Se aceptaba que todos los cisnes eran blancos. Pues la costumbre, la percepción permanente de algo, una y otra vez, produce un condicionamiento acerca de la repetición de los fenómenos, y no se nos ocurre dudar de ellos. El sol “sale” todos los días. Las piedras arrojadas desde “lo alto” caen al centro de gravedad. Siempre. Son conocimientos adquiridos que no exigen esfuerzo alguno para ponerse en duda. Los hechos están allí a la mano y a la vista.
Hasta que en Australia se descubrió en el siglo XVIII la existencia real de «cisnes negros». Ello, aun siendo un pequeño hecho, revolucionó la metodología científica, las formas de corroboración, el valor de la eficacia de la prueba, en definitiva, qué debía entenderse como la «verdad» de una afirmación. “Todos los cisnes son blancos” ya no era del todo verdad, sino “algunos”.

Lo que se puso en crisis entonces fue el «pensamiento inductivo», base de la ciencia experimental: si tengo diez, veinte, cincuenta, cien mil «cisnes blancos», los he percibido, los he contado uno por uno o en grupos, es «obvio» deducir que «todos» los cisnes «son blancos». Y ya está, el atajo es simple y tranquilizador. El conteo en la práctica no puede ser ilimitado, en algún momento tengo que saltar a la afirmación universal. Así trabaja la ciencia experimental. Nadie lo dudaba. En algún momento debe producirse un salto desde lo singular, el conteo de los hechos, a la formulación de una ley general. Las ciencias se mueven por leyes generales que explican los fenómenos singulares y/o particulares, con algunas excepciones. La ciencia trata de desterrar “creencias”, por eso se sujeta a los hechos “positivos”, pero nunca tiene absoluta seguridad de que lo que afirma ahora se cumplirá siempre. Con esta actitud es evidente el acostumbramiento, la comodidad de sentir lo mismo todos los días como si nada nuevo fuera a pasar en el terreno de los “hechos”.
Ante esta situación de comodidad y acostumbramiento reaccionó Karl Popper. En todo caso, es más plausible, como decía, que una cierta ley se formule más bien como hipótesis y se mantenga hasta que pueda ser refutada. Mientras no sea refutada, la hipótesis se mantendrá, pero siempre nos obligará a estar alertas y desconfiados. Así las ciencias pasaron de la seguridad absoluta a envolverse en una seguridad relativa… Hasta que… (*)
Ahora, pasamos de las nuevas dudas originadas en el método científico a los grandes fenómenos sociales y a cómo nos han educado, o inducido, a percibir y a elaborar nuestra realidad social, por lo menos en Occidente. Paradójicamente, las dudas que comenzaron a aparecer en el método científico contemporáneo para conocer la “realidad”, no se trasladaron a cuestionar masivamente las falsas creencias en el mundo social, sino todo lo contrario, nos invadieron de falsedades certificadas sobre todo por los grandes medios de comunicación y divulgación, desde el famoso Riders Digest en adelante. «Creemos» que todos los cisnes son blancos porque así los hemos visto, o lo hemos verificado una y mil veces de manera empírica, o nos los han mostrado a lo largo de nuestra vida sin posibilidad de abrir otras ventanas. Se instaló así de manera persistente una cierta noción que lo insospechado nunca puede producirse. Pero no tener sospechas puede resultar caro y a veces terrible. Dicho de otra manera, no es aconsejable eliminar de nuestras vidas ciertas “paranoias”, ciertas sospechas respecto a que lo impensable, lo inesperado, también puede ocurrir. Si no, habría que preguntarles a los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki, o a los cientos de miles de civiles bombardeados en Dresde, a quienes les cayó el fuego impensable e inesperadamente. Es muy difícil pensar “lo horrible” en la vida real; solo parece suceder en las películas de Hollywood. Nuestra tendencia natural nos inclina a negar la aparición de cualquier “cisne negro”.
«Creemos» que el sistema relativamente estructurado de la sociedad seguirá funcionando porque así se viene dando, digamos, casi a lo largo de los siglos, con todos sus altibajos. Hasta ahora nos han «enseñado» todos los «cisnes blancos» habidos y por haber, del derecho y del revés, de arriba y de abajo.
