Lo que Rusia y América Latina tienen para decirse sobre soberanía, y por qué esa relación no se sostiene solo con petróleo
Por Ivone Alves García
Podría pensarse que la relación entre Rusia y América Latina se juega en el petróleo, en las armas o en los votos de Naciones Unidas. Es real, pero es la parte más chica. Lo que sostiene una relación entre dos mundos que todavía se conocen poco no son los contratos: es cuánto entiende uno del otro.
Cuando se habla de un mundo multipolar, casi siempre se piensa en lo mismo: comercio, energía, armas, alianzas militares, votos en foros internacionales. Rara vez se piensa en algo mucho más simple, y sin embargo más determinante a largo plazo: cuánto sabemos, en concreto, unos de otros.
Para entender qué puede unir hoy a Rusia y a América Latina conviene empezar por una pregunta previa: qué significa la soberanía para Rusia, y por qué esa idea encuentra una recepción particular en nuestra región.
En su sentido jurídico más elemental, un Estado es soberano porque tiene territorio, instituciones, fronteras reconocidas y capacidad formal de decidir sobre sus propios asuntos. Para Rusia esa definición se queda corta. Su historia se construyó, durante siglos, sobre un territorio inmenso, atravesado por pueblos, lenguas y religiones distintas, con invasiones, fragmentaciones y momentos en que estuvo en juego la existencia misma del Estado. La invasión napoleónica de 1812, la Gran Guerra Patria contra la invasión nazi, la desaparición de la Unión Soviética y la crisis de los años noventa son episodios muy distintos entre sí, pero dejaron una misma lección: cuando el Estado pierde capacidad de decisión, el costo para la población es enorme. De ahí que, cuando Rusia habla hoy de soberanía, no hable solamente de fronteras, sino de la capacidad de definir un modelo de desarrollo propio, preservar una identidad cultural, sostener una política exterior autónoma y conservar el control de sus capacidades científicas y sus recursos estratégicos.
Esa idea aparece de manera explícita en el propio pensamiento oficial ruso. La Concepción de Política Exterior aprobada en 2023 define a Rusia como un «Estado-civilización» singular, resultado de una experiencia histórica propia y de la convivencia secular de pueblos, culturas y religiones distintas. Rusia no se piensa simplemente como europea ni como asiática: se piensa como una formación histórica propia, con una experiencia estatal y civilizatoria particular. Esto no implica aceptar sin más cada interpretación que Rusia hace de sí misma. Implica algo más elemental: para comprender a un país hay que partir de cómo ese país interpreta su propia historia.
Ahí aparece un primer punto de contacto con América Latina, porque nuestra región tiene su propia y larga discusión sobre soberanía y autonomía. Los países latinoamericanos conquistaron su independencia política en el siglo diecinueve, pero desde entonces convive con otra pregunta: hasta qué punto la independencia jurídica equivale a capacidad real de decisión. América Latina conoce de memoria la diferencia entre independencia formal y autonomía efectiva, en lo económico, en lo financiero, en la política exterior, en el acceso a la tecnología y en lo cultural.
De ahí que el concepto realmente útil para la región no sea la soberanía en abstracto, sino la autonomía estratégica: la capacidad de relacionarse con Estados Unidos, con Europa, con China, con Rusia, con India, con África y con los propios vecinos, sin que un vínculo excluya a los demás. No es aislamiento ni es reemplazar una dependencia por otra: es aumentar el número de opciones disponibles. Ahí la multipolaridad adquiere sentido concreto para América Latina: cuantos más centros políticos, económicos y culturales existan en el sistema internacional, mayor es el margen de negociación para países que históricamente ocuparon posiciones periféricas.
Pero hay una dimensión de la multipolaridad que casi siempre queda relegada frente al comercio, la energía o la defensa: no existe una relación estratégica duradera entre sociedades que apenas se conocen. Durante décadas, el conocimiento latinoamericano sobre Rusia estuvo mediado casi por completo por interpretaciones producidas en Estados Unidos o Europa occidental. En Rusia ocurre algo parecido con América Latina, asociada muchas veces a un puñado de líderes o de estereotipos. Se habla cada vez más de cooperación entre ambas regiones mientras el conocimiento recíproco entre las sociedades sigue siendo, en los hechos, bastante limitado.
Ese problema no se resuelve solo con acuerdos entre cancillerías. Se resuelve con universidades que trabajen juntas, estudiantes que aprendan ruso y estudiantes rusos que aprendan español y portugués, traducción de libros, intercambios científicos y medios capaces de trabajar directamente entre las dos regiones, sin intermediarios. Lo hemos comprobado de manera directa a través de cursos de lengua rusa, proyectos universitarios y programas de intercambio: cuando una persona empieza a estudiar un idioma, deja de relacionarse con un país solo a través de una imagen externa, y empieza a entrar en contacto con su literatura, su historia y sus debates. Por eso el idioma también es una cuestión estratégica, no en sentido militar sino en términos de autonomía intelectual: cuantas más lenguas conocemos, menos intermediarios necesitamos para comprender el mundo. Lo mismo vale para la información. Una multipolaridad real necesita también una circulación multipolar del conocimiento; si cambia la estructura económica del mundo pero toda la información sigue circulando por los mismos centros de siempre, la transformación queda incompleta.
Venezuela ocupa, en ese sentido, un lugar particular. Su relación con Rusia adquirió en las últimas décadas una densidad política, económica e institucional mayor que la de buena parte de la región, al punto de aparecer mencionada expresamente, junto con Brasil, Cuba y Nicaragua, en la Concepción de Política Exterior rusa de 2023 como uno de los países con los que Moscú busca profundizar una relación multidimensional. Precisamente por eso, instituciones como una Casa Rusa pueden cumplir un papel que excede lo bilateral: ser un espacio de encuentro entre sociedades, donde nazcan proyectos universitarios, se estudie el idioma y se discutan las propias historias sin la obligación de mirarse siempre a través de terceros.
Ese es, a mi entender, uno de los desafíos centrales de esta etapa. La relación entre Rusia y América Latina no debería depender solo de determinados gobiernos, de una coyuntura internacional o de una crisis geopolítica puntual. Para volverse verdaderamente estratégica necesita raíces propias, entre universidades, instituciones culturales, científicos, empresas y organizaciones de la sociedad civil. Los gobiernos cambian, las coyunturas cambian, los precios internacionales cambian; los vínculos entre sociedades, cuando existen, sobreviven a esos cambios.
La multipolaridad, entonces, no consiste solamente en que aparezcan nuevas potencias. Consiste también en que aparezcan nuevas posibilidades de relación entre sociedades que durante mucho tiempo estuvieron conectadas apenas a través de un puñado de centros mundiales. Para América Latina eso significa ampliar su autonomía. Para Rusia, profundizar el vínculo con una región con la que no tiene historia colonial ni disputas territoriales. Y para ambas partes significa reconocerse como sociedades con historia propia, sin necesidad de ser idénticas para cooperar.
Soberanía no significa encerrarse. Significa poder relacionarse con el mundo desde una posición propia. Ese es, me parece, el punto exacto en el que hoy pueden encontrarse Rusia y América Latina.
Nota: este texto recoge y desarrolla los conceptos centrales de mi exposición en la conferencia «Rusia y América Latina en el mundo multipolar», organizada por la Casa Rusa de Caracas el 4 de septiembre de 2026, junto al analista Marcelo Ramírez.




