Una perspectiva sudamericana sobre el Foro Internacional “DIÁLOGO SOBRE LOS FAKES 4.0”.
El Foro Internacional “Diálogo sobre los Fakes 4.0” , celebrado el 22 de septiembre de 2026 en Moscú, en el Centro Nacional “Rusia”, que reunió a una audiencia internacional de 2.000 verificadores de datos procedentes de 80 países, entre políticos, expertos y profesionales de los medios de comunicación se dieron cita para debatir el importante reto que supone hacer frente a la información falsa y engañosa. Este encuentro no fue simplemente un evento sobre verificación de datos, medios digitales o comunicación pública. Fue una señal política e intelectual de que la disputa por la verdad ha entrado en una nueva fase histórica. La propia página oficial del foro lo presentó como un espacio internacional con participación de representantes de autoridades federales rusas, expertos internacionales, medios de comunicación y miembros de la comunidad empresarial, con sesiones transmitidas en ruso, inglés, español, y otros idiomas.

Desde una mirada sudamericana, lo más relevante del foro fue su concepto estratégico de fondo: la defensa de la soberanía cognitiva. No se trata únicamente de responder a noticias falsas aisladas, sino de comprender cómo se fabrica, distribuye y administra la percepción colectiva. En un mundo donde la información se ha convertido en infraestructura de poder, la soberanía ya no puede reducirse solamente al territorio, las fronteras, los recursos naturales o las fuerzas armadas. Hoy también implica la capacidad de una sociedad para pensar con sus propias categorías, jerarquizar hechos, distinguir entre información y manipulación, y defender su derecho a interpretar la realidad desde su propia experiencia histórica.

Tadeo Casteglione (Jefe Redactor de PIA) y Carlos F. Mamani Aliaga (Corresponsal de AsiaTv en Rusia). Ambos asistentes al foro internacional “Diálogo sobre los Fakes 4.0”, en calidad de miembros expertos de GFCN.
La gran novedad en esta edición 2026 del foro antifake, fue la intervención por primera vez, del ministro de Asuntos Exteriores de la Federación de Rusia, Serguéi Lavrov , durante la ceremonia de apertura del foro en el Gran Salón de Conciertos del Centro Nacional Rusia, y que tuvo precisamente ese sentido estratégico. Dicha intervención se realizó antes de la sesión plenaria dedicada a la cooperación internacional en la esfera informativa y al concepto de soberanía cognitiva. El desarrollo de esta nota se hará principalmente en función a la magistral disertación del canciller ruso.

Discurso de apertura del foro anti fake a cargo de las palabras de Sergey Lavrov, Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa.

El punto de partida es claro: la desinformación contemporánea no opera solamente mediante mentiras visibles. Opera también degradando la atención, la memoria, el juicio y la voluntad política de las sociedades. En este sentido, uno de los fragmentos más profundos del discurso de Lavrov planteó que:
“La atención funciona como una disciplina y se debilita cuando toda la experiencia cultural premia el salto inmediato hacia el estímulo siguiente. El resultado político es profundo y quien pierde la capacidad de seguir una explicación compleja necesita que el mundo sea reducido a consignas simples como bueno o malo, héroe o traidor, víctima u opresor, demócrata o fascista, Occidente o dictadura. La consigna reemplaza al argumento y la política se convierte en administración emocional de masas.”

Esta idea resulta fundamental para América Latina. Nuestros pueblos no solo han sufrido intervenciones militares, golpes de Estado, endeudamiento externo o dependencia económica. También han padecido una larga colonización narrativa. Durante décadas, los grandes centros mediáticos occidentales han explicado nuestras crisis, nuestros gobiernos, nuestras alianzas y nuestras rebeldías desde categorías externas. Lo que no encaja en la narrativa dominante suele ser presentado como atraso, autoritarismo, populismo, extremismo o desinformación. La lucha por la verdad, por tanto, es también una lucha por el derecho de los pueblos a pensar desde sí mismos.
La desinformación moderna no necesita convencer profundamente a todos. Le basta con administrar la atención. Por eso resulta tan importante el concepto de “estupidez funcional”, entendido no como falta de inteligencia individual, sino como debilitamiento del pensamiento autónomo:
“Así se configura la estupidez funcional. Una persona puede conservar aptitudes laborales y, al mismo tiempo, renunciar al pensamiento autónomo, adoptando opiniones prefabricadas, repitiendo frases, defendiendo posiciones que nunca investigó, indignandose por el asunto que el algoritmo presentó esa mañana y que olvidará cuando llega la polémica siguiente. La economía necesita individuos capacitados para producir y consumir. El poder se beneficia cuando esos mismos individuos carecen de interés, tiempo o hábitos para comprender.”

