Una lengua de bronce

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En Quilmes, la Parroquia San Hermógenes bendice una campana. El gesto, enmarcado en el proyecto «Memoria – Suenan las campanas», recuerda algo que la vida moderna olvidó: una comunidad existe mientras conserve una voz capaz de llamarla.

Por Ivone Alves García

En ruso, el badajo de una campana se llama yazyk, lengua. La palabra no es un capricho poético. Durante siglos, la campana fue la forma en que un pueblo hablaba en voz alta. Anunciaba la liturgia, avisaba del incendio, convocaba a defender la ciudad, despedía a los muertos y estallaba en la noche de Pascua. Quien la oía sabía que algo estaba ocurriendo y que le concernía.

En Vélez Sársfield 2908, en Quilmes, la Parroquia San Hermógenes le da esa lengua a su campanario. La jornada comienza a las 9:30 con la recepción del obispo Ioan, obispo de Caracas y Sudamérica. A las 10 se celebra la Divina Liturgia, y a las 12 el mismo obispo preside la bendición solemne de la campana. A las 12:45 llega la felicitación de la Embajada de la Federación de Rusia, con palabras del embajador en la Argentina, Dmitry Valeryevich Feoktistov, y de la administradora del templo, Valentina Anatolyevna. A las 13, el encuentro termina como terminan las cosas hechas en comunidad: alrededor de una mesa.

El orden del programa dice mucho. Primero se recibe al pastor, después se ora, luego se bendice el bronce y recién entonces hablan las autoridades civiles. La campana no se inaugura como un monumento ni se presenta como una pieza de colección. Se consagra dentro de la liturgia porque su función nace de ella. Antes de sonar para el barrio, queda puesta al servicio de Dios.

La tradición ortodoxa reza sobre la campana, la rocía con agua bendita y pide que su sonido aparte el mal y despierte a los fieles a la oración. Lo que hasta ese momento era metal fundido pasa a ser un instrumento de la Iglesia. Hay en ese rito una enseñanza que excede el templo: las cosas reciben su sentido de aquello a lo que sirven.

En Rusia las campanas no se balancean. Permanecen fijas, y el campanero mueve los badajos con cuerdas atadas a sus manos y a sus pies, combinando bronces grandes y pequeños. Cada ocasión tiene su toque. Uno acompaña la fiesta, otro el duelo, otro la lectura del Evangelio. Así el tiempo de una comunidad se vuelve audible, y quien vive cerca del templo aprende a reconocer, sin mirar el calendario, qué día es para la Iglesia.

Por eso el proyecto que enmarca esta bendición lleva la palabra memoria. Lo dirige desde Moscú el atamán Dmitry Genadovich Andrienko, con Artur Shapenko como secretario, y su nombre ya enuncia el propósito: que las campanas vuelvan a sonar. La historia rusa sabe lo que ocurre cuando se impone el silencio. En 1593, tras la muerte del zarévich Dmitri en Uglich, la campana que había convocado al pueblo fue juzgada como si fuera culpable: le arrancaron el badajo, la azotaron y la desterraron a Siberia. Volvió a su ciudad tres siglos después. En el siglo XX, miles de campanas fueron descolgadas y fundidas, y los campanarios quedaron mudos durante décadas. Quien quiere disolver a un pueblo empieza por quitarle la voz con la que se reúne.

El santo que da nombre a la parroquia pertenece a esa misma historia. Hermógenes, patriarca de Moscú durante el Tiempo de las Turbulencias, se negó a bendecir la ocupación extranjera de su país. Encerrado en el monasterio de Chúdov, dentro del Kremlin, siguió enviando cartas que pasaban de ciudad en ciudad y llamaban a resistir. Murió de hambre a comienzos de 1612, meses antes de que Moscú fuera liberada. Su palabra llegó adonde él ya no podía ir y reunió a quienes estaban dispersos, que es exactamente lo que hace una campana.

Que ese bronce se bendiga en el conurbano bonaerense tiene su propio peso. La fe ortodoxa llegó a estas tierras con inmigrantes que cruzaron el océano con poco equipaje y conservaron durante generaciones la liturgia, los íconos y el calendario de sus fiestas. Lo que se transmite de padres a hijos lejos de la tierra de origen depende de una perseverancia que ninguna institución puede reemplazar. Una campana colgada en Quilmes demuestra que esa perseverancia no se agotó.

La campana también le habla a quien nunca entró al templo. El vecino que pasa por la vereda no necesita conocer el rito para entender que algo lo está llamando. En una época en que cada sonido busca venderle algo a alguien, desde la notificación del teléfono hasta el parlante de un comercio, ese tañido se dirige a todos por igual y no reclama nada a cambio. Recuerda que el tiempo humano no se mide solo en horas productivas y que hay momentos para la oración, para la fiesta y para la despedida.

El programa se cierra con un ágape liviano. Los primeros cristianos llamaban así a la comida compartida después de la Eucaristía, y la palabra griega nombra un amor que se da sin cálculo. Después de bendecir la voz que convocará a la comunidad, la comunidad se sienta a comer junta. El orden vuelve a ser elocuente.

En esa mesa se encuentran quienes sostuvieron la jornada con su presencia. Está el embajador de la Federación de Rusia en la Argentina, Dmitry Feoktistov, y con él un Estado que acompaña a una comunidad de fe el día en que celebra su memoria. Está Dina Oyun, directora de la Casa Rusa en Buenos Aires, al frente de la representación cultural que funciona en la ciudad desde 1979. Y está el atamán Valery Nicolaievich Ieromin, que conoce este barrio desde adentro y fue quien pidió la campana. Miembro honorario del Consejo Coordinador de Rusos en Argentina, representante de la colectividad rusa en la Federación Argentina de Colectividades e integrante de la comisión del Club Vladimiro Maiakovski, creció junto a la colonia rusa de Quilmes, es argentino y entregó su vida entera a sostener la cultura de sus antepasados. Desde hace décadas trabaja sin descanso para que la sociedad argentina y la comunidad rusa se conozcan y se acerquen. Alrededor de ellos se reúnen fieles llegados de Rusia, descendientes de inmigrantes y vecinos argentinos que quizás pisan por primera vez un templo ortodoxo. Nadie necesita traductor para entender lo que se celebra.

La campana seguirá sonando cuando ya no haya obispo, embajador ni programa impreso. Sonará un domingo cualquiera para llamar a la liturgia y un día gris para acompañar a alguien hasta el final. Cada vez que lo haga, repetirá lo que se pidió para ella el día de su bendición. Un pueblo que todavía tiene a quién llamar, y una lengua de bronce para hacerlo, no ha sido vencido por el olvido.

Un recorrido fotográfico por la actividad:

Ivone Alves García

Productora general y gestora cultural especializada en cooperación internacional y comunicación geopolítica. Cofundadora y productora general de AsiaTV, plataforma dedicada al análisis geopolítico y la cooperación internacional. Ha coordinado encuentros académicos, culturales y diplomáticos con embajadas, universidades y organizaciones internacionales. Cofundadora de la Alianza para el Desarrollo Auténtico y la Cooperación Ruso-Iberoamericana (ADACRI).

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