En el sistema político actual de la Argentina, hoy hay muchos expresando la sorpresa, lo disruptivo y catastrófico de la aparición de Milei. No han advertido, ni siquiera se toman el esfuerzo de averiguar cómo se incubó este huevo de la serpiente. Se encuentran de pronto ante sus ojos con este supuesto “cisne negro”. Pero no vale la sorpresa, el cisne negro no apareció de la nada. Sólo que había que haberlo anticipado.
Pero sigamos. Casi nadie cuenta la aparición inesperada de uno o varios «cisnes negros», es decir, un evento único, repentino, que cambia el curso de la historia, de la mirada personal, de la vida colectiva e individual de millones de seres humanos, y en «retrospectiva».
El ser humano, en relativa soledad, puede llegar a preguntarse: “¿Cómo es posible que no lo haya advertido, que no me haya dado cuenta si estaba ante mis ojos con un poco de indagación y curiosidad?” Nos remitimos, por ejemplo, solamente a ver la “pistola de Sarajevo” y a la irredenta reacción caliente del emperador Austro Húngaro acusando muy presto de la ofensa a los serbios para explicar el inicio de la Primera Guerra Mundial. El cisne negro vuelve a remitirse a solo un hecho, no a un conjunto de causas relativamente ocultas.
Algunos bien intencionados y otros no tanto, desde religiosos hasta reputados científicos, politólogos, Ceos, etc. ya están diciendo que nos tenemos que preparar para la aparición de alguna especie de «cisne negro». Lo predicen a través de grandes medios. Y, aun así, muchos se resisten a escuchar y pensar. Nos preguntamos entonces ¿cuáles serían esos posibles “cisnes negros”, de los que se despuntan y de los que no, aquello que no pensamos que puedan existir alguna vez, dada la rutina de la vida, y la indolencia del pensamiento?
1.- ¿Tal vez un cataclismo financiero, quiebre masivo de bancos, caídas de las principales bolsas de mercado, alteración abrupta o apagón del sistema digital por cualquier causa?
2.- ¿Tal vez un desastre natural, como «catalizador» que acelera una reacción dentro de un proceso social, un gran terremoto, un meteorito gigantesco, una fuga radiactiva de los miles de centrales nucleares existentes?
3.- ¿Tal vez la aparición de una “singularidad tecnológica”, es decir, una Inteligencia Artificial -por definición no humana- que reemplace la casi totalidad del trabajo humano en menos de un quinquenio? El paso, demoníaco, sin dudas, del ser humano al transhumano y posthumano.
4.- ¿Tal vez una explosión o crisis demográfica en alguna parte del mundo, o en varias simultáneamente, donde el espacio resulta ya limitado para contenerla, o se disparen luchas étnicas provocadas a propósito? ¿Hambrunas, enfermedades desconocidas, desigualdades intolerables? ¿Movimientos forzados de un espacio nacional a otros?
5.— ¿Tal vez una contaminación masiva por residuos plásticos, químicos, o tecnológicos, arrojados por el hombre hacia el mar, el espacio o la tierra? ¿El derretimiento de los polos que inunde ilustres ciudades costeras? Una saturación, sequedad o ruptura cualquiera del sistema vital del planeta.
6.— ¿Tal vez por una guerra termonuclear de cortísima duración, pero efectos devastadores, que dejaría miles de millones de personas aniquiladas, o los millones sobrevivientes, atontadas e inermes?
No vale asustarse. Pero se siente en el aire que hay algo más que «cisnes blancos» flotando en las lagunas del mundo. Un mundo que sigue andando y probablemente lo seguirá haciendo, pero de una manera muy distinta a como lo conocemos. Si anticipadamente pudiéramos prever de qué «cisne negro» se trataría, tal vez estaríamos en mejores condiciones para redireccionar, contener o eliminar los efectos de su aparición repentina, o emergencia largamente anunciada, a favor de la supervivencia de la humanidad. Tendremos que asumir mucho más la sospecha como método y actuar en consecuencia.
(*) Popper lo llamó el “método hipotético-deductivo”, una mezcla de razonamiento inductivo-deductivo, de matriz kantiana, y cuyo objetivo no era sólo científico, sino también político-ideológico: eliminar las certezas de cognoscibilidad y la formulación de una ciencia de la objetividad.