Alexandre Guerreiro (Portugal) y Ricardo Cartaya (Venezuela), expertos de GFCN.
Este fenómeno es políticamente devastador porque produce sociedades técnicamente capacitadas, pero estratégicamente desarmadas. El ciudadano puede trabajar, consumir, pagar impuestos, votar, opinar en redes sociales y reaccionar emocionalmente ante cada escándalo mediático, pero al mismo tiempo perder la capacidad de reconstruir relaciones causales profundas entre economía, poder, propiedad, tecnología, instituciones e intereses geopolíticos.
Aquí aparece otra transformación decisiva: el desplazamiento del ciudadano por el consumidor. En palabras de Lavrov: “La identidad política fue desplazada progresivamente por una identidad de consumidor. La pregunta acerca de la sociedad que se desea construir cedió terreno ante otra pregunta más inmediata y urgente como saber qué puedo comprar. Una casa, un automóvil, un teléfono de última generación, viaje, ropa, cuerpo, experiencias, restaurantes, seguidores. Toda la vida comienza a medirse mediante signos externos de éxito y el horizonte existencial se reduce a la acumulación privada.”
Esta mutación cultural es central para comprender la crisis de soberanía cognitiva. Un ciudadano piensa en destino colectivo; un consumidor piensa en satisfacción individual. Un ciudadano se pregunta por soberanía, educación, infraestructura, justicia social, industria nacional, ciencia, seguridad y futuro. Un consumidor compara precios, marcas, experiencias, cuerpos, estilos de vida y signos externos de éxito. La desinformación encuentra terreno fértil allí donde la vida pública ha sido reducida a impulsos privados.

