nos invita a vivirla y, finalmente, a percibirnos
a nosotros mismos.
El relato comienza de manera urobórica: por el final. Ese final es inmediatamente
olvidado por el espectador, interpretado como un mero recurso narrativo de
apertura. Pero a medida que avanza la trama, emerge como una advertencia, como
una predisposición a ser y convertirnos, nosotros también, en eternautas. El
elemento cíclico no es aquí un artificio formal, sino la expresión de una experiencia
histórica profundamente argentina: la recurrencia de ciertos debates, rencores y
divisiones que atraviesan generaciones, impidiendo la construcción de un proyecto
soberano de futuro.
Romper el ciclo: política, tiempo y destino colectivo
La brutalidad del cine estadounidense suele obsesionarse con explicitar estos
defectos, con señalarlos desde una soberbia que se pretende redentora. «El
Eternauta», en cambio, sostiene un discurso profético (no mesiánico) sobre el efecto
del defecto y la posibilidad de vencerlo. Nos recuerda que, aún cuando todo parece
perdido, no se puede escapar a lo inevitable —pero que enfrentarlo significa,
precisamente, arriesgarse a romper el ciclo.
En un contexto político donde prolifera la negación de la ayuda por presuponer lo
peor de quien la recibe, donde se desiste de levantar instituciones por anticipar su
corrupción, donde se desinvierte en ciencia e industria por considerarlas un gasto
estéril, la serie adquiere una actualidad punzante. El ciclo que hay que romper es el
de ser «cola de león», vagón del desarrollismo ajeno, granero del mundo o joya de
una corona imperialista. Se trata, en definitiva, de retornar al sendero del destino
soberano de nuestra patria y nuestro pueblo.
«El Eternauta» no es una serie excepcional por sus efectos especiales, su
presupuesto o su fidelidad al material original. Lo es porque logra articular, desde la
ciencia ficción, una reflexión profunda sobre la identidad, la comunidad y el tiempo
en la Argentina contemporánea. Frente a los prejuicios importados y las miradas
foráneas que pretenden dictarnos qué debemos ver en nosotros mismos..
Autor: Joshua Lentulus Aivazian
Referencias
Mosquera, G. (Director). (1996). Moebius [Película]. Argentina.
Oesterheld, H. G. (1957-1959). El Eternauta [Historieta]. Editorial Frontera.
Solanas, F. (Director). (2025). El Eternauta [Serie]. Netflix Argentina.




