Mientras miramos el Mundial, el mundo se prepara para la guerra. Occidente concentra la atención pública en el espectáculo deportivo mientras Rusia, China e Irán observan un escenario internacional al borde de una confrontación mayor. En un mundo atravesado por tensiones nucleares, crisis energética, alianzas militares y disputa por el nuevo orden global, resulta llamativo cómo la opinión pública es orientada a mirar únicamente el arco donde entra la pelota. Mientras el fútbol ocupa toda la pantalla, hay algo que se deja de mirar.
El 5 de febrero de este año expiró el Nuevo START, el tratado que desde 2011 limitaba a 1.550 las ojivas nucleares estratégicas desplegadas y a 800 los sistemas de lanzamiento de Estados Unidos y Rusia, las dos potencias que juntas concentran más del 80% del arsenal atómico mundial. Firmado en Praga en 2010 por Obama y Medvédev, había sido prorrogado por última vez en enero de 2021, con fecha de vencimiento fijada para este mismo 5 de febrero. Rusia ya venía incumpliendo parte del acuerdo desde 2023, cuando suspendió las inspecciones mutuas en respuesta al apoyo militar occidental a Ucrania, pero insistía en que seguía respetando los topes numéricos. Trump y Putin se reunieron en Budapest sin resolver el punto, y Washington puso una condición que Moscú nunca aceptó del todo y que Pekín rechazó de plano: incorporar a China a cualquier acuerdo trilateral, algo que el gobierno chino considera injusto mientras su arsenal —unos 550 lanzadores frente a los 800 de cada una de las otras dos potencias— siga siendo sensiblemente menor. El resultado es que, por primera vez desde 1972, no existe ningún límite legal verificable sobre cuántas armas nucleares pueden desplegar Washington y Moscú. La noticia ocupó portadas durante un día y desapareció de la agenda.
Tres semanas después, el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel atacaron de forma conjunta objetivos en Irán. Para Teherán no fue el inicio de una guerra sino la continuación de una hostilidad que ya incluye más de una década de sanciones económicas, sabotajes a instalaciones nucleares y asesinatos selectivos de científicos y comandantes. El ataque involucró además, de manera directa o indirecta, a Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin, Omán, Irak, Siria y Pakistán, extendiendo la tensión a buena parte del golfo Pérsico. China respaldó públicamente la soberanía iraní frente a lo que Pekín definió como injerencia extranjera, y llamó a otros países de la región a sumarse a ese reclamo. Rusia, por su parte, viene sosteniendo a Irán como uno de los pilares de su alianza euroasiática, junto con China, en un eje que Washington identificó formalmente este año, en su nueva Estrategia Antiterrorista, como una red de actores estatales que facilitan amenazas híbridas y apoyo encubierto contra Estados Unidos.
En Ucrania, la guerra entra en su quinto año sin resolución de fondo. Zelenski llevó a Washington una propuesta de veinte puntos que incluye la desmilitarización de zonas del este del país; Putin respondió, en un acto público el 17 de diciembre pasado, que si Kiev y sus aliados abandonan la mesa de negociación tomará por la fuerza los territorios que reclama. La Unión Europea extendió sus sanciones contra Rusia hasta mediados de este año. Y en julio, mientras el Mundial llega a sus instancias decisivas, la OTAN se reúne en Ankara en una cumbre que se anticipa como una de las más tensas de su historia reciente. Francia y Alemania reintrodujeron el servicio militar voluntario este año; Croacia lo volvió obligatorio; Polonia y las repúblicas bálticas se acercan al 5% de su PBI en gasto de defensa, una cifra que hace apenas una década hubiera sonado desmedida incluso para los sectores más halcones de sus propios gobiernos. Moscú no interpreta ese rearme como una respuesta defensiva puntual: lo lee como la confirmación de que la OTAN nunca detuvo su expansión hacia territorio que Rusia considera su zona de seguridad directa, ni siquiera en medio de negociaciones de paz. Es la misma lectura que sostiene desde la anexión de Crimea en 2014, y cuatro años de guerra no la modificaron: la reforzaron.
China observa este momento con otra cadencia. Mantiene su presión militar sobre el estrecho de Taiwán con maniobras navales y aéreas que simulan bloqueos y desembarcos, sin apuro por forzar un desenlace inmediato. No necesita una guerra ahora: necesita que el desgaste de Estados Unidos sostenido en tres frentes a la vez —Ucrania, Medio Oriente y su propia política interna, marcada por el retiro cada vez más probable de Antonio Guterres al frente de la ONU y la disputa por su sucesión— reduzca el margen de Washington para reaccionar con la misma intensidad en el Pacífico. Cada tratado que vence sin reemplazo, cada cumbre europea que termina en más gasto militar que acuerdos, es leído en Pekín como una prueba adicional de que el orden diseñado por Estados Unidos después de 1991 sigue perdiendo la centralidad que tuvo durante tres décadas.
Entender por qué actúan como actúan requiere escuchar esa lectura en sus propios términos, con sus propias fechas y sus propios hechos verificables, no traducirla automáticamente al lenguaje con el que suele describírselos desde afuera. Mientras tanto, el Mundial sigue su curso: entre el 9 y el 19 de julio se define todo, desde los cuartos de final hasta la copa. En ese mismo lapso, la cumbre de la OTAN en Ankara ocupará una fracción mínima del tiempo de aire que cualquier semifinal. Eso no vuelve más importante al fútbol ni más grave al mundo. Solo confirma, otra vez, hacia dónde decidimos mirar.