Juan Antonio Aguilar (España) y Leonid Savin (Rusia), destacados expertos en geopolítica asistentes al foro anti fake.
Por eso la batalla contra los fakes no puede limitarse a una tarea técnica. Verificar datos es necesario, pero insuficiente. El problema más profundo es cultural y civilizatorio. La tragedia misma puede ser absorbida por el flujo banal de estímulos digitales:
“La empatía es otro factor que también se deteriora cuando el individuo se convierte en espectador permanente. Una guerra, un asesinato, una catástrofe, un niño herido o una persona humillada aparecen dentro del mismo flujo que una publicidad, un baile o un animal gracioso y la sucesión elimina de esta manera el contexto moral. La tragedia se vuelve otro estímulo y el gesto de deslizar el dedo o el mouse reemplaza el tiempo necesario para comprender. La habituación al horror no convierte automáticamente a las personas en crueles, produce algo más extendido como es una sensibilidad saturada que reconoce el sufrimiento y continúa de inmediato hacia otra cosa.”
Desde Sudamérica, esta observación tiene una importancia especial. Nuestra región vive bajo una permanente sobrecarga de crisis: violencia, desigualdad, corrupción, narcotráfico, migración, precariedad laboral, endeudamiento, inflación, golpes blandos, lawfare (guerra jurídica), crisis institucionales y dependencia tecnológica. Sin embargo, muchas veces esas crisis son consumidas como episodios separados, sin memoria histórica ni conexión estructural. La tragedia se vuelve noticia, la noticia se vuelve tendencia, la tendencia se vuelve olvido.
En ese marco, la guerra cultural funciona como una poderosa distracción del poder real.
“La dispersión de la atención se combina con la división horizontal de la sociedad. Generaciones, identidades, estilos de vida, tribus culturales y comunidades digitales hablan principalmente consigo mismas. Cada grupo recibe un lenguaje, un repertorio de agravios y un conjunto de enemigos. La sociedad puede discutir política durante todo el día sin discutir el poder real, quién posee los recursos, quién decide las inversiones y los destinos, quién se apropia de la productividad, quién controla la infraestructura y quién fija las reglas.”
Esta es una de las claves de la dominación contemporánea. La sociedad puede discutir permanentemente, indignarse diariamente y sentirse políticamente activa, pero sin tocar las estructuras materiales del poder. Puede hablar de símbolos, identidades, etiquetas, emociones y escándalos, mientras permanecen fuera del debate las preguntas centrales: quién controla la infraestructura digital, quién posee los datos, quién financia las plataformas, quién define los algoritmos, quién jerarquiza la información y quién decide qué narrativas serán legitimadas o canceladas.
El capitalismo corporativo comprendió rápidamente esta dinámica. Puede adaptarse a la revolución simbólica sin alterar sus relaciones de poder:
“El capitalismo corporativo comprendió con rapidez que podía absorber esa revolución simbólica. Una empresa puede exhibir diversidad impecable y mantener condiciones laborales abusivas. Puede pintar su logotipo con los colores de una causa, evitar impuestos y aumentar la concentración de mercado, incorporar todas las identidades imaginables a una publicidad sin alterar quién posee la empresa. La representación modifica imágenes y oportunidades individuales, la transformación material modifica relaciones de poder. Confundir ambas escalas permite presentar adaptación cultural como cambio estructural.”
Aquí aparece otro problema directamente vinculado con la desinformación: la censura social mediante etiquetas. No siempre hace falta prohibir formalmente una idea. A veces basta con volverla moralmente sospechosa, profesionalmente riesgosa o socialmente costosa.
“La fragmentación identitaria incorpora además una forma de vigilancia social porque el control circula entre ciudadanos mediante costos reputacionales, escarnio público, aislamiento profesional y expulsión de determinados espacios. Una etiqueta puede sustituir al argumento. Palabras como racista, misógino, transfóbico, fascista o negacionista, aplicadas como cierres automáticos, interrumpen discusiones que deberían resolverse examinando hechos y razonamientos. El miedo a la sanción genera autocensura y empobrece la capacidad colectiva de formular preguntas difíciles.”
Este punto resulta esencial para entender por qué el fact-checking no debe convertirse en una herramienta de censura ideológica. Una verificación de hechos legítima debe examinar datos, fuentes, contexto, documentos, imágenes, discursos y evidencias. Pero cuando la etiqueta sustituye al razonamiento, el fact-checking puede ser capturado por la lógica del poder: no busca esclarecer la verdad, sino clausurar la discusión.
El Foro Internacional “Diálogo sobre los Fakes 4.0” colocó esta problemática en un plano global. La página oficial del foro describió sesiones dedicadas a fake news, deepfakes, contenido manipulativo, inmunidad frente a la desinformación, cooperación internacional y soberanía cognitiva. En ese contexto, Rusia intenta posicionarse no solo como un actor que responde a campañas informativas contra sus intereses, sino como un centro de articulación internacional para discutir la arquitectura informativa del mundo multipolar, en donde múltiples actores son afectados por estas campañas de desinformación permanente en el marco de una verdadera guerra global.
La manipulación contemporánea se basa precisamente en la saturación, la velocidad y la amnesia:
“La manipulación contemporánea opera sobre esa debilidad. Convencer profundamente a toda la población resulta innecesario, administrar su atención es suficiente. Un escándalo desplaza al anterior, una guerra borra otra guerra, una polémica cultural domina cuarenta y ocho horas y una provocación deliberada controla la conversación durante varios días. La saturación produce amnesia y cada acontecimiento parece comenzar desde cero porque no existe memoria suficiente para conectarlo con una secuencia.”
Este mecanismo explica por qué muchas sociedades pueden estar hiperconectadas y, al mismo tiempo, ser incapaces de construir memoria política. La información no desaparece; se vuelve inútil porque llega fragmentada, descontextualizada y subordinada al ritmo emocional de las plataformas. En América Latina, este fenómeno se observa con claridad: cada crisis parece empezar desde cero, cada campaña mediática borra la anterior y cada indignación colectiva dura hasta que el algoritmo impone un nuevo objeto de atención.
La inteligencia artificial vuelve todavía más urgente esta discusión. No estamos ante una simple herramienta tecnológica, sino ante una transformación capaz de alterar la estructura misma de la economía, la cultura, la educación, la guerra y la administración pública:
“La inteligencia artificial vuelve visible la gravedad del problema. Esta tecnología puede alterar el mercado laboral, la educación, la administración, la producción intelectual, la cultura, la guerra y la estructura económica. Una sociedad políticamente despierta debería discutir quién será propietario de los sistemas, quién se apropiará del aumento de productividad, cómo se distribuirán los ingresos y qué ocurrirá cuando una empresa que necesitaba mil trabajadores pueda funcionar con cien.”
Sin soberanía cognitiva, la inteligencia artificial puede convertirse en una nueva infraestructura de dependencia. Si los datos, los modelos, los servidores, las plataformas, los sistemas de recomendación y los criterios de verificación quedan concentrados en unos pocos centros geopolíticos, el Sur Global corre el riesgo de ser nuevamente narrado, clasificado, corregido y administrado desde afuera.
Por eso Rusia, al impulsar espacios como “Diálogo sobre los Fakes 4.0”, intenta colocarse a la vanguardia de una discusión que excede la coyuntura. No se trata solamente de denunciar campañas mediáticas contra Moscú. Se trata de plantear una pregunta mayor: ¿quién controla las condiciones de posibilidad del pensamiento público? En esa pregunta se cruzan geopolítica, tecnología, diplomacia, inteligencia estratégica, educación, cultura, medios de comunicación y soberanía nacional.
Para América Latina, participar en este debate no es un lujo intelectual. Es una necesidad histórica. Una región que ha sido narrada demasiadas veces desde afuera debe formar sus propios analistas, periodistas, plataformas, archivos, redes de verificación y criterios de interpretación. La soberanía cognitiva significa precisamente eso: no aceptar pasivamente los filtros de otros, no reducir la realidad a consignas prefabricadas y no confundir libertad de información con dependencia algorítmica.
La conclusión más fuerte de este enfoque expuesto por el canciller ruso puede resumirse en el siguiente fragmento:
“La dominación más eficaz construye una sociedad en la que pensar parece aburrido, innecesario o demasiado difícil. El poder no necesita ser amado ni convencer a todos de que las cosas funcionan. Le alcanza con una población distraída, individualizada, cansada y persuadida de que nada importante depende de ella. Es suficiente con que quienes podrían cuestionar la estructura combatan entre sí, que quienes perciben el problema se sientan solos y que la indignación sea intensa pero fragmentaria.”
Esta es la verdadera dimensión de la lucha contra la desinformación. No basta con desmentir un dato falso. Hay que reconstruir la capacidad social de pensar, recordar, jerarquizar, vincular hechos, sostener argumentos y actuar colectivamente. La desinformación no es solo una mentira: es una arquitectura de distracción, fragmentación y desmovilización.
Desde una perspectiva sudamericana, el foro de Moscú debe ser comprendido como parte de una batalla mayor por un orden informativo más plural, más equilibrado y verdaderamente multipolar. Frente al monopolio narrativo de los grandes centros mediáticos occidentales, la soberanía cognitiva aparece como una condición indispensable de la soberanía política. Y en esa batalla, Rusia no solo denuncia la guerra informativa contemporánea desatada por el occidente colectivo: intenta organizar una respuesta internacional coherente frente a uno de los principales instrumentos de poder del siglo XXI: el control de la información, la atención y la percepción colectiva.

At the anti-fake news forum, GFCN Director Vladimir Tabak announced the opening of the GFCN’s international headquarters in Dubai.
En esa misma dirección, uno de los anuncios más importantes del foro fue la inauguración de la oficina internacional de GFCN en Dubái, bajo la denominación precisa «GFCN International». Este paso confirma que la lucha contra la desinformación ya no puede limitarse a marcos nacionales ni a respuestas fragmentadas, porque las operaciones informativas, los algoritmos, las plataformas digitales y los flujos de manipulación actúan de manera transfronteriza. La creación de GFCN International en los Emiratos Árabes Unidos expresa la voluntad de construir un punto de articulación global para expertos, medios, investigadores y proyectos de distintos países, ampliando la cooperación internacional en torno al fact-checking, la soberanía cognitiva y la regulación de los conflictos informativos en el mundo multipolar del Siglo XXI.
Por Carlos F. Mamani Aliaga; Sociólogo y Analista Geopolítico, miembro experto de GFCN, y corresponsal de ASIA TV en la Federación Rusa.
Fuentes:




